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EUGENIO MARIA DE
HOSTOS’S TEXTS WRITTEN in NEW YORK-
SPEECHES
No
un articulo de periódico, una arenga de combate es lo que falta.
No aquí, en la corrupta emigración; en Cuba, tomando posesión del
suelo vedado de la patria, es como esperábamos, como anhelábamos,
como exigíamos que se conmemorara esta fecha sacrosanta.
No
el patriotismo charlatán, no la literatura engalanada, no la
oratoria de los días de fiesta; el patriotismo mudo, la literatura
de la conciencia imperativa, la oratoria de los días de luto, es
lo que debe inspirar a los revolucionarios.
No
son revolucionarios los que, teniendo un deber que cumplir, un
propósito que realizar, una alta aspiración que satisfacer, yen
pasar horas y días y semanas y meses y anos, años enteros, años
eternos para la patria mártir, sin sentir otra cosa que la
aniquilación del sentimiento, sin idear otra cosa que la muerte de
la idea" en el cansancio, sin hacer otra cosa que sobornar la
conciencia para ahogarla.
No
son revolucionarios aquellos, cuya tibieza, cuya lentitud, cuya
infecundidad de medios y recursos, los declara inferiores al
deber.
No
son revolucionarios aquellos que no saben llevar a cabo sus
propósitos.
No
somos revolucionarios los que de la misma grandeza de nuestras
aspiraciones no sabemos sacar otro fruto que 1<1. estupida virtud
de la paciencia.
No
somos revolucionarios los que, a pesar de las congojas diarias,
tenemos paciencia para Ver' con los brazos cruzados, en tanto que
chorrea sangre el corazón, pasando inútilmente los días en que el
mas leve de los sacrificios aceptados con resignación imbecil,
bastaría para hacer poderosa la impotente inercia en que nos
desesperamos y nos debilitamos.
El
10 de octubre ha dejado de ser un día de fiesta.
En
tanto que nuestros hermanos del campo de batalla sean tan
superiores
a
nosotros; en tanto que sea para nosotros un remordimiento agudo el
recuerdo de la patria que se tarda en socorrer; en tanto que
seamos responsables de la idea cuya salvación esta en nuestras
manos, y cuyos riesgos se palpan desidiosamente, el 10 de octubre
es un día de luto y de tristeza.
Toda la gloria, todo el alborozo de esta fecha, toca a los que han
sabido bastarse a si mismos y hacer lo que su patriotismo heroico
les mandaba.
Ellos tienen el derecho de ligar a esta fecha el recuerdo de la
patria que han creado. Ellos tienen el derecho de santificar en la
una y en la otra su heroísmo.
La
fecha es de ellos, porque de ellos ha sido el heroísmo.
Unos cuantos centavos muy contados; unas cuantas tentativas mal
logradas; algunos días de desesperación para los fieles a la idea;
algunos días de hambre para los incorruptibles a todos los halagos
de la emigración; algunos días de có1era sagrada para los mejores,
¿nos dan derecho de compartir con los creadores de la patria las
fruiciones del día que recuerda esa creación?
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Es
necesario hacer mas, y no se hace. Es necesario triunfar y no se
triunfa. Es necesario acabar, y no se acaba.
I
Quédense la maledicencia y las acusaciones personales para los que
se miden a sí mismos por los otros, O miden a los otros por sí
mismos.
Si
era necesario dar expansión a un dolor largamente comprimido, ya
Pasó la necesidad. Otra mas 'alta se presenta por sí misma en el
augusto aniversario de un deber no cumplido todavía.
Se
necesita cumplir ese deber. Eso es lo que debemos pensar hoy. Hace
seis años que empezó el martirio de Cuba.
¿Hubiera durado tanto ese martirio, si con mas vehemencia, mas fe,
mas constancia y mas grandeza en la contrariedad se hubiera
antepuesto a todo otro el deseo de socorrer a la patria
abandonada?
Ella no ha vacilado un solo instante.
Abnegación igual a la de sus libertadores, tal vez no la dieron en
ejemplo los magnánimos varones que libertaron a todo el
Continente. Heroísmo semejante al de nuestros hermanos del campo
de batalla, tal vez historia ninguna pueda ofrecerlo al ejemplo de
los buenos. Resistencia, como la de ellos, a la miseria, al dolor,
al desengaño, a la honda tristeza de verse abandonados por el
mundo entero, de verse fríamente secundados por sus auxiliares
naturales, jamás ha probado hasta que punto es justiciera la causa
que sostienen ellos solos.
Estimulados por su ejemplo, millares de patriotas han clamado mil
veces en la emigración forzosa, por inscribirse en la lista de los
soldados de la patria. Secundados, muchos hombres de abnegación
hubieran podido conseguir auxilios de otros pueblos. Aprovechadas,
mil ocasiones se han presentado al patriotismo inteligente y
diligente.
¿Que
ha faltado?
¿Ha
faltado el dinero? Nadie puede decirlo sin deshonra. Lo menos que
puede darse en servicio de la patria ensangrentada, en homenaje a
una idea perseguida, en oblación a un martirio que intelectual y
moralmente se comparte, es el dinero. Por esencial que este sea,
sólo es sacrificio cuando se sacrifica con el a una familia.
También de esos sacrificados hay modelos. Sin necesidad de
seguirlos, centenares de cubanos poderosos hubieran podido ofrecer
a su patria una parte de los bienes que Ie deben. Hacerlo, hubiera
sido una operación de aritmética vulgar. Cuanto mas dinero
adelantaran, mas progresaría la revolución, mas pronto terminaría,
mas pronto llegaría el día de reembolso del dinero adelantado.
¿No
se ha hecho? Pues levántese el rostro para sostener la mirada de
los hombres concienzudos de este mundo.
Han
faltado otras cosas tan importantes en la revolución como el
dinero. Ha faltado fervor; ha faltado oportunidad en los donativos
patrióticos; ha faltado elevación de alma; ha faltado el olvido de
sí mismos, que es por donde
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empiezan y concluyen las revoluciones, que es el arma con que se
asegura la victoria.
II
Lo
hecho por los patriotas combatientes es un milagro de la fe en si
mismos y en su causa.
Ante la aritmética que solo sabe adicionar, cualquiera de los
pueblos hermanos de América Latina ha resistido mas tiempo que el
pueblo cubano.
Ante la aritmética que sabe razonar, ninguna revolución que no
hubiera tenido los caracteres que honran a la nuestra, hubiera
podido resistir tanto tiempo, tanto contratiempo, tantas
contrariedades, tantas adversidades, tanta indiferencia, tanta
iniquidad, tanta fuerza y tanto poder como durante seis años se Ie
han opuesto.
Seis años en la época del vapor y del telégrafo, son años
innumerables de otra época.
El
telégrafo delata toda empresa, y el vapor se encamina a
contrastarla. El telégrafo pone al oído de los opresores
trasatlánticos las palpitaciones angustiosas de la Isla, y el
vapor ejecuta la orden que conjura un peligro, que salva una
circunstancia formidable.
El
telégrafo miente todos los días con la palabra embustera del
tirano y todos los días se esparce la noticia falsa del
vencimiento de la revolución. Un grave mal. Las revoluciones viven
del entusiasmo universal, y no hay entusiasmo que resista a la
repetición de noticias de derrotas. El vapor aproxima la victima
al victimario, y siempre que este ha podido, algunas veces con
periodicidad horrenda, ha mandado, quincena tras quincena,
miliares y miliares de soldados. El telégrafo es un medio de
discusión universal, y como disponen de el los enemigos, el mundo
ha discutido cien mil veces la revolución que ellos Ie pintan, por
una que ha razonado la verdadera revolución que Ie han
desfigurado. El vapor precipita las transacciones comerciales, y
como seguían sosteniéndolas con nuestros enemigos los que pudieren
ser nuestros amigos, el interés comercial, que crecía en
proporción de la rapidez con que era excitado, se volvía contra
nosotros. El telégrafo Llevaba al campo de batalla el confuso
rumor de todas las discusiones contradictorias del mundo sobre la
revolución, esperanzas de mediodía, decepciones que arruinaban en
un segundo un edificio de santas ilusiones, voces amigas ahogadas
por alaridos enemigos, consejos buenos adulterados por malignas
sugestiones, insultos, dicterios, anatemas, maldiciones, en tanto
que el vapor no Llegaba jamás, O no Llevaba el concurso requerido
y esperado.
Es
necesario ponerse mentalmente en esa pavorosa situación, la mas
trágica en que ha estado jamás pueblo ninguno; el desprovisto de
todo; provisto de todas las fuerzas y de todos los recursos de la
civilización su enemigo; el abandonado, socorrido el enemigo; el
desdeñado, su enemigo adulado por la complicidad de todo el mundo;
es necesario ser capaz de sentir todas las agonías de esa agonía
de años enteros para saber lo que dura la revolución, para saber
cuanto
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tiempo ha transcurrido, para saber la prueba de portentosa
resistencia que dan los combatientes, para apreciar su heroísmo,
para ser digno de admirar a esos hombres admirables.
No
combaten, no resisten, no triunfan contra un enemigo superior en
fuerza numérica, en disciplina orgánica, en recursos pecuniarios,
militares y sociales; combaten, resisten, triunfan contra las
fuerzas ciegas de la naturaleza, utilizadas por la civilización y
entregadas por la iniquidad a sus contrarios.
III
Es
necesario vivir en un tiempo tan infame como este, dando traspiés en
las tinieblas de la injusticia, para no sentir por esos hombres,
elevados por sí mismos a la dignidad de hombres completos, toda la
entusiasta reverencia, toda la impulsiva admiración que inspiran los
capaces de representar heroicamente las virtudes mas altas de la
humanidad.
Sólo
por ser dignos de ellos; sólo por convencernos de nuestra estatura
moral, al mirarlos faz a faz, de igual a igual, de bueno a bueno;
sólo por acabar de utilizar en la lucha del bien y por el bien, la
vida que se inutiliza en esta congoja infecunda de la emigración;
sólo por eso, cuando no por otra causa, nos sentimos capaces y
debemos todos sentimos capaces de elevamos a la altura del deber.
IV
Mirando Frente a frente ese deber; ¡que diferencia bochornosa entre
lo hecho por nuestros hermanos, y lo hecho -no lo hecho, lo
intentado- por nosotros!
Ellos
han tomado en sus hombros la tierra deshonrada por sus déspotas, y
la han elevado a la categoría de patria. Nosotros hemos estado
contando los suspiros que acaso nos costaba, si por acaso nos
costaba, la lejanía de la patria nueva.
Ellos
han combatido y han callado. Nosotros hemos disputado y exigido.
Ellos
han resistido todas las violencias del dolor. Nosotros no hemos
sabido resistir alas solicitaciones del placer.
Ellos
se han engrandecido. Nosotros nos hemos empequeñecido.
Ellos
se han aleccionado en los campos de batalla. Nosotros desatendemos
las lecciones que nos da la emigración.
Ellos
han hecho mucho y tienen fe. Nosotros no hemos hecho nada y, para
hacer algo justo, casi hemos perdido la fe que tuvimos en nosotros.
Ellos
mueren para vivir en la memoria de la patria que será. Nosotros
vivimos para morir definitivamente en la memoria de la patria que
será, de la que es, de la que fue.
¡Ea!
Conmemoremos, con lagrimas de sangre, el aniversario que con
lagrimas de jubilo pudiéramos celebrar en patria propia.
Nueva York, 1874
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