Adobe Reader may be required to view files on this page.


This digitization project was funded by a grant from the National Endowment for the Humanities

 

 

EUGENIO MARIA DE HOSTOS’S TEXTS WRITTEN in NEW YORK- DIARY ENTRIES

          

 

  Nueva York. 19 de junio de 1870

.:

Señores Manuel A. y Guillermo Matta.. Santiago de Chile.

 

 

Sigo, queridos y dignos amigos míosédolos en mi cariñ y reuniendo sus nombres en mis cartas.  Éva a tener un carácter grave y necesita ser leída pensada y contestada por los dos.

     Cincuenta y cuatro días hace ya que llegué a Nueva York, en donde no de seaba ni esperaba pasar más de una quincena, y aun me amenaza una permanecía indefinida aquí.  Les dije a que venía; pero no les dicho por qué estoy detenido y cómo esa detención, que me exaspera, es motivo poderoso de angustiosa incertidumbre para mí y de Hondas congojas para mis ideas.

       Importa ser minucioso.  Dedo cuenta de mis actos y de mis ideas a los que se han mostrada capaces de estimar los primeros y me han dado ejemplo de firmeza y abnegación en la práctica de las segundas.

        En 1868, a fines de octubre, había yo vuelto a Madrid después de contribuir como ningún otro joven a la revolución de septiembre.  Los hombres a quienes encontré en el gobierno eran amigos que, como Sagasta, sabían que  yo buscaba le independencia de las Antillas detrás de la libertad de España o como Ruiz Zorrilla, se habían maravillado de que yo no contestara a una proposición que, con una decorosa condición, ya desde Paris se me había hecho para ocupar el gobierno de Barcelona cuando triunfara la revolución.  Completamente independiente, y después de haber acentuando mi posición en algunos altercados verbales que tuve a propósito de las Antillas con Serrano y su ministro de Ultramar, tan pronto como el alzamiento de Cuba empezó en diciembre de 1868 a tomar el carácter de un hecho deliberado, me medio de un discurso ruidosísimo, que empezó a valerme los ultrajes de todo género que después han caído sobre mí, rompí con el gobierno español.  Mi país, asustado de mi asustado de mi actitud y queriendo que yo continuara en España, llevó mi nombre a las urnas electorales, de donde yo conseguí sacarlo derrotado por medio de un violento llamamiento a la dignidad de mis paisanos, cuyo retraimiento impuse.  Resuelto a echarme en brazos de la revolución, escribí, profetizando cuanto ha sucedido, a los pocos hombres de Puerto Rico en quienes debía confiar; preguntando a los de la Isla cuál era el verdadero estado de  esta; asegurando a los de la expatriación que estaría allado de ellos en el momento en que fueran a hacer algo.  En tanto, me valíade Pi Margall y de Antillas: el primero, hombre leal, se me negó cien veces arguyendo con la gravedad de la situación; el Segundo, desleal y artificioso, hasta un croquis de discurso que expresamente le prepare aceptó con calor para después al discutirse el articulo constitucional referente a las Antillas, mostrase trai-

 

 

114

 

 

dor a los principios y ser menos liberal que Moret o Ruiz Gómez, amigos y compañeros míos de periodismo que por lo menos pidieron la autonomía provincial que yo había defendido cuando imaginé posible la independencia con España. Dada la actitud del partido republicano en la cuestión de las Antillas, nada me quedaba que hacer en España, y en el momento en que de Puerto Rico me contestaron que “todo estaba organizado”, y tan pronto como de Nueva York me hicieron saber que “en octubre (1869) saldría una expedición militar para Puerto Rico”, abandoné en España todo el porvenir que allí tenía y me embarqué como inmigrante miserable en el Havre para venir a cumplir mi palabra. .

Todo esto lo sabían Puerto Rico y aquellos de sus hijos a quienes venia a unirme como simple soldado voluntario. No sé si por el exceso mismo de mi abnegación, que tal vez produjo sospechas de ambición en mi conducta, o si porque era completamente falso que los revolucionarios puertorriqueños tuvieran pronta la expedición, el hecho es que fui recibido como no se hubiera recibido al más temible de los aventureros. Tuve la resignación que nunca me ha faltado, y en vez de gritar, de protestar y de volverme a España renunciando a seguir siendo victima, reuní a los puertorriqueños, traté de organizar lo que no existía, celebré conferencias con los tres puertorriqueños que encabezaban la emigración revolucionaria, hice más de lo que podía exigirse a un hombre a quien se había engañado y llegue hasta a comprometerme a volver solo a Puerto Rico para allí preparar el movimiento. Para todo hubo obstáculos, suspicacia, segundas intenciones, medias palabras, reservas mentales, mentiras y hostilidades secretas. .

Entre tanto, los cubanos de la Junta, que conocían mi nombre y que me

creían revolucionario de odio a España y no de ideas, me propusieron la dirección de un periódico que yo había de fundar. Les di mi programa: Independencia absoluta; confederación de las Antillas; unión de la raza latinoamericana, y se espantaron. Pero queriendo utilizar mi nombre y salvar con mis esfuerzos el periódico (La Revolución), que en cierto modo estaba ya consagrado por los hechos, me rogaron que acompañara al secretario del representante de Cuba en la redacción del periódico. Tenía tres motivos, sin contar el de la subordinación que no podía aceptar un hombre que traía una reputación y el mérito de servicios positivos, para no aceptar: primer motivo, la proposición que había hecho de ir a Puerto Rico a reorganizar la revolución; segundo, el temor de que la Junta quisiera imponerme sus ideas; tercero, la repugnancia que me inspiraba el recibir de la revolución los diez o doce pesos semanales que yo necesitaba para pagar mi hospedaje. Mas como yo no encontraba otro trabajo y los sedicentes jefes de la emigración revolucionaria de Puerto Rico me rogaron que aceptara la redacción y nada volvieron a decirme de mi propósito de ir a Puerto Rico, empecé en La Revolución a decir lo que pensaba. Desde el primer artículo encontré opositores en los prohombres, cuyo anexionismo fue creciendo a medida que aumentaba la fuerza que yo daba a mi propaganda y el entusiasmo que ésta despertaba en las masas siempre despreciadas y siempre mas dignas de aprecio que los que con ellas amasan su fortuna o su poder. Teniendo que atender a la vez a la pureza del principio revolucionario en Cuba

 

 

115
 

 

y a la exaltación del espíritu revolucionario en Puerto Rico, mandé a ésta y publiqué aquí una proclama que era deber mío lanzar, diciendo en ella por que y para qué había yo roto con España, y poniéndome públicamente a la disposición de mi pías. Era quemar las naves, y no pude pensar que hubiera quien me hostilizara por aquella nueva abnegación, que me incapacitaba absolutamente para volver paso atrás; y por aquel acto de lógica que aumentaba irremisiblemente el número de los decididos a todo. Sin embargo, tuve el privilegio de ser hostilizado a la vez por los revolucionarios, que creyeron reivindicación del primer puesto a mi proclama, y por todos los indecisos de mi país, que vieron perdida para siempre la esperanza de verme en el Congreso español transigiendo con España y procurando empleos a los que sólo se habían acordado de mi cuando olfatearon que podía serles útil en España.

Llovían me cartas de amarga reconvención de Puerto Rico, y mi nobilísimo padre me contaba consternado que mi popularidad se había convertido en una hostilidad “alternativamente soez y sarcástica”, que recaía sobre él, en tanto que mis compañeros de expatriación me trataban con la frialdad más hostil y me dejaban solo en la lucha que yo sostenía con el anexionismo, volviéndose los unos a Puerto Rico, retirándose el mas importante a Haití* y quedándose el mas influyente ante la Junta para unir sus esfuerzos a los de ésta.

Ni una sola vez se escapó de mis labios una reconvención, y sordo y ciego voluntario para las calumnias y los desaires de los influyentes, seguí esforzándome por ser digno de las doctrinas que predicaba con la pluma y la palabra, en el periódico y en los clubs, con mi ejemplo y mi conducta. invitado a tomar parte en los trabajos del Club político que entonces compartía con la Junta la influencia revolucionaria, tuve desde mi primer discurso la suerte de plantear claramente el problema de la revolución y el más espinoso de la conducta de la emigración: “Esta es -dije sustancialmente- una fracción del pueblo cubano y puertorriqueño que no ha venido aquí por huir de los españoles, sino para encontrar recursos militares con qué combatirlos. Su deber y su derecho es encontrarlos, auxiliando a la Junta, que es representante del gobierno de Cuba, o sin contar con ella; porque los emigrados representan al pueblo y éste no ha delegado su poder de hacer por sí mismo lo que directamente pueda hacer. En tanto que la emigración reúne recursos para arrojar de las islas a los españoles, puede y debe aprender a arrojarlos de su propio espíritu, y para esto es necesario que se dé cuenta de lo que significa la revolución, que aumente su amor a las ideas, que disminuya su odio inútil a nuestros adversarios, porque las revoluciones se hacen con ideas y no con odios, que vayamos adhiriéndonos a los principios, que tengamos la unión que ha de salvamos.”

Habiendo ya formado un partido opositor de la Junta, que, en realidad no hacía nada, pero que era necesario respetar porque era delegación del gobierno cubano y porque, siendo poderosos sus componentes, podía hacer mucho, los opositores vinieron a buscarme, y no los escuche: la Junta me halagaba, y no la atendí. El instinto del pueblo vio en mi lo que había, y en nadie manifestó tanta confianza como en mí cada vez que tuvo necesidad de un hombre sincero. Había llegado a ser tanta mi popularidad, que los intrigantes no podían contra­

. Alude a Betances. (Nota de los campiladores.)

 

 

116
 

 

rrestar al hombre solo, encarnación reflexiva de la revolución, que sólo por ella se movía y que mientras tenía por secuaces a todos los representantes del . pueblo, no tenía ni un amigo particular a quien confiar su tristeza y sus angustias. Siempre  fijo en la necesidad de llevar la revolución a Puerto Rico y a la trascendencia de hacer una declaración terminante en favor de las ideas de la revolución de las Antillas, utilice mi influencia sobre la emigración para ambos fines: tendiendo al primero hice pasar en el Club una resolución para que, en su nombre y en el de la Junta, se ofreciera por medio de una proclama a los puertorriqueños cuantos recursos necesitaran para alzarse; redacté la pro dama, la firmaron los hombres más responsables y más ricos de la Junta y de la emigración, y la mandamos a Puerto Rico: tendiendo al segundo fin, aproveché una noche de excepcional concurrencia al Club, y estando presente en él el general norteamericano Mc Mahon y otros hombres inteligentes de aquí partidarios de Cuba anexionada, para hacer constar que los cubanos eran independientes: el éxito superó a mis deseos, y jamás orador alguno ha sido bendecido como lo fue aquella noche el que representaba la pureza de la revolución de las Antillas. No bastando esto, cuando poco después se recibió aquí la noticia de haberse presentado en el Congreso federal de Colombia la moción en favor de Cuba y en pro de una acción conjunta de todos los gobiernos latinoamericanos, aproveché el momento para patentizar que los antillanos nos declarábamos hermanos y continuadores de los independientes del continente: presente una moción para que se redactara un mensaje de agradecimiento a los diputados colombianos, y nombrado para redactarlo, redacté el programa completo de la revolución de las Antillas: se me hizo por la Junta, por todos los anexionistas y por algunos puertorriqueños y cubanos celosos una oposición despiadada que estuvo a punto de dar en tierra con lo mismo que se había aclamado con gritos incesantes de entusiasmo. Pero al fin prevaleció la idea, y, la parte mas sana de la emigración declaró suyo aquel programa.   Estaba Amado de Saboya en España y los demócratas en el poder.  Sus concesiones, sus intrigas y la conducta de los reformistas de Puerto Rico habían echado por tierra mi esperanza de revolución en la Isla, y ésta yacía en el período de cretinismo en que algunos de sus hijos malguiándola la tenían y la tienen. Había empezado aquella horrenda deserción que. se llama en la historia de la independencia de Cuba “las presentaciones”; había llegado aquí Azcárate, cubano español, con un recado para mí de Moret, ministro de Ultramar, y en una trama que condené, enajenándome a aquel antiguo amigo,  habían los hombres de la Junta, desairada la anexión por Mr. Fisch, empezado la aún más obscura trama en que hoy persisten; habían los cubanos dado el escándalo continuo de sus rencillas; había caído sobre mí el peso de la tristeza congojosa que me ha hecho indiferente a todo y avergonzado hasta del bien que había intentado y de los hombres con quienes había tenido que tratar, resolví emprender mi viaje a Sudamérica.

       Nada importan los dolores secretos que me ha costado. Sólo importa que ustedes y cuantos en Colombia, Perú, Chile y Argentina leen y piensan, recuerden que no hubo día desde el 1871 hasta febrero de ]874 en que, con motivo o sin él, no resonara algún clamor mío en favor de Cuba abandonada o algún

 

 

117
 

 

insulto de los españoles o sus auxiliares contra mí, porque clamaba casi solo y en desierto en favor de un pueblo mártir, en pro de la unión ridiculizada de todos esos pueblos, en pro de la emancipación de la razón humana, en favor de la mujer, de los indios, de los chinos, de los huasos, los rotos, los cholos y los gauchos, otros tantos esclavos de la desigualdad social. Tanto me esforcé y tan hondamente sentía lo que predicaba, que conseguí hacerme estimar un poco de esos pueblos. Nada me quedaba que sacrificar, excepto la vida física, que reservaba para perderla en Puerto Rico, cuando me trastornó la indignación que sentí  al saber las noticias atroces. del vapor Virginius. Resolví venir aquí para ir a Cuba y escribí a dos hombres influyentes de esta emigración, rogándoles “que hicieran detener hasta mi Llegada la expedición” que en el Brasil me noticiaron se preparaba.

        Al pasar por Saint Thomas, varios refugiados de Puerto Rico me refirieron lo que acababa de acontecer en mí Isla, el golpe dado en ella alas falaces libertades con que la habían engañado, el ultraje que le había hecho el nuevo gobierno español mandando al más odioso de los capitanes generales que la habían tiranizado, la resurrección de la esclavitud, la represión violenta de todo derecho, la persecución de todos los que habían defendido las reformas en España. Me dijeron que estaban dispuestos, como todo el país, a la revolución, y les prometí que yo la llevaría si ellos me escribían por el primer vapor, contestando categóricamente, con la aquiescencia y la firma de personas respetables, que secundarían mi incursión armada.

Contando con esa declaración para, por medio de ella obtener recursos de los cubanos ricos de la emigración, y contando con los servicios de que todos tenían conciencia, llegué aquí. Empecé por sufrir una inquisición de los resultados prácticos de mi peregrinación por Sudamérica y por espantarme de la ingratitud de unos hombres que no contando por nada los sacrificios hechos a una idea, a nada se creían ligados con un tonto que no había sabido sacar partido de sus aptitudes y de su trabajo para hacer dinero. Después me espanté de la indiferencia con que oía hablar de las victimas del Virginius, para vengar las cuales nada se había hecho, pues era completamente £falsa la noticia que en el Brasil, en Saint Thomas y a mi Llegada aquí me dieran de una salida de expedición para Cuba. Más tarde me convencí con vergüenza de que la representación extranjera de la revolución de Cuba tenia empeño en no hacer nada y a la vez trabajaba con los negreros de La Habana y con los anexionistas de Washington para hacer del éxito final de la revolución, no un triunfo de nuestros héroes, sino una trama de nuestros intrigantes. Supe que Céspedes había sido depuesto por intrigas que partían de los cubanos ricos de la emigración. Supe que la muerte del primer hombre de Cuba había sido obra del odio, porque lo habían abandonado alas asechanzas del ejército español. Supe por el mismo vicepresidente de Cuba, Francisco Vicente Aguilera, detenido aquí porque le niegan recursos para llevar una expedición a Cuba, que nada se hacía por mandar recursos a la Isla, supe los mil rumores siniestros que en voz cautelosa me “ comunicaban cuantos cubanos me veían. Mientras tanto, el hombre más influyente de Puerto Rico me escribía de Europa anatematizando a nuestros auxiliares, y los auxiliares de Puerto Rico, espantados de que el capitán general al sa-

 

 

118

 

 

ber mi paso y el del doctor Basora por Saint Thomas hubiera reforzado la estación y la vigilancia nocturna de la Isla, ni aun a escribirme se atrevían.

        Resuelto a acabar de una vez, había puesto mi esperanza en la salida de una expedición que están anunciando meses ha para Cuba, cuando ayer mismo se me presentó uno de los hombres en quien tengo alguna confianza, y después de manifestárseme profundamente descontento de todo cuando acontece, me dijo textualmente: “Nos hacen la anexión. No crea usted en expediciones para Cuba, ni en auxilios para Puerto Rico, ni en nada que pueda hacernos libres por nosotros mismos. Yo he sido siempre y soy anexionista, pero no puedo aceptar que nos impongan con tramas secretas lo que yo deseo.” Una y cien veces le rogué que me aclarara su pensamiento; pero no pude conseguirlo. Convencido de mi impotencia para impedir lo que temía; completamente alejado de los que sólo han querido salvar sus riquezas, abandonado de Puerto Rico que. no querrá la revolución hasta que la desesperen, rodeado de colonos que sólo saben maldecirse mutuamente, no teniendo un solo hombre, uno sólo que quiera acompañarme en lo que aun podría intentarse, desconsolado por la muerte de una de las dos últimas hermanas que me quedaban, temiendo a cada paso que el silencio de mi padre se convirtiera en una noticia funesta, herido en cuanto hombre puede ser herido - en una vida de congojas, incapaz de resolverme por mí mismo a darme por vencido y a abandonar una empresa que esta ligada a todos los esfuerzos de mi pensamiento, mi voluntad, mi sentimiento y mi conciencia, temido por todos los especuladores de la revolución y celado por cuantos debieran ser mis amigos, ando buscando con los ojos el rincón del mundo en donde pueda ir a esconder mi vergüenza de los hombres y la de mí mismo, que he empleado toda mi vida en desarmarme para el mal en tanto que los malvados han aguzado sus armas probándolas en mi

           Yo no estoy vencido todavía: todavía puede estallar Puerto Rico, y allí iré: todavía puede salir ,una expedición para Cuba, y allí iré; pero hasta cuando he de sufrirle suplicio de haber hecho a manos llenas cuanto bien he concebido, para que jamás me haya producido otro fruto que la ingratitud O la traición O los mas desesperados desconsuelos? Quiero y debo fijar un termino al mal. Yo puedo y debo servir a la humanidad, que es mas grande que la patria y mas capaz de comprenderlo, y estoy resuelto a retirarme a Suiza O a Alemania para convertir en obras perdurables el pensamiento y la experiencia de mi vida, O a hacerme de toda América Latina en general y de Chile O Argentina en particular) .una patria de mis ideas en la cual pueda vivir olvidando y pensar trabajando y siendo útil..

          Si entre tanto se presenta ocasión de hacer una locura, la mas loca, la mas desesperada, en favor de Puerto Rico O Cuba, la haré sin vacilar.  Si algo se hace y no estoy yo donde lo han hecho, digan ustedes que hasta de morir me privan aquellos a quienes combaten mis ideas. 

           Espero carta ustedes, y los saludo con la mayor cordialidad y el mejor afecto.

 

 

Eugenio M. Hostos

 

 

119

Top

<<Previous
 

BIOGRAPHY_in_NY_diary8.htm