MUJERES EN LA VIDA DE HOSTOS *
JUAN BOSCH

TODO HOMBRE recibe influencia de mujer,
como toda mujer la recibe de hombre. No puede ser de otra manera,
porque sólo la sum a de los sexos completa en su ley y en su fin
natural al ser humano.
Visto de prisa, Eugenio Maria de Hostos parece inmune a esa
influencia. Su caracter, que Ie llevó a aceptar como deber lo que
en otros no pasaba de ser sueño, Ie hace figurar en la historia
mas como un mito que como lo que fue: una realidad de profundo
contenido humano. De primera intención se rechaza la idea de que
algo pudiera influir en su vida. Parecería que de sí mismo manaba
el principio dinamico. Y no es así. Cierto que su naturaleza
excepcional distrae al espectador y desfigura su condición de
hombre; cierto que su peculiar manera de reaccionar frente a
problemas determinados y generales podría explicar parte de sus
hechos. Pero no todos. Y ni siquiera tal vez el fondo de uno solo.
Porque la verdad es que no hay una actitud, una acción, un
movimiento de esa vida austera y admirable que no responda, desde
la cuna hasta la tumba, al influjo que la mujer ejerció en ella.
Producto de su razón fue el ideal del hombre perfecto, en el cual
trabajó, sobre sí mismo, minuto tras minuto, sin un solo desmayo.
Ahora bien, si el perfecto es aquel que con mas propiedad encarna
las disposiciones de la naturaleza, lógico es que sea él quien
mejor respond a a esa ley inflexible que ordena al hombre
completar su realidad física y espiritual uniéndose a la mitad
que Ie corresponde.
En el camino de la perfección es donde percibe Hostos el propósito
divino del acicate sexual. "Todo mecanico" de la naturaleza,
llamaba a la mujer. A tan justa definición no puede haber llegado
sino mediante un proceso reflexivo intenso. Así logró abreviar su
concepto de la mujer
108
.Conferencia
dictada en San Juan de Puerto Rico el 7 de noviembre de 1938
durante el acto organizado por la Asociación de Mujeres Graduadas
de la Universidad para conmemorar el centenario del natalicio de
Hostos.
con dos palabras que expresan
medularmente el hondo sentido creador y eterno del imperativo
sexual en la porción femenina del ser humano.
Y si hubo ese proceso mental, es claro que se debió al
reconocimiento que hizo el propio Hostos de la influencia que en
él ejercía la mujer. Lógico es, también, que esa influencia no
podia ser de otra manera que benéfica, porque ell a debía estar
condicionada a la naturaleza intima del influenciado. Al
reconocerse producto de esas influencias, Hostos, que siempre
debio gratitud a cuanto consciente o inconscientemente Ie hacía
bien, pago el bien defendiendo los derechos sociales de la mujer y
proclamando su importancia como mitad de la sociedad.
"Madre, amante, esposa, toda mujer es una influencia" -escribio en
Santiago de Chile en 1873; Y ocho años mas tarde, en Santo
Domingo: "el movimiento social. ..directa o indirectamente es
siempre determinado por accion o reaccion de la mujer, por
impulso visible o invisible de mujer, por influencia buena o mala
de mujer. ..".
EI percibio siempre las que Ie atañían, que fueron de dos tipos:
las que forzaron la manifestacion de su caracter y quiza
contribuyeron a formarlo, recibidas durante la infancia; y las que
determinaron los rumbos de su vida, cuando penetró en esa especie
de recinto luminoso y florecido que forman los dias del amor.
De cada acto suyo es origen
una mujer; y casi siempre lo que de termina esos actos es el miedo
a los deberes que impone el amor.
-¿Miedo a los deberes? -preguntaran
Uds. asombrados.
-Sí, miedo a los deberes. Y ahora veran como y por qué. Hombre del
suyo, como lo era él, Hostos no podía comprender que pudiera
abandonarse un deber mayor por uno menor. Así como él fue durante
sesenta y cuatro años la mejor encarnacion de sus ideales, la fue
también de aquel viejo proverbio de que " lo mejor es enemigo de
lo bueno". Hostos sufría el miedo no de no ser fiel a su ideal; y
entre el servicio de su Continente, de las Antillas, de Puerto
Rico, y el de un mandato natural que solo a él había de beneficiar,
escogia sin titubeos aquel.
Espoleado por el imperativo sexual, anduvo de tierra en tierra,
nuevo judío err ante de la dignidad. El resorte entrañable de su
vida lo mueve la mujer. En repetidas ocasiones lo reconocio así.
Cuando se rinde al fantasma implacable, tras haberlo eludido una,
dos, tres cuatro veces, Hostos gana la paz sexual, se siente
completo ya en carne y en espíritu, y puede entonces entregarse a
la obra sustancial de su vida: la de educador. Belinda Otilia de
Ayala recibe en Hostos un protagonist a y Ie devuelve a América un
apostol de la enseñanza y un creador de cultura autóctona.
Pero Belinda es solo la paz. Al comprobar en un exam en rapido que
otras mujeres simbolizaron la lucha, y como y por que la
simbolizaron, vamos a conocer un Hostos realmente humano, cien
veces 'mas grande,
109
por
lo mismo, que ese Hostos casi mitológico a quien se ha temido
conocer.
Y con razón. Porque la verdad es que
un hombre de tal temple averguenza con sus actos a la generalidad
de sus hermanos.
LAS MUJERES DE LA INFANCIA
De las mujeres que componen la familia
de Hostos, tres, sobre todo, contruibuyen a formar aquel carácter
extraordinario: la madre, a quien él recuerda como mujer hermosa,
rubia, "de aspecto a la par bondadoso e imponente"; su hermana
Engracia, "la primera protectora", tan parecida al hermano que "Ie
hacía el agravio de compararla conmigo, que feo, mientras ella era
bella" -dice Hostos; y su tía-madrina Caridad, de cuyo físico no
hay prendas, pero de quien él deja constancia de que fue amorosa y
buena con el ahijado por los días en que, convaleciente de una
gravedad, el nino fue a su casa, en las cercanías de Mayaguez, a
recibir aires sanos.'
Rapaz sumamente violento, Hostos fue una naturaleza briosa desde
sus primeros años. Se gozaba en clavar alfileres en los brazos de
la lavandera o en pellizcar a una acogida de sus padres. ¿Muestras
de vehemencia? Quizá. lo era mucho: la primera vez que oyó música
estuvo dos días acostado en el piso y girando como un trompo,
sufriendo porque no recordaba el aire. Cuando doña Hilaria se
sentaba a coser, el hijo se echaba a sus pies a acariciarla y si
ella se molestaba con tantos mimos. él se la ganaba besando con
verdadera unción de idólatra el ruedo del vestido materno.
Tal vez esa vehemencia de Hostos, aparte de lo que pueda haber de
naturaleza excepcional, explique el consentimiento en que las
mujeres de la casa ternan al niño tan fieramente hambriento de
cariño. Ese consentimiento, agravado por dos dolencias que lo tuvieron al borde de la muerte, había de resentirse por culpa de
su tía-madrina Caridad, y del resentimiento surgiría aquella vol
un tad poderosa, de la que él se quejó tantas veces.
Estando moribundo rechazaba las medicinas a menos que Ie pagaran
por tomarlas. Generalmente todos los muchachos hacen eso; pero en
Hostos es raro, porque él jamás fue interesado. Treinta años más
tarde, con esa amable melancolía en que se nos envuelven los
recuerdos de la infancia, evoca él aquellos días. "Cuando la
convalecencia Ie consintió dar algunos pasos -escribe en tercera
persona- mas se ocupaba de tener segura la bolsa en que había ido
acumulando su riqueza, que de afirmar sus pasos".
De ese ambiente en que tienen tanta autoridad sus caprichos va a
pasar a otro donde tropezará con la primera imposición. Ocurre así:
el enfermo fue enviado a reponerse donde su abuela, con quien
vivía Caridad. Caridad
110
no sabia que hacer para complacerle:
él era la luz de sus ojos, y se habia vuelto exigente con el
quebranto: si no se Ie daba de inmediato lo que exigia, lo rechazaba altanero, ella Ie rogaba, Ie prometía,
lo acariciaba.
Una tarde, sin duda gratisima para aquella tía-madrina
consentidora, descubrió ella que a Eugenio Maria Ie gustaba el
arroz blanco, y desde entonces, alas dos de la tarde, hora precisa,
Ie traía al niño su ya favorito plato. Pero cierta vez tardó
algunos minutos y cuando se presentó ante el chiquillo él Ie gritó
que no queria. Rogó la madrina, exigió la abuela, argumentaron
ambas. Nada. "¡No quiero!" -chilló él; "¡Pues yo quiero!" -respondió
Caridad; y a la brava Ie metió la cuchara en la boca. Pero ocurrió
que el arroz estaba muy caliente. Al sentirse quemado, el niño se
puso frenético, arrebató el plato de las manos de su tía, y lo lanzó por el balcón. Creyendo calmarlo, la abuela aprovechó la
presencia de un amigo que pasaba frente a la casa, y Ie pidió en
alta voz, con el fin de asustar al muchacho, que fuera donde
Hostos y Ie dijera que mandara en busca de Eugenio, porque ellas
no podían domarlo. Cuando Eugenio María oyó aquello se puso fuera
de sí y con la misma firmeza que iba a demostrar durante toda su
vida, dijo que él se iba esa misma tarde a Mayaguez. De nada
valieron las explicaciones de la abuela. Nadie pudo doblar la
voluntad que tan recia apuntaba.
De igual manera, es la primera separación de la madre, por quien
sentía veneración, casi idolatría, lo que Ie da la idea del deber
y cómo hay que cumplirlo por encima de todo. Sucedía que Hostos,
tan sufridor como fue, era duro para las lágrimas. "La
sensibilidad, como la vol untad, son creación de mi razón" -asegura
alguna vez. Su razón de niño debió convencerle de que cuando se
sufria un gran dolor, había que llorar. Así, ese día de la
separación, cuando la madre estaba al partir, Hostos, que quería
llorar y no tenia lágrimas, se dio de golpes contra las puertas a
fin de que el dolor físico Ie hiciera mostrar el gue sentía.
Pero quizá la más importante revelación de su naciente
personalidad fue la provocada por la belleza de su hermana
Engracia: nada menos que el descubrimiento de su carácter, cuando
apenas él tenía nueve años.
Engracia era dos mayor que Eugenio, pero su presencia no
denunciaba tan corta edad. La niña aparecía muy bella. El juez de
Primera Instancia de Mayaguez -"el hijo de don Anastasio el avaro,
cuyas víctimas fuimos, en Bilbao, Pepe, Ortega, Bedford y yo,
años más tarde", dice Hostos como si quisiera perseguir al juez
hasta en sus ascendientes- iba a menudo a la casa de los Hostos donde encontraba esa acogida cordial que necesariamente debía
entonces un notario a un juez. Un domingo por la mañana éste fue a
almorzar donde sus amigos y no encontró más gente alIi que a
Engracia y a su hermanito Eugenio. EI juez pensó que se Ie hacia
fácil molestar a la niña y la persiguió para abrazarla mientras
ella corría asustada. Entonces surgió en Hostos el hombre que
había de ser. Nadie, fuera de él, podia defender a su her
111
mana: se abaIanzó sobre el juez y tan
fiero debió portarse aquel niño, que el impetuoso magistrado
abandonó la casa, olvidando, incluso, que estaba invitado a
aImorzar.
¿UN AMOR EN PUERTO RICO?
Tres años después de ese incidente,
Hostos salio hacia Bilbao. Iba a estudiar. Estuvo antes en San
Juan. Se sabe poco de su vida de entonces, por lo menos en lo que
respect a al tema que nos ha reunido esta noche. Hay un dato
interesante de la época de Mayaguez, que conviene no dejar pasar
por alto: las burlas de las niñas, que tanto mal hacen en la
infancia, no inquietaban a Hostos. Ni cuenta ponia en que las
Quijano esperaban los domingos, cuando el muchacho pasaba por
delante de su cas a camino de misa, para gritarle "cabezón" y "barrigon".
"Parece que efectivamente -recuerda donosamente el burlado- su
merced tenia mas cabeza que la que conviene a cualquier hombre y
mas barriga de la que conviene a cualquier niño".
Debido a la muerte de su hermano Pepe vuelve de Bilbao cuando
tiene entre quince y dieciséis años. Su hermana Engracia Ie
relaciona con sus amigas. Sospecho que entre esas ami gas de
Engracia está escondido el primer amor de Hostos. No son mas que
conjeturas, alas que aIguien podría oponer la edad de Eugenio. La
verdad es que quince o dieciséis años es la corriente en el
tropico para despertar al amor. Hablando de aquellos días él dice,
simplemente: "Los oasis no son suficientemente grandes en los
desiertos"; pero muchos años después, estando en Nueva York,
escribe: "María Lozada, niños ambos, sintio por mí un afecto
apasionado, que yo no supe apreciar ni corresponder".
El otro viaje, provocado por otra muerte, lo hace cuando tiene
veinte años. Es sin dud a entonces cuando estuvo haciendo "demostraciones
vacilantes" a Lola Ruiz y Cipriana Mangual, de Mayaguez las dos.
Y si no en el primero, ni en el segundo, el probable amor
puertorriqueño de Hostos se cumple en su tercer viaje, el de
1862. En esa ocasian permanecio casi un año en Puerto Rico, "el
año de meditacion mas dolorosa que conozco en mí" -según confiesa.
¿Que por qué sospecho yo lo que no est a dicho ni entre líneas?
Pues sencillamente porque el amor no se inventa ni se conoce por
analogía. EI que no haya vivido esa fiebre fascinante del primer
amor, esa especie de delirio en que nos sume el descubrimiento de
tanta pasion y de tanta vehemencia sexual en nosotros mismos, no
podra describirlo jamas. En La peregrinación de Bayoán hay
dos escenas de amor en los trópicos que son vivo retrato de la
realidad. Una de ellas es la despedida de Marien y Bayoan, que va
camino de España; la otra, separacion momentánea en San Juan,
donde se encuentran los jovenes, en la que Marién se asoma al
balcon vestida de blanco, coincide con una breve cita que
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Hostos hace en su diario de "una
figura angelical" a quien él con templaba con éxtasis en San Juan
1.
¿Pero qué interés pudo haber tenido Hostos en silenciar tal amor?
Ninguno. Es que por ser bravío, por ser fiebre de los sentidos,
ese primer deslumbramiento del hombre se olvida pronto. Parecería
que ningun a importancia puede tener en la vida una pasión que tan
fácilmente olvidamos; pero la tiene. Si la que sospechamos fue,
ella explica el desconcierto en que cayó Hostos de retorno en
España; la apatía, la falta de fe en su carrera de Leyes, que se
negó a seguir estudiando. Gran favor Ie hizo a América quienquiera
que tuviera la culpa de que Hostos no quisiera hacerse abogado.
Falto de un título, necesitaba instrucción amplia en otros
sentidos. Además, así pudo dedicar su tiempo a estudiar las
materias de su predileccion. Pero esto lo hizo solamente después
de la muerte de doña Hilaria, suceso que marco definitivatmente el
rumbo que había de seguir Hostos.
DOÑA HILARIA, O LA LUCHA
Doña Hilaria Bonilla de Hostos muere
el día 28 de mayo de 1862. Cuando transcurran dieciséis años
y el hijo haya vivido muchos de dolor, dirá COn amargura que aquel
hecho
impiadoso "Ie desperto del sueño de la
vida". "Aquello -afirma- había sido un verdadero sueño. Si hay
hombre que sepa positivamente lo que es la realidad, y sobre todo,
el abismo verdadero que hay entre la realidad de la vida y lo que
imagina la adolescencia fuerte como la vida, ése soy yo. Yo lo supe en el momento en que perdí a la santa mujer a quien veneré
como virtud viviente tanto como amé con ardiente amor de hijo.
Hasta aquel día me había desarrollado libremente, siguiendo sin
guía, o sin oír al guía, la direccion que la inexperiencia,
agravada por el desinterés natural de mi vida, me hacía seguir".
Herido en lo hondo por un dolor cuya fuerza él no podía sospechar,
Hostos se reconcentra en sí mismo y ve la vida tal cual es. Ya no
demora en este mundo ese regazo en qué acogerse; carece ya de
sombra amable el camino. Como una mano invisible, el golpe Ie
sacude el alma. Toda la vehemencia que ponía en amar a la madre
iba a encauzarse ahora en otra direccion.
De vuelta en Puerto Rico, hecho hombre por el sufrimiento, mira en
su torno y comprende entonces la sombría realidad: aquella tierra
suya es colonia. Empezo el am argo descubrimiento, el conocimiento
len
1 Después de
pronunciada esta conferencia, el autor ha dado con un fragmento de
manuscrito de Hostos en el cual se confirm a en parte esta
sospecha. Ciertamente, Hostos tuvo en su primera juventud un amor
que sacrificó a la felicidad de un amigo. No hay en este fragmento
de manuscrito ninguna indicación del lugar o pais que fue
escenario de esa pasión. Por tratarse de un fragmento, se .dificulta
describirlo bibIiográficamente.
113
to, pero de seguro avance: cada vicio,
cada monstruosidad, cada error tenia su origen en la condición
colonial del pais.
Día tras día, aquel espíritu fue aprendiendo la lección del mundo
que Ie rodeaba, y como el no podía ver lo monstruoso sin
aprestarse a luchar contra ello, a medida que descubria se iba
irguiendo su conciencia. Por eso dice que fue el año más sufrido
que tuvo. No dice que fue el que lo salvó para la posteridad: en
el comenzó a subir su cuesta de la amargura.
MARIEN
.
Cuando llega a España en 1863, Hostos
lleva ya consigo, aunque no lo sospeche, esa figura triste de
mujer que encarnaba alas islas amadas, esa Marien ingenua a quien
mata la falta de su sol antillano.
Cuban a como será una de sus amadas y como lo será la compañera
bien querida, Marien presidirá muchos actos de la vida de Hostos y
será un símbolo de su ultima etapa española. Muchas veces hablará
de ella como si hubiera realmente existido. Dice de su mujer,
Belinda Ayala de Hostos: "La conocí como conoció Bayoán a Marien".
Era tanto su amor por Marien, que si como previera que de todas
sus obras era la que cuenta su historia la que menos había de
llamar la atención, la defendía con recelo paternal y aseguraba
que sólo ella Ie satisfacía.
La frialdad con que el publico español recibe su creación Ie
arranca frecuentes frases de desden. Quizá Ie consuele algo que
una mujer de alcurnia Ie aplauda sin reservas y Ie escriba
estimulándole. La vida, mientras tanto, se Ie anuda. Lucha por la
republica, y va a Barcelona, torna a Madrid, emigra a Paris. Se
prepara la revolución de septiembre. En estos trajines, mujeres
sin import an cia asoman un segundo y desaparecen de nuevo. De
una de ell as llegará a escribir Hostos: ". ..sin embargo, la amo,
como se am an los recuerdos, como se ama la vida que se ha vivi~
do, como se ama la obra que se ha hecho. Es, en la historia de mi
sentimiento, la unica realidad con que tropiezo. ..la acojo en la
imaginación con entusiasmo, la acerco a mi corazón con reverencia,
la contemplo en mi alma como un ideal". Habla de una Matilde, y
quizá sea a ella a quien evoque muy delicada y amargamente cuando
dice: ". ..recordando Suelias de amar. .." que ". ..fue mi
distracción en Madrid, en el dulce recuerdo, en el triste
placentero sentimiento".
Recelosa, Marien se ha recogido al fondo de su alma. No se la ve,
no se la siente. Pero resurge triunfal, al fin. Es en la noche del
20 de diciembre de 1868. Hostos pronuncia su fogoso discurso en
defensa de Cuba. Inicia la bat alia grande que terminará con su
muerte. En la penumbra discreta que envuelve los pasillos del
Ateneo viejo de Madrid, mientras habla Hostos, se pasea la figura
amable de Marien. Sonne, vencedora. A poco, la creatura ya casi
carnal transpone la frontera con Eugenio Mana, cuando este
comprende que se hace necesario romper del
114
todo
con España. En Nueva York se prepara una expedición para su isla.
Hasta Nueva York Ie seguira Marién, la pobre muerta de amor.
LA RIVAL AFORTUNADA DE MARIEN
A fines de octubre de 1869, próximo ya
a cumplir los treintiún años, Hostos llega a Nueva York. Los
emigrados cubanos y puertorriqueños lo reciben con tibieza.
Procede de España, y todavía no ha podido llegar hasta Nueva York
el eco de su campaña en favor de la libertad de las Antillas,
realizada bravíamente en la Metrópoli. A Betances, a Basora, a
Meire, a Piñeiro, Ies expIica sus planes. A cambio de
desconfianzas, de torturas desgarrantes, Hostos va imponiéndose
entre Ios emigrados; pero imponiéndose en cuanto a Ia honradez de
sus principios, no en cuanto a Ia conveniencia de que se adopten
sus planes para reaIizar aquéllos.
En su obstinada Iucha de renovador, Hostos estaba llamado a
fracasar como jefe de hombres, porque tanto como a sí propio Ies
exigía a los demas. De ahí que solamente sepa y pueda conducir
niños. Cuanto mas se Ie pide mas honrado y mas satisfecho se halla
eI niño; eI hombre es todo lo contrario.
Entorpecido en sus proyectos, abrumado por Ias intrigas, que Ie
desesperaban porque éI no era capaz de concebirIas, Hostos se
encontró un día soñando como cuaIquier chiquillo. Un sabado, eI
primero del año 1870, para ser precisos, eI creador de Marién
cometió una infideIidad imperdonabIe: supIantó bruscamente eI
recuerdo de la muerta adorada por el de una americana que, para
hacer mas odiosa la suplantación, era millonaria. Precisamente por
serlo, por tener millones como sólo allí se tiene, es por lo que
Hostos Ia prefiere.
Pero oigamos a Hostos. Que nos cuente él mismo esta aventura
insólita.
Paseaba calles y avenidas. "Ocasión propicia -dice-, la aproveché
y me puse a imaginar. Imaginé que había jugado para ganar cien o doscientos
o trescientos o quinientos mil pesos, que gané: los
gané para hacer Ia revolución de Puerto Rico. Un acto de
abnegación, me valió Ia simpatía de una joven, allí presente: Ia
joven tenia un padre: Lo contaminó de admiración por mí, y siendo
americanamente miIIonario eI padre,
y siendo yo eI necesario futuro esposo
de Ia joven, ¡se salvó Puerto Rico!"
Suelta ya Ia frenética imaginación que
tanta cadena había sufrido, Hostos prepara Ia revoIución ideal, en
que tanto como Ios guerreros expertos entran Ios médicos, los
maestros, los técnicos de todo oficio y arte. "Esos chicos de
Puerto Rico que pierden aquí el tiempo -dice-, sostenidos por mí,
se educaban en eI trabajo y en la lectura obligatoria y dirigida,
para ir a cumplir con su deber". EI se retira al interior
apreparar con su compañera el gran momento de la revolución. Es
algo inaudito lo que se avecina. Hostos ejercita a los obreros de
Ias fabricas del suegro; su
115
hermana Rosita se casa con el Ministro de Hacienda de Hostos, que
es hermano de su amada "y ya había yo consagrado social y
teológicamente mi cariño" -dice, dejando entender que hasta a
casarse según los ritos religiosos estaba dispuesto.
Marién yace en el olvido. Hostos pasea e imagina: "... ya estaban
prevenidos en mi favor Summer, Grant, todos los grandes politicos
de America -prosigue-, ya estaban mis agentes en Colombia; ...ya
Betances y los otros caudillos, obedeciendo mi plan montaban sus
vapores respectivos. " Pero entonces llegue yo a la puerta de mi
casa, y las dos revoluciones que concibo, se quedaron en donde me
quedo todo yo: en las tinieblas del deseo".
Tambien allí, en aquella puerta que lo devolvía a la realidad, se
quedaba la millonaria americana. Si Hostos hubiera vuelto los
ojos, habría visto que tras la millonaria, triste, llorosa, la
sombra de Marien se despedía para siempre.
CANDORINA, O EL DESCUBRIMIENTO DE
AMERICA
El
año de 1870 es quiza el mas decisivo en la vida de Hostos:
comienza en el a formarse el hombre de America que había estado
preludiado en España desde la aparición de su novela. Unas
palabras suyas aseguran que llegó a Nueva York con el único
propósito de tomar parte en una expedición que salía a fines del
69 hacia Puerto Rico. Betances y Basora estaban en la ciudad de
los clubes revolucionarios: desde allí conspiraban los cuban os,
los puertorriqueños, los dominicanos que combatían a Baez. Hostos
se mantenía colaborando en periódicos de habla española, aunque
necesitara con frecuencia recurrir a los haberes del padre, que no
desatendía a aquel hijo de sus culpas, querido y admirado a la
vez.
De
la fiebre revolucionaria sacaba siempre oportunidades para otras
cosas. A veces caminaba cuadras enteras detras de una mujer
atrayente; otras se abismaba con tempI an do cómo bellas cubanas
daban a la revolución su gallardía y su oro. Activo como pocos,
orad or preciso, escritor vehemente, pronto tuvo la mayor
popularidad a que podía aspirar un emigrado: dolor de Hostos, que
no buscaba eso: la popularidad Ie echó encima a los grandes de la
emigración y tuvo que mantener una lucha sorda con la miseria
económica que Ie circuía y con la miseria moral que Ie combatía.
Ni Meme, acariciadora y enamorada, que Ie besaba casi en
presencia de extraños, pudo distraer el tormento de aquella alma.
Hostos empieza a sentirse solo. ¿No tendría necesidad de una
compañera? El había llegado ya a ese termino de la vida en que se
hace necesario el amor. Cuatro años mas tarde lo diría: "Me había
faltado una fuerza de impulsión. Esa fuerza era la que importaba
adquirir, ella la que debía estimularme. ..Había tenido y tenia
entonces Ias solicitaciones mas impulsivas para constituir una
familia". Lo sentía, pues. Estaba
116
maduro para el amor, pero temía, "porque -dice- todo sentimiento
de
familia y toda tendencia deliberada hacia él chocaban con la idea
del
deber aceptado y obedecido exclusivamente hasta entonces". Ese
deber de que
habla es la revolución para las Antillas; pero aunque él no
reconocía mas
ley que la de su razon, lo engañó la naturaleza, que Ie clamaba
por
compañera, haciéndole caer en el amor mental. Porque eso, y nada
mas que
eso, fue lo que determinó sus relaciones con Carolina o Cara, cubana,
quizá de no mas de quince años, de familia asentada en Cartagena
de
Colombia. Mas de tres meses dura la lucha sorda de Hostos, que
duda
entre si declararse o no. A pesar de que él lo creia, se ve en sus
apuntes de
entonces que aquel amor no era el grande, ése toca muy de tarde en
tarde en la vida, y en el que no pueden intervenir calculos ni
deseos, por que
él paraliza todas aquellas facultades que no sean las mas sutiles
de la animalidad. Hostos media y pesaba mucho sus relaciones con
Cara. Le creo
un apodo, Candorina, curioso por dos motivos: tiene mucho
de men tal,
porque a la mujer realmente amada no se la nom bra con apodos que
exalten una virtud evidente o supuesta, sino con una que emerge de
lo
hondo de nuestro ser y que por lo general nada dice, porque es tan
solo un
sonido dulce, sin pretensiones definidoras; y porque ese final en
ina Ie
sera siempre grato a Hostos, que lo aplicara a otra mujer, que se
sen tira
complacido de que su compañera lo tenga, aunque con alguna
diferencia, de que lo lleve una hija, y cuando escriba para otra
hija alguna de
sus deliciosas piezas de teatro infantil, Ie prolongara el nombre
para
terminarlo en el ina sonoro y dulce.
Durante un cuarto de año su diario esta lleno de alusiones a Cara.
"Ella me atraia, yo Ie inspiraba confianza -dice-. La noche de la
taza de
café fue deliciosa". Y la tal delicia no pas a de ser lo que él
llama el
candor con que ell a aparece en la puerta, dudando entre si
entrar o no, y las
indirectas de la hermana y del cuñado de Cara, que hablan de la "buena
pareja que harían", lo que los lleva a medirse, como un par de
mucha chos.
A la
distancia de los años, y conocido el final de esas relaciones, alguien diría que Cara coqueteaba con Hostos. El debio ser un tipo
de hombre
muy atractivo para las mujeres, porque tenia una condición
esencial para
ganar su admiracion: la armonía, la sobriedad, el dominio propio que
comunica el íntimo conocimiento. Hombre sumamente dulce, amable,
alegre, con una alegría bien medida; gran conversador -no lo que
ahora se
llama causseur, que es un mantenedor de atencion a base de
falsedades, viajado, instruido y dotado del don especial de hacerse
entender
hasta cuando trataba tern as complicados, Hostos debio ser un gran
compañero de vel ad as. Físicamente tenía también imponencia, y
cierta gravedad, cierta especie de noble tristeza en los ojos,
grises de reflejos claros,
tristeza que se deshacía al oírle hablar con una voz viril y
decidora de gran
des bellezas. Era mas bien bajo que alto. Una maestra normal do
117
minicana de la primera epoca me aseguraba, hace pocos días, que
ella no
había conocido hombre mas majestuoso que Hostos, a pesar de su
estatura,
ni mas cortes y afectuoso. Aparte de lo que pudiera imponer el conocimiento de sus cualidades y la cercanía de una persona de tal
renombre, él tenia atracciones físicas. ¿Qué mucho, pues, que
aquella cubanita de ojos
negros, sugestionable, de casi ninguna cultura, como lo deja
entrever el
propio enamorado, coqueteara con Hostos?
El
ideal físico que perseguía Hostos era el de la mujer rubia,
posiblemente de line as que expresaran majestad, como las de la
madre. Candorina tenia el pelo y los ojos negros. Esforzándose en
quererla -y dígase si
no era mental tal amor- él pensaba que con un poco de energía
podía
figurársela rubia.
En
la lucha del amor, paralela a la política, pasan tres meses. La
familia de Cara se va a Cartagena; y es entonces, al ver que Ie
van a llevar la amada, cuando Hostos halla la solución de sus
problemas. Puesto que
él no puede vivir en aquel aire escaso y envenenado'de anexiones
en que
se mueve la parte más poderosa de la emigración, debe hacer algo; pero
algo que concuerde con la necesidad de su amor. Lo dice claramente,
porque Hostos jamás trata de engañar: "Me falta el estímulo". Sus
palabras
precisas, cuando logra armonizar el sueño ideal con el imperio
natural,
son estas: "Me había faltado una fuerza de impulsión. Esa fuerza era
la que importaba adquirir, ella la que debía estimularme". Ya
están
dichas hace un momento, pero se repiten para que se vea cómo
gobierna la honda trama sexual muchos actos de nuestra vida.
Candorina es ese estímulo; Hostos lo confiesa. Debe ir tras ella,
y como ell a está en Cartagena y también en Cartagena se puede servir a Cuba, él irá allá
a servir
a Cuba, luchando por que se reconozcan sus derechos, por que se Ie
auxilie; y además a trabajar por dos causas: para sostener su
hogar, y para
hacerse del dinero que hará efectiva su acción en favor de la isla en guerra.
Así
decidido, no quiere que Candorina se Ie escape sin que sepa cómo la
ama. "Este es un mármol del que se pueden sacar buenas estatuas" -asegura.
Siete años más tarde se dirigirá al padre de Belinda de Ayala con
palabras exactamente iguales. Vale la pena apuntarlo porque es común que Hostos use una misma expresión para manifestar estados
iguales,
no importa que éstos se cumplan en tiempos distintos, lo cual
acusa que
no cambia de ideas.
Listo a cumplir su propósito, empezó a imaginar cómo había de
hacer la estatua que reclamaba aquel mármol. La educaría, Ie
llevaría libros. Incluso dio los primeros pasos en tal sentido.
Pero cuando se iniciaba él en los
secretos de esa cincelación, la familia se llevó a Cara. Hostos
quedó como
ciego. El día antes gemía: "Se me va mañana; ya empecé a llorarla hoy".
¡Hay que ver qué páginas tan confusas son las de su diario en esos
dias! Se aprecia el esfuerzo por naturalizar aquel amor mental. El
mismo
118
confiesa: "'¡qué amor tan sin amor!". Pero como aquella razón
poderosa era capaz de crear hasta la sensibilidad, no ha de
extrañar gran cosa que creara una falsificación del amor tan
aceptable que llegara a influir en su vida de manera determinante.
Ya en agosto dice que la falta de cartas en que lo tiene Cara y la
lucha politica Ie anonadaban. ""Y siempre solo, sin nadie a quien
oir, a quién hablar, a quien querer, a quién creer, porque hasta
ell a me abandona, hasta ella me priva de sus cartas" -se queja.
Un
dinero que recibe de su padre lo resuelve, yel 19'de agosto dice:
"si las cart as de la familia Bda. (probablemente apócope del
apellido de Carolina) son las que espero, me reuniré a ella".
¿Qué
cartas son ésas que espera? Las que Ie deben escribir la hermana
y el cuñado de Candorina, al parecer empeñados en casar a la niña
con Hostos. Para olvidar que esas cartas no llegan, Eugenio Maria
se sumerge en las noticias de la guerra franco-prusiana, de la
consternación francesa por la derrota. Pero no se anestesia asi
como asi aquel hombre que se lanzaba a toda fuerza sobre lo que
consideraba necesario hacer, y el 4 de octubre sale de Nueva York.
Embarca en el "'Arizona", una lástima de barco, que hace la ruta
por condescendencia del mar. Va camino de Cartagena de Indias, a
cumplir su palabra; y desde antes de salir empieza la duda: "'Deseo
y' temo, temo mas que deseo" -asegura.
Pero
aqui está américa, la rival de Candorina. Cuando vislumbra las
costas de Cuba, cuando se siente en las cercanias del Continente,
Hostos empieza a reaccionar. Candorina va ocupando un pIano
secundario, sin que él lo procure. Aquel am or mental acabará
teniendo el puesto que Ie corresponde. ¿No est a aqui America?
Si
hasta ocurre que, recién desembarcado, cuando alguien lo quiere
llevar a la casa de la mujer perseguida, Hostos prefiere recorrer
la ciudad. ¿Qué ha ocurrido? ¿Es que al contacto con aquel mundo
milagroso, al sentír esa imponderable emanación telúrica que
parece desprenderse del sitio donde se habla nuestro idioma, donde
se ha luchado por lo que uno cree, don de ha estado en derrota, en
triunfos, en luchas un héroe co'" mo Bolivar, ha despertado en
Hostos al hijo múltiple del Contínente que dormitaba en él? Quizá.
Es el caso que en la noche, cuando visita a Candorina -a quien no
ve al principio porque ella, coqueta, siente verguenza de verlo-,
asegura que no puede cumplir su palabra porque no hay trabajo en
Cartagena y sin trabajo no hay posibilidad de fundar un hogar. La
hermana de Candorina, buena casamentera por lo visto, apunta una
idea: que se vaya Hostos a Panama, trabaje alIi y de alli vuelva a
Carta~ gena o mande por Cara. Hostos conviene en que si, mas como
él va a comprometerse, quiere un compromiso de parte de Candorina.
Dice, además, que quizá tampoco haya trabajo en Panama. .
-Se
llega usted al Perlú, donde hay porvenir para usted -resuelve la
futura hermana politica.
119
De
acuerdo; pero mientras espera el barco, algo hay que hacer. Se
entera Hostos de que el problema del Estado Bolivar es la
desproporción entre habitantes negros y blancos: muchos mas de los
primeros. Se teme que algun dia surja una lucha de razas. Entonces
concibe él la coloniza' ción del litoral por cubanos, dominicanos
y puertorriqueños revolucio' narios que les resuelvan el problema
a los cartageneros resolviéndoselo a la emigración que anda
dispersa. Como en Cartagena consigue todo lo que el sitio puede
dar, se embarca hacia el Peru con el propósito de conquistar alIi
los capitales necesarios al buen éxito de la empresa. De esa
manera torna a armonizar sus dos deberes: el íntimo del hombre y
el ex. terno del patriota. Buscara trabajo para casarse y
capitales que favorezcan alas Antillas.
Recién llegado a Lima, Hostos se ve forzado a quedarse con el
aspecto externo de su peregrinación: una carta de la hermana de
Carolina Ie dice: "C. no piensa en lo que usted habla en su carta,
y es mi deber decir'" selo a usted. Ella lo estima como a uno de
sus mejores amigos, pero mas nada".
Hostos asegura que la carta es superior a su amor propio y la
cierra sin acabar de leerla. Pero segundos mas tarde se consuela
con estas palabras: ""aquí ha debido haber un interés de familia
puesto en juego en mi contra". En su favor, diríamos nosotros. El
parece olvidar facilmente, y asegura que a veces la casualidad
gobierna nuestra vida, refiriéndose a que aquel matrimonio
frustrado Ie ha puesto en nuevas vias, reconociendo así,
tacitamente, que su vida esta mas acoplada al ritmo del
Continente que lo estuvo antes.
De
pie ya en el Peru, donde va a servir a sus islas, Hostos no es
capaz de sospechar que otro amor va a revolucionar sus destinos
para encaminarlo, una vez mas, por los derroteros convenientes al
porvenir de América. Ese am or hara época en los anales de las
letras continentales.
MANOLITA, O LA PASION
Cuando se acercaba al Callao, Hostos iba desprovisto de todo: no
tenía un centavo, un traje decente, un amigo en quién confiar; sin
embargo a pesar de todo ese escenario intimo de miseria, el hombre
florecía de amor y de fe: en el cholo, en el quechua, en la tierra,
en el futuro de América: en todo confiaba. Ya en el barco se
mostró asombrado por la belleza de las cholas y en el trayecto del
Callao a Lima, como tuviera oportunidad de ver un grupo de damas,
empezó a deleitarse con las gracias y la vivacidad de la mujer
peruana. Un día, recién llegado, iba por una calle de Lima
paseando su preocupación; llevaba en la mano una flor que Ie
habían regalado minutos antes. Como pasara un chola atractiva, se
la quedaba mirando. Buena americana, la chola es bella, con un
belleza ardiente que auna el ojo morisco, ojo de regazo, a la
linea aérea del lirio. Mien
120
tras
la contemplaba, de un grupo de senoritas que pasaba salió una voz:
-¡Qué flor tan bella!
Gentil, ""atiemposo", como decimos en mi tierra, Hostos puso la
flor en
las manos de la que había hablado.
Era
un augurio, si todavia pensamos como los romanos. Maduro para el
amor, deteniéndose cuando pasaba una mujer de "talle conyugal",
como tan castamente definía Marti cierto atractivo de la hembra,
Hostos paseaba su corazón igual que flor y sólo esperaba la voz
que exclamara:
-¡Qué
bello!
Y no tardó en oírlo de labios de Manolita, a quien
llamaremos con el
dulce apodo con que él la nombraba: Nolina, o Manolina, como
tambien se oyó decir del amado.
¿Cómo
se conocieron? ¿Que los acercó? ¿Que lo llevó hacia ella? ¿Se
ria
rubia, como él deseaba a la amada? ¿Morena, con ese fascinante
morenismo de su tierra? ¿Que vio ella en el extranjero? El mismo
Hostos se lo pregunta, desconfiado, y dice que "ellas se enamoran
en el de lo desconocido, de lo imprevisto". Pero quiza no fuera
esa la causa. Hostos había alcanzado en Lima un renombre que
estaba a la altura de su labor. Lo que
hizo allí por Cuba en mítines, artículos y conferencias; por el
Peru
en
el establecimiento de sociedades de enseñanza y en la redacción de
La
Patria; por el negro, el indio y el chino en sus estudios de
tipos sociales,
bastaba a conquistar la admiración, que es el camino del amor, de
cualquiera mujer no comun, como sin duda fue Nolina.
Se
conocieron en los primeros meses del 71, casi en el duelo del recuerdo de Candorina. Ya en marzo, el día 30, Hostos, que las pocas
veces que habla de Manuela lo hace con acongojante discreción,
dice que
había convenido con ell a verse donde su hermana. Despues de aquel
día
apenas la menciona. Esta airado por ese amor. Pero en noviembre,
desde Chorrillos, estalla al fin, con una vehemencia casi fiera:
"La amo, la amo, la amo y no oso evitarlo". Jamas sufrira tanto,
porque al tiempo que la
mujer, America Ie solicita, y él sabe que 'esta al borde de
preferir la
compañera. "He pasado mi vida en contener mis pasiones por medio
de la razón -se queja-, y he aquí cómo lo que debía hacerme fuerte,
feliz, me hace el mas débil de los hombres y en consecuencia el
mas infeliz". ¿No es cierto que entristece ver cómo el hombre cuya
razón gobernaba su vida hasta en el mas pequeño ondular de sus
sentimientos se encuentra un día con esa razón avasallada por una
pasión que el no puede contener? Debió ser amarga y desesperante
la noche de noviembre en que Eugenio María de Hostos llegó a tan
triste confesión. ¡Treintidós años de sacrificios, domando a los
sentimientos, se esfumaban de golpe!
Vienen los días de la lucha. Esta es la encrucijada, .la gran
encrucijada. Los caminos de la vida se reparten a los pies de
Hostos. ¿ Cómo va el a darle paz a su corazón? Nolina, Ie
dice. Este sí es el nombre hondo,
121
el
que fluye como el venero de agua en la loma; el qqe lo dice todo
sin decir nada. ¡Qué distante de aquel Candorina falso!
iNolina! Debe haber sido estrecha la relación de ambos enamorados,
porque el padre (el apellido se insinuaba con una C y una I),
el ""señor Cl.", como Ie llama Hostos, Ie aconseja que calme
"el espíritu apasionado de su hija". Y Hostos Ie escribe. Ella no
contesta. Hostos siente miedo, un miedo pavoroso. Su obra va a
zozobrar. Queda un camino: alejarse. De no hacerlo, él y sus
sueños de patriota seran mosca inerme en la red de araña de aquel
amor.
Desde Santiago de Chile Ie escribe una carta patética. Al tiempo,
atormentado por el recuerdo, se refugia en el trabajo. Da el
Hamlet. ¿Y por qué el Hamlet, precisamente? jAh! Porque
él, como el príncipe de Dinamarca, se ha sentido la víctima de su
razón, de la razón que Ie muestra el deber y Ie impide darse a su
pasión; y, ademas, porque ell a esta en Ofelia. "Algunas palabras
de Ofelia, y sobre todo su locura, me dan miedo: pienso en ella,
tan delicada, y temo que la pasión que tan involuntariamente he
provocado esté produciendo dolores tan hondos como los de la triste semidemente". Luego, Hostos sabe que es querido,
frenéticamente querido, y eso debe aumentar su tortura. De las
palabras que Goethe dice de Hamlet -aquel simil del florero y la
encina-, Hostos piensa que seria mejor aplicarlas a Ofelia "y
siento que yo podria aplicarlo a Manolina" -se lamenta.
Pero
todavía hay algo mas grave, algo insólito en la vida de Hostos. Al
cabo de mucho estudiarlo se convence el mas terco enemigo de su
gloria de que aquel hombre jamas tuvo móviles person ales que no
estuvieran perfectamente armonizados con el servicio mas activo de
la humanidad, con el de su Continente en particular, con el de sus
Antillas en la intimidad de su mundo americano. Sin embargo -joh
milagro del amor!- he aquí que él, el servidor eterno, confiesa,
con una amargura desgarradora: "Pienso publicar Bayoán y
éste es un pretexto para acercarme a ella con el pensamiento;
trato de crearme aquí una reputación y es el aplauso de ella el
que busco. Seriamente, temo ponerme tan mal de espíritu como
Hamlet, si no realizo ya este triste ideal".
¿Quién
había de sospecharlo? Hace justamente un año, a fines de marzo del
71, empezaba a dudar si se acercaba o no a Nolina. Hoy no puede
mas: "es el aplauso de ell a el que busco". En esta exaltación de
lo sexual, que exige su lugar, que lo hostiga, Hostos es la
víctima. Por eso, teme acabar como Hamlet; por eso comprende tan
justamente la creación del
poeta y por eso es Nolina la razón del Hamlet. Se puede
asegurar, autorizados por el propio Hostos, que sin Nolina no
habria la formidable pieza crítica que con tanto respeto se lee en
el mundo; que sin ese Hamlet, predecesor inevitable de los estudios de caracter critico, no se hubieran escrito ni la
Memoria de la Exposición de 1872 ni el estudio de pintura
122
y de
escultura que la sigue y que son el verdadero origen de la
producción
metodizada de Hostos, por cuyo camino Ilega a la Escuela años mas
tarde. Pero
hablábamos de una carta. Es patética, porque en ella se esfuerza
Hostos en disimular su desesperación. Está fechada en Santiago de
Chile el martes 2 de abril de 1872: "He estado pensando en ti
todos estos días"
-empieza; y termina: "'no he querido romper relaciones que me
hacen esperar la ventura". Es la primera vez que él escribe
tuteando. Se ve
que la lleva consigo, en la sangre, y que la ve en sus ojos, y la
oye en su
voz. Donde hable, la oirá; don de escriba, la describirá: "En
Hamlet hay
una influencia pasajera: es Ofelia" -dice. "'AI describir esta
noble,
simple, pura y deslumbradora criatura, he pensado en Nolina". Y al
final: "es el suyo el retrato de Ofelia que ha despertado tantos
admiradores: son mis propios remordimientos los que yo he vertido en
él, mis
propias quejas las que alIi he expresado".
¿Y
cómo es ella? ¿Qué carne encierra tan amada esencia? No sabemos. Cerrando los ojos para volverlos a mejores días, cada uno de nosotros
buscará en el pasado el retrato de mujer que con más propiedad
exprese tanta dulzura y que mejor despierte en nuestras almas las
más
gratas emociones. Unos pensarán que Nolina era rubia, fina, de
risa
blanca y brillante; otros la imaginarán bronceada, de ojo negro y
triste. Como
quiera que haya sido, su espíritu debió ser grande, que si no no
habría sido tan amada de un hombre excepcional. La mujer a quien
quiso
Hostos así no podía ser mujer corriente: hay pruebas: aquí tenemos
párrafos de la ultima carta, en ]a que aquella No]ina que parecería
dulce y
frágil si atendemos a la sensación de espiga que el nombre
cariñoso procura,
se nos muestra con una serenidad de remanso en la graved ad de las
palabras: "Trate de olvidarme para que alcance un gran renombre" -Ie
dice. ¿Despecho quizá? No, porque antes Ie suplica que no haga el
viaje a la
Argentina ya que jamás se perdonaría un accidente que pudiera
Hostos sufrir.
No
es despecho, sino grandeza lo que parece emerger del fondo amargo
de tales razones. Grandeza como la que necesariamente debía tener la
mujer de quien Hostos quiso aplausos.
Todavía asido a su amor, Hostos contesta: "'Yo no quiero olvidar
que he
encontrado en mi camino, bien áspero por cierto, una criatura generosa,
tan bell a de alma como de cuerpo, de sentimientos como de ideas, que
tuvo la benevolencia de creer en mí"
2.
Y
ciertamente, la recordará muchas veces, con discreción, con oscu,
ridades, con vagas alusiones. Recordará siempre que "'jamas ha
habido relaciones mas puras, mas dignas, más inmaculadas que
las que han hecho
2
Hostos escribió a Nolina tuteándola; ella contestó tratándole .de Vd. AI responder
a esa ultima voz de la amada, Eugenio Maria elude el ridículo de
voIver a
tutearIa y el dolor de llamarIa de Vd., y se dirige a ella
como a una tercera persona. La cita del párrafo siguiente, que es
de Ia carta mencionada, ilustra mejor que nada la
forzosa y extraña posición de Hostos.
123
tan
triste para la dulce Manolita, tan venturoso para. mí, el año pas
ado en el Peru".
Quiza sea ella la defendida en la defensa que de los derechos de
la mujer a ser científicamente educada hace en Santiago de Chile;
y con toda seguridad es ella la recordada en todas esas
exaltaciones que hace de la mujer peruana, de su belleza y de su
inteligencia, cada vez que, con no importa que motivo, escribe
sobre el Peru, la tierra de aquella Nolina inolvidable.
CARMEN LASTARRIA,
O LA FUGA
Rastreando sus sentimientos, uno llega a convencerse de que Hostos
amó con igual pasión a todas las tierras de America; pero no cabe
dud a de que prefiere a Santo Domingo porque es la que mas se Ie
parece a Puerto Rico y de que es en Chile donde mejor se halla. El
caracter comedido, discreto y firme del chileno; su proverbial
gentileza; el espíritu emprendedor y ordenado del pueblo, la
fuerza institucional del pais, complacen de tal manera a Hostos,
que sólo en Chile llega a enternecerse como buen hijo del trópico,
cosa que jamas Ie ocurrió en su zona nativa.
Por
otra parte, Hostos debió sentirse holgado en aquella privilegiada
porción del Continente, porque fue allí donde encontró verdaderos
y numerosos amigos, los que sentían como él y padecían como él por
sus ideas de libertad, de progreso, de bien. La abundancia de
hombres de primera calidad, en todos los sentidos y en todas las
dimensiones, favoreció la natural expansión del espíritu y de la
mente del puertorriqueño, que alcanzó allí su pleno desarrollo.
A no
ser porque una mujer decide, con su amor, un viraje dolorosísimo
para él, Hostos hubiera permanecido mas tiempo en Chile y no sería
arriesgado decir que Carmen Lastarria malogró para Chile grandes
servicios, porque Hostos habría hecho una obra mas fecunda allí,
donde todo Ie era propicio, que en Santo Domingo, donde él, como
el campesino que se enfrenta a la naturaleia bravía, tumba, tala,
quema y cerca, para que tras la primera cosecha vuelva por sus
fueros el monte impetuoso y señoree a poco sobre la tierra
consagrada por el solitario esfuerzo.
En
junio del 73, el día primero, dice que la tarde anterior tocó
hasta las lagrimas el dolor que había puesto en el alma de Carmen.
Es la primera vez que la menciona. "El sentimiento de la familia
haciéndose mas y mas potente" -dice rindiéndose al mandato
natural; pero a seguidas agrega: "t... trato de realizarlo y me
espanto tan pronto la realización del sentimiento comienza".
Carmen Lastarria, fina, con cierta altivez de mujer de alcurnia,
vastago de un hogar apreciadísimo en todo Chile entonces y hoy,
amó a Hostos con ese amor que se entrega sin reservas a todos los
sacrificios que favorezcan el objeto del amor. Jamas se confesaron
ella y Eugenio
124
Maria que se querian: les bastaba mirarse a los ojos, o, hacia
enero del 73, en los inicios del callado y triste idilio, estarse
ambos en silencio, cuando Carmen veraneaba en la quinta de la
familia y Hostos iba a verla. Recordando cómo ambos se sentaban en
una de las hamacas que se mecían bajo los árboles frondosos, y
cómo ambos temblaban de sólo pensar en decirse lo que era
indecible, Hostos, ya en Buenos Aires, senna que los ojos se Ie
llenaban de lágrimas. "Des de el fondo de mi abatimiento miro
ahora más allá de los Andes y quisiera con toda mi alma estar alIi"
-confiesa.
Es
triste este amor chileno de Hostos. Al principio lo dejaba fluir,
lo dejaba humedecer los ardidos senos de su alma. Habia llegado a
Chile deshecho por una pasión; y la presencia de Carmen parecia
dulcificar Ia rudeza del recuerdo y despertar en el amado el nino
que duerme en todo hombre.
Pero
ocurrió que un día alguien Ie preguntó a Hostos si era cierto que
se casaba con la Lastarria, y él temió: "Tengo deberes que cumplir
y carezco de posición para contraer matrimonio" -contestó-; y a
seguidas, temeroso de temer demasiado, agregó: "Sin embargo, eso
no sería imposible: uno puede casarse siempre que al hacerlo sea
capaz de cumplir con su deber: yo, por ejemplo, me casaría y
dejaría a mi mujer por correr a cumplir con mi deber".
Esa
misma noche quiso saber si podia hermanar los dos deberes. Carmen,
que de seguro amó a Hostos con un gran miedo de que él, tan
renombrado, no correspondiese a su cariño, contestó, cuando él Ie
preguntó si se casaría con un hombre pobre y si sería capaz de
comprender que un hombre se debía a ciertos deberes, que la
pobreza no era un obstáculo y que comprendía la razón que Ie
asisyía a quien cumplía con su deber abandonando otros.
-¿Y se lo recordaría usted misma? -inquirió Hostos. -Sí.
-Entonces
míreme a mi.
"Brillaron
sus ojos -cuenta él. Yo segui mirándoIa".
La niña del sur pasa por el diario de Hastos asistida
de no sé qué
contagiosa tristeza. Duele pensar que, cuando ya está segura,
cuando ya sólo tiene que extender las manos para arrancar racimos
de azahares, este Hostos tan fieramente pegado a su deber se
desgarre el corazón y decida irse. Lucha, sufre; inventa pretextos.
¡Si el padre de Carmen Ie dijera aIgo, Ie insinuara algo. ..!
Busca en sus palabras eI valor oculto, como si jugara una esgrima
torturante. Le bastaría ver a Lastarria inclinado a que se quede,
y se quedaría, con Carmen y para Chile.
Dice
que se va, y vuelve a decirlo. En una ocasión propicia, ella, que
se bebe las lágrimas, Ie asegura, en presencia de todos, que él va
a convertirse, de mom en to, en una estatua de hielo. Esa frase
lanza a Hostos
125
a la
fuga. Le disgusta que sean injustos con él. ¿Es. que no comprende
Carmen cómo está su corazón?
Antes, ella Ie había dicho: "Usted no se irá", y Hostos vio de
pronto todo lo grave que había en su amor, luchando con sus
deberes. Es raro que cuando Carmen Lastarria Ie demuestra más
abiertamente que lo qui ere , él reacciona contra ella. ¿No habría
en el fondo de esa pugna un miedo a quererla demasiado? ¿No
ocultarían esas reacciones una verdadera gran pasión, entorpecida
por el discreto ambiente del sur?
Los
días que preceden a la salida son conmovedores. Una por una,
Hostos va despidiéndose de las familias de su aprecio. Cuando dice
adiós alas Lastarria procura que Carmen no lo vea irse, y después,
en la calle, siente que se la agolpan las lágrimas en los ojos y
para no dejarlas caer se cuida de no tropezar con las piedras del
arroyo. En su casa, al otro día, encuentra unas violetas. Hostos
comprendió. Besó las violetas, "ardientemente" -dice. Era la
prenda postrera del carácter dulce y firme de la amada. La segunda
edición de Bayaán se estaba imprimiendo entonces; tomó la
primera página y escribió: "A Carmela, Hostos. Ni un suspiro, ni
una queja, ni una lágrima", palabras de Bayoán al salir de Cuba. Y
he aquí cómo un libro que quiso reeditar por una mujer, por Nolina
la peruana, Ie servía para anestesiar la tristeza sin nombre que
lo envolvía, por Carmen, por Chile, par su sueño de hogar
sacrificado al sueño de patria. Por su fuga, en fin.
LOS FANTASMAS DEL PASADO
La
vida se está haciendo triste para Hostos. Un pseudo amor en
Colombia, la pasión en el Peru, la ternura en Chile: todo lo ha ido abandonando, y a medida que siente el indecible dolor de esos
abandonos, va poniendo en el cumplimiento de su sueño de patriota
las energías que rest a a su felicidad. Pero no logra engañarse.
De nada vale que se lance en Buenos Aires a una frenética campaña
en favor de Cuba, a otra en beneficio del ferrocarril trasandino
proyectado por Juan Clark; de nada que Ie mimen escritores y
políticos, Guido Spano, Bartolomé Mitre, Sarmiento, entre ellos.
Los fantasmas del pasado están socavando su fuerza y sólo en la
fuga inacabable hallará consuelo el mártir de su deber.
Para
que no se vaya, los amigos hacen que Ie ofrezcan una cátedra de
historia de la Filosofía en la Universidad de Buenos Aires; él
agradece la oferta y a la carta en que se la hacen contesta con
otra en la que explica, brevemente, que ninguna razón puede
sustraerlo al cumplimiento de su deber.
Entre días se rinde. Sueña con Carmela y llora; lee a Leopardi y
no puede callar: "jAh Nolina!" -se queja. Querría volver a Chile;
pero él sabe que el pasado no se rehace. Y un día, perseguido por
los fantasmas de su perdida felicidad, parte. Va exaltado. En el
Brasil escribe
126
algunas de sus más bellas páginas; alIi, frente a Santos, confiesa:
"No sé si por falta de Eva, símbolo del fin afectivo de la vida
humana. ..la felicidad es un concepto vaclo para ml". Anda triste,
y la recia naturaleza Ie remueve el oscuro y callado fondo de
dolor.
El
26 de julio del 74, ya en Nueva York, empieza a recordar: "'Hace
justamente un año -escribe- que jugué la felicidad de una noble
criatura y Ia mla aI azar de un deber imaginario".
No
ha podido cumplir ese deber y Ie duele el fracaso. La miseria Ie
va cercando. Muere su hermana Lola y sufre por el padre. Malos
dlas aquellos. En septiembre Ie escribe un amigo chileno ". ..(su)
vida de incesante sacrificio, lo ha obligado a renunciar a la
dulce paz grata a su alma y alas puras delicias del hogar para Ias
cuales parece haber nacido su naturaleza eminentemente buena y
afectiva". Hostos se conmueve leyendo Ia carta. Sigue triste, no
tiene trabajo, a veces carece de con qué comer.
El
otoño entra y llueve. "Pienso en eI invierno y viéndome sin tra
bajo
y sin recursos, pienso con estremecimiento en los dIas por venir"
-dice. Otra vez Carmela, y ya su tristeza es tan grande que él
mismo la teme. "Nada más natural -afirma- que una tristeza. ..cuando
mezclo el recuerdo de Cara al de Colombia, el recuerdo de Nolina
al del Peru, Ia memoria melancólica de Carmela a la de Chile. ..:
que tal canción que oí aquí cuando creía amar a Cara; que eI
resonar de la canción criolla que a Nolina y a mí nos gustaba; que
Ia Stella en que se fijan mis más queridos recuerdos de Carmela;
que Ia marcha de Ios jíbaros que evoca Ia pasión arraigada
de mi patria;. ..me haga sentir angustias",
"'He
perdido -se queja- todas Ias mujeres que hubieran podido amarme,
dirigirme, sostencrme, hacerme feliz, hacerme desgraciado, hacerme
conocer una parte del movimiento de Ia existencia",
Esa
tristeza tiene Sinl duda una raíz sexual, aunque está agravada por
Ia falta de trabajo y de medios de subsistencia. Nótese cómo se
complace en recordar alas mujeres que Ie han amado; y todavía se
pensarámás en tal raíz cuando se sepa que, con trabajo bastante
bien remunerado poco después, lo abandona para tomar parte en Ia
fracasada expedición del "Charles MIiller" y que, entre otras de
Ias razones que lo llevan a Cuba, además de la ineludible e
inargumentable de su deber, está Ia de que quizá encuentre en Cuba
una compañera con quien formar su hogar.
Hostigado, fracasado como revolucionario activo, siempre dispuesto
a salir hacia eI campo en guerra tan pronto se lo pidan o se organice algo, queda desorientado en Nueva York hasta que' recibe
cartas de Puerto Plata, desde donde Ie llaman Ios cubanos y
puertorriqueños y los dominicanos que Ies auxilian.
127
Cerca de un año después vuelve a salir. No hay ni ,el mas leve
indicio de que su corazón se interesara en Puerto Plata
3. La historia de sus amores se corta de pronto para no reaparecer hasta
el año 77, en Caracas, don de había de anclar su corazon. Había
llegado en noviembre del 76 a Puerto Cabello. Ya estaba en sazon
para el amor. lba a cumplir treintiocho años; Ie dolía en lo hondo
del alma haber sacrificado sus sentimientos varias veces. Se
sentía solo, abrumado. Quería otro clima y con mucha reticencia Ie
explicaba en carta a un amigo que vivía en Caracas que era un
clima espiritual mas propicio el que deseaba. Paso entonces a la
capital de Venezuela donde había de encontrar a Inda.
INDA,
REMANSO Y ESTIMULO
"Como Bayoan a Marién, así conocí yo a Inda: de pronto, de repente,
sin saber siquiera que existía, sin prever el influjo de su
existencia en mi existencia" -dice Hostos cuando va ha
transcurrido cerca de un año de su union, mientras la compañera
esta ausente.
En
aquellos días en que Ia necesidad de lnda va conformando su
destino y dirigiéndolo hacia la etapa cimera de su vida, Hostos,
entonces en Puerto Cabello, se da a evocar las horas tormentosas
de sus amores; a relatar los ardides, los desconsuelos, los júbilos, toda esa suma
de emociones diversas que forman en conjunto el amor. Recuerda al
pastor cuya presencia en casa de la amada supo utilizar para sus
fines, primera vez que lograba manejar un hombre a su antojo; la
protección amable de Lola Tio para los enamorados, las oposiciones
de la madre de Inda. Padece de felicidad. Evoca los días mejores
de su reciente union; se siente agradecido de Inda porque lo quiere, y llega a perder a tal punto su centro de gravedad, que
aquel impenitente positivista piensa un día, evocando a la madre
muerta, que lnda es un regalo de doña Hilaria. Hablando de la
nunca olvidada, dice: "'La profetisa no ha muerto: la profetisa
vive con Ia doble vida de su propio ser en donde hoy viva, y con
el ser de mi lnda bienamada, que yo no sé por qué desusada
inspiracion de mi espíritu enemigo de todo lo que me parece
sobrenatural, se me presenta con frecuencia como donativo de mi
madre. Y hasta las fechas del nacimiento de una y de la muerte de
la otra, me induce a esa dulcísima supersticion: Inda nacio en el
mismo año en que murio mama".
Conmueve ver que tal hombre, verdadera encarnacion de sus ideas,
se tornaba un inseguro buscador de explicaciones extrahumanas
cuando el amor Ie hacía paladear las esencias divinas que solo él
regala.
3
Una carta de un amigo, cuya firm a no aparece, escrita desde Santo
Domingo y que acusa recibo del primer número de Los Antillanos,
el periódico que creó Hostos en Puerto Plata, se refiere a la
resistencia del puertorriqueño al arnor. "Arne Ud. a una cuban
a o borinqueña; ell a y sus hijos Ie haran mas poderoso para seguir
cornbatiendo" -dice el amigo-. En la carta se alude a una Filita y
a una Mirna; pero no se dice claramente si Hostos tuvo algo que
ver con alguna de elIas.
128
Pero
,quién fue lnda? ,Quién la mujer que realizó el milagro? ,Era siquiera mujer?
Cuando Hostos la conoció no tendría más de catorce años; él
acababa de cumplir treintiocho. Sin duda tuvo des de muy niña
juicio y apariencia de mayor de edad, porque la noche en que la
conoció, llevado por su padre, que quería presentar al famoso
propagandista a su familia, Hostos la confundió con la esposa del
doctor. Desde que la vio comprendió que alIí había de rendir
aquella intimidad rebelde a la ley ineludible. Las páginas de su
diario van marcando día tras día los flujos y reflujos de aquella
pasión. lnda es muy niña; todavía no tiene carácter definido, y él,
que irremediablemente ha de casarse con ella, que ya no quiere ni
puede rehuir más el fantasma, empieza a ir conformando aquella
alma a su gusto y manera. A veces padece por algunas niñadas
lógicas en sus años; por lo que él llama "indiscreciones" o porque
ell a no atiende a sus recomendaciones para que estudie el piano;
a veces padece por la distancia de tiempo que los separa, pero se
consolará pensando que '"la edad, sobre todo cuando la vida ha
sido pura, importa poco en el matrimonio". Recordará a todas las
grandes parejas de la historia que estuvieron en su caso. Desde
Jesus hasta Richter, pasando por Sócrates, por Colón, por Abelardo,
por Homero, por Gutenberg, ninguno de los viejos am ados por
jóvenes se escapa a su deseo de encontrar antecedentes en la
historia. Consolado a medias con tales razonamientos, confía en
que "tal vez no m'e equivoque cuando hasta el triunfo de mis ideas
y de mi nombre espero de este amor", segun afirma,
intuyendo, o comprendiendo, mejor, el poderoso influjo que ha de
tener en su vida la paz sexual que hallará en su unión.
Para
hacer de lnda su verdadera mitad, Ie da lecciones, Ie presta
libros anotados. Poco a poco, aquel botón de gran espíritu se va
abriendo bajo la mirada amorosa del cultivador. La niña empieza a
enamorarse pasionalmente de los sueños de Hostos. Hija unica de
emigrados -puesto que
su hemano había muerto-4, comprendía la tortura del buscador de
patria, y la alentaba. El hecho de fijarse 'en un hombre que Ie
llevaba
tantos años denunciaba ya en ella un espíritu de selección, con
tendencia a la gravedad. No es extraño pues que, recién casados,
un día en que
élle preguntaba con qué se quedaría ella si él se iba a la
revolución de
Puerto Rico, ella Ie contestara que con su conciencia. Quien
respondía allí era el propio Hostos, es decir, su hechura, la
proyección de su espíritu.
4 Del segundo matrimonio, dona
Maria Guadalupe Quintana hubo dos hijos: Filipo, que murió joven,
y Belinda Otilia, la lnda de Hostos. Dona Maria Guadalupe había
enviudado de Sir James Darrymple, caballero inglés que estuvo en
La Habana hacia 1854 comisionado, con otros, por el Gobierno
inglés para estudiar los detalles de un tratado comercial
angloespañol. La hija única de ese primer matrimonio, mencionada
alguna vez por Hostos en su diario, casó en Caracas con un
catedratico de la Universidad, el Dr. Velasquez Level. Ya estaba .casada
cuando Eugenio Maria conoció a lnda.
129
Los
amores no dejaron de tener su amargura. La madre de Inda no
concebía que su hija se uniera a un hombre pobre y, aunque muy
sutilmente, muy reticentemente dicho, Hostos deja entrever que
hasta el padre, el doctor Filipo de Ayala, no veía con gusto
aquella unión.
Pero
no vamos a hacer aquí la historia detaIl ad a de este amor. Ya va
para largo esto, aparte de que esa historia est a escrita por el
propio Hostos en las más de cien páginas que escribió sobre Inda.
Un
dia -ella fue terca, como que sabia, tenia la intuición de que iba
a ser feliz- se unieron. Esto ocurría en julio del 77.
Hostos fue al matrimonio con la plena conciencia de que iba a
gozar la paz definitiva de su vida, la que Ie permitiría realizar
una obra digna de sus fuerzas. No tenia dinero ni cómo ganarlo;
pero el dinero como todo lo adyacente, sería un result ado de su
paz.
Hombre de suma razón, sabia que el am or es la manera de
satisfacer la mas recóndita de las necesidades naturales, y que
por ello el am or debe conservar su fuero de religión ideal, con
derecho y exigencia de sacrificio cotidiano. Mantenerlo implica
una consagración tan rendida, que aquel que no se Ie consagre del
todo lo dejará morir al primer descuido. ¿Y puede permitir
tragedia igual un hombre que sabe a conciencia que la paz sexual
es la base de su obra?
Otro
aspecto del amor en los seres de conocimiento profundo es el de su
proyección en el tiempo. La animalidad se sacia demasiado pronto;
al espíritu toca vencer esa propensión de nuestra bestia, porque
es rebajarse ante sí propio descender de la categoría casi divina
en que el amor nos coloca. El amor verdadero consiste en un olvido
absoluto de la ley de la especie, logrado mediante la gozosa
enajenación de las almas en la comunión eterna y elevada. Esa
comunión exige que se la alimente minuto tras minuto, como si se
tratara de un rito de días tribales, cuando el hombre temía y
adoraba a un Dios terrible que repartia bendiciones y desgracias.
Asi,
como a un Dios exigente, porque no hay bendición mayor que el
júbilo de quienes sirven fielmente al amor, ni desgracia
comparable a la de verlo morir poco a poco, a medida que el
mandato natural pierde fuerzas para mantener su prestigio.
Hostos lo sabía. Por eso él fue un devoto de esa divinidad y
enselñó a lnda a serlo. La amó toda su vida como el primer dia; la
enseñó, la formó, la atendió siempre con igual celo
5.
5
Hostos fue al matrimonio seguro de que iba a la felicidad
consciente. Dos días antes de realizarlo, obsequió a Inda la
Vida y viajes de Cristóbal Colón de Washington Irving.
He aquí la dedicatoria con que acompañó el obsequio:
"Como Colón, vamos a embarcarnos
para un mundo desconocido. Ya se va el equipaje, ya se
rompen las ataduras materiales que nos ligan al lugar en que hoy
estamos y al estado en que hasta ahora hemos vivido. De aquí en
adelante, los dos solos ante la conciencia; y la responsabilidad
del deber buscado y aceptado, en el fondo secreto de la conciencia.
Como
Colón, 10 desconocido por delante, la oscuridad en medio, la
tristeza del pasado alIa atras. Si llegamos a
donde queremos, un nuevo mundo de ventura: si no sabemos llegar,
un mundo nuevo de infortunios.
Colón supo lIe gar
a Guanahani: amparémonos en su noble vida y aprendamos en ella a llegar al término del
viaje.
Yo estaré siempre
contigo, lnda mia. Apóyate bien en mi brazo y en mi seno, y llegaremos.
Eugenio Maria".
130
Con
las noticias primeras del fracaso de Cuba, recibidas en Puerto
Cabello, Hostos y su compañera decidieron la separación; ell a
iría a Puerto Rico mientras él buscaba su nuevo rumbo. Se va Inda.
Hostos quedó enloquecido por aquella ausencia. Piensa cn Curazao,
en Santo Domingo, incluso en volver a Puerto Rico. La falta de
cartas Ie causa dolores físicos. Teme a todo. "Desde que tengo a
Inda -afirma- me parece que hasta el rumor del aire puede
convertirse en daño de ella".
Además, está endeudado y sospecha que la reaccion clerical Ie hará
un mal.
Pide dinero a su papá, y el dinero tarda. Cree que una llamada "Beata"
y los que están detrás de ella lo llevarán a los tribunales. Pero
de todos estos dolores, el mayor es la falta de Inda.
Cartas de Luperón, que contestaba a unas enviadas por intermedio
de lnda, Ie dicen que no es cierto lo de Cuba. Decide salir y
embarca hacia Saint Thomas. Está casi un día en el puerto de
Mayaguez; su padre Ie envía dinero, pero no permite que nadie vaya
a verlo. En Saint Thomas Vicente GarcIa Ie da detalles del pacto
del Zanjón, comprende que no puede y no debe volver a Puerto Rico,
vive las horas más tristes que pueden concebirse, y -actitud
conmovedora- escribe los cuentos a su hijo, que todavía tardará un
año en nacer, en los cuales exalta las virtudes de la esposa
ausente. A poco decide pasar a Santo Domingo. Alláse Ie reunirá
Inda, y, ya en paz, iniciará su gran obra.
Hablando de doña Belinda, una persona de mi país, que la conoció
cuando todavía no pasaba ella de los diecisiete años, decía que
"era linda como una lámina", jovial y amable, con esa jovialidad
que nace de la salud física y moral; pero que no tenía cultura
mayor, a pesar de que estaba muy bien educada.
Años
después, Inda escribía un libro de impresiones que fue muy
elogiado por quienes conocieron los originales
6; escribió la
letra de un himno a Puerto IRico que compuso Hostos; escribió
cartas, que sus hijos conservan, llenas de juiciosas observaciones
y que denuncian una cultura sólida y, sobre todo, un juicio
directo y sereno; formó asociaciones de instrucción en Santo
Domingo; ideó la supresión del juguete de carácter bélico,
sugestion que acogió, por mediación de la delegación dominicana,
la Liga de las Naciones.
¿Que
significa tal superación? Significa que aquella compañera quiso
ser siempre digno del suyo, y fue elevándose, completándose, desen
6 Lamentablemente esos
originales se perdieron cuando
ya estaban listos para ser publicados.
131
volviendo su personalidad hasta lograr ser, como lo fue, una mujer
que no desdijo de la intuición que acercó a su vida a uno de los
mas grandes hombres de la raza. Esta superación, amparada y
mantenida por el propio Hostos, hubiera bastado a justificar la
paz que logró el Maestro, la que Ie permitió reunir toda su
energía en un solo haz, si no la hiciera mas interesante a
nuestros ojos el hecho de que a la vez que se superaba, lnda iba
encontrando mas deberes en la multiplicación de su familia. No
dejó de ser esposa y madre para ser compañera de inquietudes.
Debió ser de gran jubilo el día en que lnda Ie dijo a Hostos que
había ahorrado lo bastante del escaso sueldo que recibia en Santo
Domingo, y que con esos ahorros se podia comprar una casa. El
sueldo llegaba ya desmedrado, porque Hostos Ie enviaba a su padre
mensualmente cantidades que en ocasiones eran de hasta el
cincuenta por ciento de sus entradas. Luego, lnda había realizado
el milagro de los panes y los peces. No en vano se Ie mostró él
siempre tan agradecido.
-Pero,
¿fue feliz? -preguntará alguien. ¿No tuvo borrascas su vida de
hogar?
-No lo creo. Ni ella ni él ignoraban que el amor es como red de araña,
que jamás se recose. Pero algo debió él sufrir cuando los padres
de lnda fueron a vivir a Santo Domingo. La madre era mujer de
carácter fuerte. "'El suegrón", la llamaba Hostos entre sus
amigos. Habia sido la enemiga de su felicidad en Caracas, ¿por
qué no también alIi? Desde luego, conocida la delicadeza de Hostos,
nadie busque pruebas de desavenencias con la suegra; pero aquel
que se familiarice con el carácter del Maestro hallará motivos
para pensar que si las hubo: Hostos fue implacable cuando se era
injusto con él: no dejó pasar por alto una injusticia; algún medio
de castigarla encontraba. Entre papeles de al parecer ninguna
importancia, hay un recibo escrito de puño de Hostos que reza:
"'He recibido del señor Eugenio Maria de Hostos la suma de ciento
ocho pesos oro en pago de un préstamo de ciento que Ie hice". La
firma es de doña Marla Guadalupe de Ayala. He ahí la forma que
tuvo Hostos de armonizar su delicadeza con su sentido de la
justicia: ese recibo, que denuncia cómo la suegra Ie cobraba
ventajas al marido de su hija, acusa a una persona interesada.
Hostos conservó el documento. ¡Bella manera de castigar,
remitiendo su venganza a la posteridad!
Pero
no tardaron mucho en separarse. Lilís
7 iba agarrotando a la
Republica Dominicana y si bien no es cierto, como algunos
aseguran, que molestara a Hostos, éste comprendió que no podría
vivir en el ambiente que se preparaba. Pero quizá no era ése todo
su interés: ya hemos vis to cómo Hostos acostumbraba a conciliar
su necesidad intima con la de la dignidad de nuestros pueblos. ¿No
sería también aquella una coyuntura admirable para librarse de
posibles inconveniencias hogareñas? Apenas
7 Lilís, sobrenombre de
Ulises Heureaux, el tirano dominicano, muerto a balazos el 26 de
julio de 1899, tras trece aDOS de dictadura.
132
lo preguntamos. Nada puede confirmar esta sospecha. Si además de a
Lilís aquel viaje era una manera de esquivar a dona María
Guadalupe, el propósito perseguido fue alcanzado, porque en Chile
tuvo Hostos la satisfacción de vivir en un pueblo digno y la de
ver su hogar en espontáneo y armónico desarrollo.
En
efecto, lnda logró su completa graved ad moral e intelectual en
aquella tierra donde la armonía parece ley suprema. Ocurría que
ell a era un espíritu que exigía grandeza en su torno. Le gustaba
la vida en grande. Desde luego, no podemos olvidar que era vástago
de familias de rango material y moral. Sus padres habían sido
confinados a Fernando Poo, por patriotas, y empobrecidos; pero a
ella la criaron como a hija de casa de lustre. En Chile alcanzó su
pleno desarrollo, y dio a Hostos los días más felices de su vida,
recibiendo en su casa, como de igual a igual, a las más eminentes
cabezas de Santiago, que encontraban placer en departir con tan
amable anfitriona. Educaba a sus hijos, y ya el mayor había
alcanzado el grado de subteniente en la Escuela Militar, inclinado
sin duda hacia la profesión por herencia paterna -porque no
debemos olvidar que la aspiración de Hostos era ser oficial de
artillería-, cuando el curso natural de los acontecimientos
americanos se desvió de improviso: Estados Unidos había declarado
la guerra a España.
Hostos, que además de hombre de razón poderosa era sujeto de una
intuición admirable, adivinó que el Nuevo Mundo estaba al borde de
padecer uno de los sucesos más trascendentales de su historia.
Percibiendo y diciendo, llegó a su casa con aspecto de iluminado,
como si de golpe lo hubiera poseído un espíritu hechizador. Le
dijo a lnda que debían partir de inmediato, porque su deber era
intervenir para encauzar los destinos de Puerto Rico hacia su
curso lógico. Pero en aquel in stante la reacción de lnda, que
era madre y había logrado ya establecer su hogar en bases sólidas,
que necesariamente defendería ese hogar contra todo peligro, fue
la reacción de la madre. Abrazada a los pies de aquel admirable
esclavo de sus sueños, lnda clamó y lloró por sus hijos y por su
hogar, Hostos, humano por casi divino, comprendió, pero ya no pudo
volver a ser el Hostos de antes. Encanecía por horas; se iba ago
tan do en el dolor de no cumplir su deber con la patria. Pasada la
primera impresión, que la hizo actuar por reflejo, lnda se dio al
padecimiento de ver al compañero desmedrándose, como una luz cuyo
pabilo se acaba par segundos. Y ahí procedió ella como debía
proceder la compañera del hombre insigne
-Hazlo,
Hostos, Dios no habrá de abandonarnos -dijo.
Hostos salió con su hijo mayor hacia Washington. En
Caracas tomó
dinero prestado "para trabajar por la libertad de Puerto Rico",
según reza el pagaré sin plazo que firmó entonces. lnda, mientras
tanto, con el dolor que debemos suponerle, se dio a desmantelar
aquel hogar donde tantos sueños venturosos había tenido y donde se
habían consumido las energías de casi diez años.
133
Lo que Hostos hizo aquí merece estudio aparte. Cuando retornaba de
Washington, adonde fuera como miembro de la Comisión de Puerto
Rico, halló que los niños de Juana Díaz Ie recibieron cantando su
himno a Puerto Rico. lnda Ie había escrito la letra y había
preparado aquella recepción que debió con mover al luchador.
En
año y medio, el maestro infatigable no descansó un minuto. Había
est ado sesenta años tratando de que su destino Ie deparara un
pueblo sobre el cual trabajar. Creyó que era Puerto Rico y se dio
a su deber con toda la fe y toda la energía que hallaba en su
vehemente amor a esta tierra. Pero nadie es profeta en su tierra.
Así, cuando el presidente de la República Dominicana Ie
cablegrafió: "Pais, discípulos espéranlo'", volvió los ojos hacia
días pasados, gozó la delicia del recuerdo y, como quien retorna a
la patria no vista, tomó por Ultima vez el camino de la tierra que
amaba por parecerse a la propia.
Sin
duda alguna, Hostos debió conmoverse con la recepción de los
dominicanos. Le aclamaban como a un salvador, y en los pueblos
del interior Ie recibían con arcos de triunfo y bandas de música.
Debió conmoverse, pero debió también sufrir mucho, porque fue así
como debió tratarlo su Puerto Rico.
En
la lucha de sus tres últimos años, lnda fue camarada. Organizó
asociaciones de enseñanza, que ell a dirigía; esmeró su amoroso
trato con el hombre que necesitaba todos sus minutos para luchar
por la instrucción de un país que hoy lo venera como el padre de
la patria mental; hizo de su hogar un centro activo de trabajo por
la enseñanza. Pero el destino había secreteado ya su palabra, que
era bien amarga para mi tierra.
En
lo mejor de la lucha, plenamente capacitado para realizar su
programa desde el poder, Hostos vio el derrumbe de sus sueños en
la revolución del año tres. Ya estaba cansado y quería a aquel
pueblo con amor paternal. Pensó en mandar su familia a Cuba, y
quedarse eI allí, porque sentía que no podía arrancar a su corazón
otra despedida. Vio caer en aquellos días trágicos a discípulos
suyos de la Normal. Como una obsesión lúgubre, esas muertes Ie
perseguían día y noche. Tuvo que refugiarse en un barco de guerra
norteamericano. Es inconcebible cómo pudo sobrevivir a tanto
sufrímiento un hombre a quien el sufrimiento moral Ie desmedraba
como a nadie.
LAS DOS UL TIMAS AMANTES
En
tales días, lnda estuvo a la altura de su deber. Fue la compañera,
la cariñosa compañera que eI necesitaba. Pero lnda no sospechaba
que en la vida de aquel hombre iban a intervenir dos hembras
ineludibles. La una, descarnada e insaciable, empezó a rondar su
casa por los primeros días de agosto de 1903. En menos de una
semana aseguró la presa. EI día once, bramador y majestuoso, el
mar mostraba aquella faz bravía que
134
siempre había impresionado a Hostos. El medico lo dijo, y Hostos
quiso verlo. Levantó la cabeza unos segundos, después la dejó caer
de golpe, sc Ie amorató el rostro. "Ha estallado esc gran corazón" -aseguró
el medico de cabecera, don Francisco Henríquez y Carvajal.
Justamente a las once y treintiocho minutos de aquella noche
tormentosa, la hembra descarnada había logrado su conquista. Había
perdido lnda la batalla de su amor. EI hombre que Ie fuera fiel
hasta en lo mas recóndito de su ser; el hombre por quien había
luchado y soñado, por quien había logrado el pleno goce de su vida,
había caído en las manos de una insaciable que no podía comprenderlo.
Pero
no había acabado todo allí. Una vida como la de Hostos no se seca en
un minuto: florece por los años de los años, inacabablemente. De la
voracidad de esa am ante iba a vengar a doña lnda otra, delicada,
que alma a la sonrisa de Nolina la discreta dulzura de Carmela y el
celo amoroso de Belinda. Llena de luz en sus ojos, de celestial
armonía en el olímpico gesto; dulce y amable, pero enérgica en sus
propósitos, la ultima amante no tardaría en descender hasta el
talamo a que llevó la otra al ser de excepción que se llamó Eugenio
Maria de Hostos.
De
esta amante admirable no podía tener celos la lnda desconsolada. Era
tan bella, era tan brillante su mirada, tan dulce su presencia que
lnda se fue consolando en la idea de que una mujer superior a ella,
por lo eterna, había de ser la compañera ya definitiva del hombre a
quien amó y admiró con amor y admiración de gran espíritu.
Esa
amante, esa ultima, que sonríe esta noche al conjuro del nombre de
Hostos, que no Ie exige sino que Ie da; que se entregó entera a él
con generosa actitud, fue ganada por la razón extraordinaria del
Maestro, por su infatigable dignidad, por la grandeza sin medidas de
su alma.
Estoy
nombrando, señoras y señores, a la lmmortalidad.
San Juan de Puerto Rico,
Noviembre de
1938.
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