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This digitization project was funded by a grant from the National Endowment for the Humanities

 

 

 

HOSTOS, ACONTECIMIENTO DE AMERICA*

MAURICIO MAGDALENO

 

 

MIENTRAS LOS CAUDILLOS que el siglo diecinueve generó prolificamenté

en tierras de América henchían del estruendo de sus ambiciones el aire de

todas y cada una de las patrias filiales de España, y los ideólogos de toda

fe Y toda tendencia aplicábanse, solícitamente, a servirles, a cantarles o         combatirles, Eugenio Maria de Hostos lanzaba su rara, su ardiente, su grande consigna: enseñar a pensar al Continente. Tal es el sentido de su inflamado mensaje libertario, libertario de veras, integral, esencial y categóricamente libertario. No fue el borinqueño un filósofo porque ni  creó un sistema ni edifició una concepción ontológica del universo ni especuló con los conceptos de la filosofia; pero, a su modo americano, profético, inspirado— es el más grave de los acontecimientos del espíritu en América un fiósofo a la americana, un organizador de la conciencia. En los años atiborrados del delirio de la libertad, en los que arriba a tierras nuestras la pleamar de la agitación revolucionaria de Europa, en plena coyuntura romantica de los principios de la Revolución Francesa, cuando todos  y todo hablaba de libertad y los corazones se emborrachaban del zumo del tropo, Hostos, revolucionario y renovador, va al fondo del drama de nuestros pueblos y localiza en lección acendrada la dimensión de la exacta libertad de Ameríca, la de pensar con sus propios sesos, la de superar la

bárbara condición de su servidumbre colonial, la de ordenar en programa el turbulento caos de su conducta. Tenía que emanar de lo más macizodel trópico la voz que se ensañó contra la inercia, la vileza, la morbilidad, la vanidad, la insuficiencia, la superficialidad, la debilidad, la incapacidad tropicales. Pues en el duice y agostador asiento del hombre americano de cubrió el puertorriqueño razón y causa patólogica, nervios sueltos y sangre espesa, verborrea tórrida y purito escandaloso de imitación de simios. El choque de la sangre ibera con la indígena y la negra en un tal trópico, por

 

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otra parte, recrudeció el reblandecimiento de la especie mestiza, relajandola y degradándola. El pudoroso pensador que era Eugenio María de Hostos se revolvió contra esa barbarie de los pueblos americanos y sentó, como pie inicial de una verdadera, de una puntual libertad, la consigna en que apostólicamente hizo arder su existenda, de punta a cabo: enseñar a pensar al Continente. A qué dejarse arrastrar por el sueño de los tropos delirantes? Las sodedades informes han de reconocer, primero, la  noción de su responsabilidad. La libertad! gritaban los ideólogos del de-

lirio romántico, suscitando calcas serviles del patrón europeo revolucionario de esa hora. !La libertad! ¿Cual? No se decía cuál. La libertad a secas, la  libertad del gorro frigio y los Derechos del Hombre. Cuando turbas e ideólogos languídedan en el arrebato de su arenga y se les secaba la garganta, aperecian, irremisiblemente, fatalmente —fruto serondo del ululante parlotear— los déspotas analfabetos que aprovechaban el cansando general para meter en el puño a los pueblos e instaurar las más bajas y sombrías formas de gobierno. En lo íntimo del fenómeno americano, los ideólogos clamorosos y los tiranos iletrados son efecto de una y misma causa generadora. La yerborrea tropical y la barbarie del machete son productos latos de la selva americana. En medio de ambas, implacable, flamígero—"talentudo y corajudo", calificó Galdós— Hostos emerge del aquelarre el primer resplandor del alba perforando la tiniebla.

                       Exhala su existenda, como su obra y su inspiración, un hálito de terrible soledad ni conoció los halagos del poder ni las dulzuras de la paz,  ni saboreó la complicidad del proselitismo, ni disfrútó de los gajes de la facción; ni persiguió  los 'estímulos que se brindan, de ordinario, a los      maestros. Si fue  maestro, debió haber derramado su locución intensa dentro del más perfecto desprecio por los convencionalismos "y, las fórmulas hueras del magisterio. Quien no tuvo otro mensaje que el del enseñar a pensar a su Continente, sabía de antemano que no sería popular ni menos  soucítado por la atencion de los sátrapas autóctonos - mera expresión del    caos telúrico __ que nunca vieron con Buenos ojos el el transitos de las ideas ni la lucubración pensamiento libre. Desde que  llega a América de España y se dedica a correr el Continente, vagabundo y misterioso Ie cerca esa atmósfera enrarecida de la soledad. Ni tenía programa demagógico que afrecer a los de abajo ni Io a mendaz que entonar a los de arriba. Su grito imperioso, dicho en sordina, no Ie atrajo ni amigos ni enemigos. Era, a secas, una voz de otro mundo que no tenía percusiones en el ambito de la  selva tropical.; Y no obstante, era y sigue siendo la suya la única consigna válida en el desvalido campanario de América, la consigna de la libertad superior sin Ia  cual no es posible que se organicen las nociones de las otras libertades: enseñar a pensar al Continente. Cabe asegurar estricta mente, que el tal evangelio es la nota espiritual más actual de .estas tierras    cuando soltó el verbo, a lo largo de cuarenta años borrascosos y fieros, se lo apagaron el estruendo y la querella de los, campanarios, y todavía no

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hay aire propido para él. A mayor abundamiento, su existenda no alcanza ese clamor heroico en el que tantos de sus contemporáneos habrían de dar batalla contra la barbarie, y por lo mismo no es popular —y no lo es en el más neto sentido de la expresión, llana y simplemente porque los pueblos no le conocieron ni menos experimentaron la más nimia reacción de su mensaje—. Su heroicidad, como la buena agua de los ojos subterráneos, era silendosa, honda, abscóndita y esencial. A la hora de las voces engoladas, románticas y ardientes, dio la suya en el decoro de una intimidad que se antoja la más antirromántica. Su propio mesianismo carece de apostura y de arenga y no se aviene a los ruidos de la plaza pública. Y sin embargo, él, que tanto fustigó a su raza —a su embrión, a su larva, a su humus de raza— y que tanto y tan brava mente la sacudió por los cuatro costados, era un apasionado que hacinaba tempestades y que columbraba, en la lontananza de su sueño, a su gente y a su suelo dueños de un destino superior y libre. Su suelo lo era la extensión de la Pampa a las Antillas y al Bravo, y su gente los hijos de todas las razas mestizas, los criollos y los indios cholos, araucanos, incas, mayas y nahuas. Hombre educado en España y arrancado a su Borinquen cuando, a su vez, era una pura larva, vivio en todas las patrias donde se habia el castellano y aun en la que ejrcia ya el mandate continental y que habia el inglés, y por el espiritu y la sangre pertenecia a la sola patria grande del anhelo fracasado de Bolivar. Mucho más influjo que él obtuvieron, cerca de las turbas o de los intelectuales, una cincuentena de ideologos gárrulos o mediocres; pero nadie Ie aventaja —ni siquiera se Ie pone al flanco— en punto a dimensión del mensaje porque cuando unos caducaron por anacrónicos y otros resultan insufribles retóricos y los más mera locucion lírica, Hostos sigue y seguirá siendo el padre del apremio capital de America —alfa y omega su sino: enseñar a pensar al Continente.

    Y basta y sobra con considerar que aún no hay esperanza de que se aclare la anfractuosidad de nuestra selva, para palpar el tamaño de su consigna.  A treinta años de la desaparición del puertorriqueño culminante siguen las misteriosas tierras de América empeñadas en la reyerta del campanario y la voz aue no fue nunca popular está apagada como el fluir de una pira.  Apagada y muerta. A veces hasta parece que nunca haya estado viva y que todo este acontecimiento americano que es Hostos no es sino un mito o unsímbolo —simbolo y mito de la conciencia que se obstina en organizar la luz en la Primera tiniebla.

 

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 *   America y Hostos... pags. 225 - 227