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This digitization project was funded by a grant from the National Endowment for the Humanities

 

 

EUGENIO MARIA DE HOSTOS’S TEXTS WRITTEN in NEW YORK- ARTICLES

 

 

4. A los puertorriqueños ll2

 

 

Ha llegado el momento de la verdad, puertorriqueños. Vengo a someterme a vuestro juicio, y también a ponerme a vuestras ordenes.

Soldado de una idea, ella es arbitro de mi existencia. Cuando queráis triunfar con ella o morir por ella, decidlo. Yo tengo dos palabras que decir: Cuando querréis.

Mucho mas crueles que las balas, mucho mas que la muerte corporal, son los padecimientos por la justicia, la muerte lenta del alma que he sufrido en España por la patria. A ella, a su dignidad, a su independencia, a su libertad, a la igualdad absoluta de sus hijos blancos, y sus hijos negros o mulatos, he consagrado toda la fuerza de mi alma, los anos vigorosos de mi vida, los únicos ensueños de mi corazón ansioso, la mirada fija de mi conciencia vigilante.

Si hay sacrificio en el cumplimiento de un deber, todo lo he sacrificado a mi deber: afectos, familia, gloria, posición, carácter, esperanzas, vida.

      Del sacrificio de mis afectos, responde la exclusiva adhesión a mis ideas.

      Del sacrificio de mi familia, responde el único remordimiento de mi vida.

      Del sacrificio de mi gloria, responderá algún día la historia literaria y política de España.

      Del sacrificio de mi posición, respondan los que por violar en el poder sus compromisos, dejaron de tener en mí un auxiliar.

      Del sacrificio de mi carácter, responda la sed de justicia que me ahoga.

 

112. Publicado originalmente en La Revolución, Nueva York, ello de marzo de 1870. No fue incluido en OC-39.


 

 

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      Del sacrificio de mis esperanzas, respondan treinta y un anos estériles que, empleados como han sido, en el trabajo de la justicia y la verdad, hubieran podido realizar las atrevidas esperanzas.

      Del sacrificio de mi vida, responderá mi muerte.

      Desgracia para vosotros, vergüenza para mi, si al presentarme como un hombre de conciencia, como un ciudadano de la libertad, pensarais por un solo momento en un hombre extraordinario.

Yo no creo en los hombres extraordinarios, ni en los héroes, ni en los genios. Creaciones del despotismo, engendros de la adulación o del fanatismo, son enemigos de la libertad si creen en lo que llaman su misión, son verdugos de pueblos y de ideas si cometen el crimen de sustituirse a las ideas.

No hay nada sobrenatural en este mundo, porque la primera ley de la naturaleza es el trabajo, y lo sobrenatural seria una violación de la ley sacrosanta del trabajo, y los que a si mismos se llaman extraordinarios, son hombres que se presentan como excepciones a la ley ordinaria y que se excluyen del deber de trabajar, de perfeccionar su vida, so pretexto de que una Providencia, que ultrajan, ha violado en su favor la ley a que no puede ella misma sustraerse.

Yo no creo en otros hombres, que en aquellos que aman o no aman, que cumplen o no cumplen con el deber de servir a la libertad y a la justicia.

      Que he cumplido con el mió, que seguiré cumpliendo con el, eso es lo que vengo a deciros, eso es lo que quiero que juzguéis.

      Yo he pasado en España los anos necesarios para saber que no es posible esperar nada de España.

      Instrumento de la libertad, donde quiera que ella peligra, allí Ie sirvo.

      Peligraba en España a mi llegada, y desde 1864 me consagre a servirla.

Cuando en 1865, Narváez daba al mundo el infante espectáculoo de la Noche de San Daniel, y el Partido Liberal temblaba como un miserable, digno de su ignominia, la primera voz, la que mas alto conde no aquella infamia, fue la mía.


 

 

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Cuando en junio de 1866, el Partido Liberal se deja bañar en sangre por aquel enemigo de Cuba y de los negros, que se llamaba O'Donnell, y se deja vencer porque en vez de aclamar ideas, aclamo un nombre, el de Prim, yo fui el primero, tal vez el único fiel a las ideas que, al oír victorear a aquel enemigo de Puerto Rico y perseguidor de esclavos, profetizo el vencimiento de la revolución, y me retire desconsolado de la calle.

Cuando en 1867, lacrimosa la libertad, abandonado todo derecho, temblorosos los partidos y los hombres, muda la pren­sa, envilecida la conciencia publica, España se parecía a Puerto Rico, y allí entonces, como aquí ahora y entonces, reinaba el cinismo y gobernaba la inmoralidad, y administraba la corrupción, y reinaba el juego, la hipocresía y la concupiscencia, hubo una voz, y fue la mía, una conciencia, la mía, un corazón, el mío, que condenaron aquella infamia universal.

Cuando en 1868, desorganizados los partidos, perdida toda esperanza en la revolución, postrado el animo de la nación y sus provincias, reinaba en Cataluña el enemigo mas cruel de Puerto Rico, el ofensor de las esposas y de las madres puertorriqueñas, las madres y las esposas mas puras que conozco, yo sucumbí al omnímodo poder del miserable, pero lo combatí

Entonces, fui a la emigración, y allí, sondeando el espíritu de Olózaga, de Sagasta, de Ruiz Zorrilla, de Pi, de Castelar, de cuantos mis amigos de la desgracia, queda yo que fueran en su fortuna, amigos de las Antillas, libertadores pacíficos de Puerto Rico, me empape en el acíbar de la verdad, me convencí de que era necesaria la revolución de las Antillas, de que nunca sedan libres con España, porque todas las promesas verbales y escritas de aquellos hombres eran meros compromisos personales que contraían conmigo.

Cuando volví a España, el único revolucionario que no pidió destino, el único a quien 113 Serrano, Olozaga, Rivero, Sagasta,

 

113. En esta secuencia de nombres Hostos alude a: Salustiano Olózaga (1805­1873), escritor, político y orador español. Ocupó los cargos de presidente del Consejo y Ministro de Estado, y fue una destacada figura política y parlamentaria de su país; Nicolas Rivero (1814-1939) fue político, orador y jurisconsulto español;


 

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Ruiz Zorrilla, vieron en sus palacios y en sus ministerios, pidien­do dignidad y libertad para Puerto Rico, justicia y libertad para Cuba, fue el único a quien Prim, en carta de marzo de 1868, Olózaga en cartas de febrero y marzo, Aguirre en cartas de los mismos meses, Sagasta en repetidas cartas de aquel ano, 113a habían prometido justicia, dignidad y libertad para las Antillas desdeñadas.

Hasta entonces había hecho a mi patria el mayor sacrificio que se puede exigir de mi, el sacrificio de mis principios. Todo dependía del gobierno, y previendo yo que el partido triunfador en la revolución, seria necesariamente el partido progresista, Ie sacrifique tácitamente mis principios, en cambio de la libertad de mi país.

Error que maldigo todavía.

      Desde entonces, apostate públicamente de mi error, volví a mí segunda patria, mis principios, y en tanto que, con la pluma, y en nombre de la doctrina republicana; con mi diligencia yen nombre de mi influencia personal, defendía ante España y ante los pro­hombres del Partido Republicano, la sacrosanta causa de Cuba abandonada, de Puerto Rico despreciada; en luchas oscuras, pero ásperas; en luchas a la luz, pero penosas; unas veces ante el hoy Regente; una vez ante el publico hostil del Ateneo, mil veces en la prensa contra la opinión de España, condenaba definitivamente la conducta infame de España en Cuba, la política de menosprecio inaugurada por la Revolución en Puerto Rico.

En lucha Cuba, era imposible que yo aceptara pacto alguno con España; pero era necesario que intentara inclinar hacia sus consecuencias lógicas al Partido Republicano, e hice cuanto pude, e hice en vano.

Cartas, palabras, promesas, plazos, ocasiones, doctrinas, debe­res, todo lo olvidaron los republican os, y la causa de la justicia se

 

Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903) fue político español que por largo tiempo ocúpala jefatura del Partido Liberal y varias veces fue Presidente del Consejo con Alfonso XII y Maria Cristina. Su nombre esta vinculado directamente al proceso de elaboración de una carta autonómica para Puerto Rico que finalmente fue otorgada en e11897.

        113a. No hemos podido localizar estas cartas.

 

 

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vio pospuesta al bárbaro patriotismo que de clara incompatible el interés de España con el interés de la Humanidad y del Progreso.

Aun había una esperanza redentora; aun podía la Asamblea constituyente reconocer el derecho de dos pueblos a la vida y a la dignidad; y aun debía esperar, y aun espere.

Pasaron al fin los días eternos de la incertidumbre, llego la noche funesta para España, 25 de mayo de 1869, en que, faltando ala palabra sagrada de tres generaciones, alas promesas de todos los partidos liberales, el Congreso español de claro que las Antillas no cabían en su Constitución.

Donde no cabe mi patria, yo no quepo.

      Yo no cabía en España, y, cuando los diputados que el capricho y la arbitrariedad eligieron en Puerto Rico, llegaban a Madrid para servir de juguete, como sirven, al interés de un ministerio o de un ministro, yo, que había protestado enérgicamentee ante el Regente, contra la capciosa ley electoral que nos impusieron, que, en nombre de la dignidad de nuestra patria había protestado ante vosotros con ira los votos que en Mayagüez yen San German me concedisteis para aquella representación que abominaba, salí de España, resuelto a lo que estoy: a morir o a triunfar con mi patria y mis ideas.

Conocéis mi conducta: juzgadla.

¿Necesitáis conocer las ideas que la han inspirado, que la inspiran, que seguirán inspirándola en mi vida?

Por encima de todo, la justicia. Esta escarnecida en toda vuestra vida, y es preciso rehabilitarla por completo, devolviendo su libertad a los esclavos, su igualdad a todas las clases, la moralidad al gobierno y a la administración, el derecho de vivir como hombres al pueblo que vive sin derechos; su inviolabilidad a la conciencia, su nativa espontaneidad al pensamiento; su derecho de reunirse; asociarse, pedir, reclamar, censurar y condenar, a todos, su facultad de discutir, y aprobar o reprobar el impuesto general alas contribuciones particulares, al indivi­duo, al municipio y a la nación; su voz, su voto Y su intervención en las elecciones de sus representantes del pueblo, al sufragio universal; su aptitud para todas las funciones, a todos los ciuda­


 

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danos; la responsabilidad de sus actos, a toda la autoridad; la vida, al comercio, ala agricultura, a la industria y a la navegación estacionadas; la dignidad al gobierno, haciéndolo republicano; la patria que nos falta, a cuantos hemos tenido la fortuna de deber a la Providencia el paraíso que la tiranía española ha hecho inhabitable.

Por mucho que nos haya corrompido el despotismo, la corrupción no ha llegado, puertorriqueños, hasta la fuente original de vuestras virtudes, y vuestro carácter se conserva intacto. Es el mismo que las estadísticas del crimen os presenta como el pueblo mas humano de la tierra: que en vuestra vida cotidiana, os hace los hombres mas propensos al bien, las madres mas santas, las esposas mas amantes, las hermanas mas piadosas, los hijos mas fieles al primer respeto.

Una revolución purificadora, un gobierno de ciencia y de conciencia, trabajo para todos, escuela para todos, educación e instrucción universal y estáis salvados, y ofreceréis al mundo el mejor espectáculo que puedan dar los hombres al Progreso y a la Historia; el espectáculo que han dado todas las nacionalidades pequeñas, desde Grecia a Suiza, en donde la libertad ha utilizado los elementos propios del país; el espectáculo de la prosperidad producida por la practica de la justicia, por el ejercicio normal de la libertad, por la vida completa de la Dignidad.

Puertorriqueños, vuestro porvenir esta en vuestras manos. Cuando queráis, puertorriqueños.

 

 

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