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HOSTOS y EL POSITIVISMO HISPANOAMERICANO *
VÍCTOR MASSUH
EL
POSITIVISMO hispanoamericano cumplió una doble hazaña espiri
tual.
La primera, de carácter político: organizar ideológicamente las
nacientes democracias nacionales sobre la base de un orden
racional y mo
derno.
La segunda, de carácter educativo: proveer a los americanos de
un
sistema de ideas y costumbres que superan las formas sociales y
psi
cológicas del medioevo, subsistentes aún. Ideas y modos de vida
nuevos
que
estimulasen el progreso material, los hábitos industriosos de sus
habi
tantes, de modo que la sociedad pudiera resolver el caos de la
Colonia
rediviva al día siguiente de la Independencia. De ahí que bajo las
in-.
fluencias de Spencer o de Comte, las ideas positivistas se
extendieran a
lo
largo del continente, como las únicas capaces de realizar 10 que
se
dio
en llamar la liberación mental de América. Liberación comenzada
ya,
por otra parte, en la segunda mitad del sigl0 XVIII, bajo los
auspi
cios
del Despotismo Ilustrado. Por estas épocas, América abrió defini
tivamente sus puertas a la modernidad. Consecuente con esta
tradición
histórica, el positivismo planteó el problema de la educación del
hombre
americano en los términos de su peculiar concepción del mundo:
pro
greso
material, industrial, organización, educación científica. Esto es:
planteó el problema en los términos indirectos de educación social
del
hombre.
Es
claro que el positivismo no podia concebirlo de otro modo. Se ne
cesitaba educar al hispanoamericano "para hacer caminos de hierro,
para hacer navegables y navegar los ríos, para explotar las minas,
para laborar
los
campos, para colonizar los desiertos" como dijera Alberdi. O como
lo
afirmara Varona en palabras parecidas y que sintetizan el espíritu
de su reforma educacional: "A Cuba le bastan dos o tres literatos;
no puede
.América como inteligencia
y
pasión. México: Tezontle, 1955, p. 11-33.
477
pasarse sin algunos centenares de ingenieros"
1. Se trataba de educar al
hispanoamericano en el acrecentamiento de un saber que permitiera
el
dominio de esa doble barbarie: la de la naturaleza, rebelde a la
voluntad civilizadora del hombre dada la rudeza de su floreciente
caos; y la de la
historia, rebelde a todo designio constitucional, ordenador, dado
el Ímpetu
fiero
de sus caudillos. Barbaries que, como se sabe, Sarmiento compen-
diaba
en un solo término.
En
suma, se quería que nuestro hombre pudiera constituir una socie
dad
nueva, organizada en base a un orden de razón. Eso sí: con amplios
ventanales al Occidente, desde donde no se perdieran de vista .los
arquetipos europeos unas veces, norteamericanos otras.
En
verdad, el positivismo -sobre todo aquel de los primeros construc
tores
que Korn caracterizó en la Argentina como "positivismo en acción"
proveyó a estas exigencias pragmáticas. Educó al americano para la
sociedad.
Moduló aquellos estratos psicológicos que en el hombre son
tangenciales al ser de la sociedad. Es decir: estimuló sus
potencias menos
interiores.
Ello
significa que el positivismo soslayó una importante tarea: centrar
el acto educativo en el núcleo más Íntimo del ser individual. De
modo que una auténtica transformación del hombre americano se
realizara con referencia directa a la interioridad humana mucho
más que a su contorno social.
El positivismo no
lo concibió así por una razón: desconoció el concepto de
interioridad. Su antropología manejó un'a idea ;:j,l hombre que
poseyó todas las limitaciones familiares al determinismo
naturalista.
Quiso
comprender al ser humano con categorías válidas para el reino
de lo
natural -en cuanto homo faber- una veces. Otras, lo
compren
dió
con los conceptos del clásico dualismo (naturaleza-razón)
elaborado por el pensamiento de la Ilustración. En ambos casos, la
idea del hom
bre
evidenciaba una oquedad interior, una pérdida de la dimensión es
piritual humana, que desde luego, la antropología posterior al
positivismo
intentará restaurar.
Pero
lo cierto es que tal limitación tuvo entre nosotros importantes
consecuencias. A pesar de sus fecundos hallazgos, el positivismo
dejÓ abierto el camino para errada comprensión del proceso
renovador del hombre y la cultura en Hispanoamérica. En adelante
se llegó a concebir
que
toda transformación humana o cultural se realizaría mediante la
incorporación o agregación de caracteres extrínsecos asimilados en
el seno
de
las culturas mayores. O en la medida que ciertas circunstancias
socia
les
determinaran, desde fuera, los perfiles de su ser interior.
A todas luces esto implicaba desVirtuar las normas
invariables de
todo
desarrollo espiritual. Desarrollo que no se da como un crecimiento
1
Félix Lizaso, Panorama de la cultura cubana. Col.
Tierra Firme, Fondo de
Cultura Económica, p. 111. México,
1948.
478
por
cristalización o agregación de tipo inorgánico, y mucho menos como
un subproducto psicológico modelado en el cauce de un férreo
causalismo social. Pero si, se manifiesta como un florecimiento
desde un núcleo interno -una semilla, un alma-, irrupción desde
lo subterráneo con voluntad de rostro y altura. Rostro cuyas
líneas están dadas, más que por el designio de un artífice
exterior (estado, sociedad, medio, causas físicas), por las
profundas .oleadas confomIadoras de un extraño élan
interior. Eran o diástole, intima voluntad de ser,
trabajadas en las zonas más intransferibles de lo humano. Aquellas
en las que el hombre toca por los cuatro costados las primeras
sombras del misterio. Desenvolvimiento espiritual, a partir de la
actualización y dinamización de sus fuerzas inte
riores; a partir de su más remota y escondida realidad: aquello
que acaso. sólo es anuncio, proyecto, potencia. En suma,
desenvolvimiento en las zonas de la interioridad, cuyas entrañas
cobijan el milagro de todo nacimiento.
Estas
zonas espirituales las olvidó el positivismo hispanoamericano en su
tarea educativa. y fue un olvido condicionante, presente en la
prédica y la acción de nuestros mayores positivistas americanos:
Lastarria, Sarmiento, Varona, Alberdi, Barreda, Sierra. En casi
todos ellos, baja una u otra forma -ya sea explícitamente o como
concepción del mundo involuntariamente asimilada-, la idea del
horno faber fue el soporte común de sus filosofías educativas.
Pero lo notable es que uno de los principales intentos por superar
esta limitación -y es 10 que intentan demostrar las líneas que
siguen- vino del campo del positivismo. Y se afirmó. sobre todo,
en la conducta y la crisis interior de uno de sus hombres
ejemplares, muchas de cuyas ideas pedagógicas se forjaron a la
luz del positivismo occidental. Me refiero a un gran educador
hispanoamericano que efectuó este movimiento de superación a costa
de sí mismo y que, estudiado en función de las peripecias que el
tema del hombre reviste en Amélica, cobra un interés cada día
mayor por sus incalculables aportaciones. Se trata de Eugenio
María de Hostos.
La figura de Hostos
nos resulta de gran importancia para el conocimiento de un
momento decisivo
del pensamiento americano. Momento tradicional, en el cual
se intenta nada
menos que la elaboración de una imagen del hombre más
integral que la del
positivísmo.
Hostos tuvo la certeza de esta extraña verdad para su época: que
la
más
importante transformación de América, era una aventura a librarse
en el corazón del hombre, en el núcleo vivo de su intimidad, mucho
más que en la esfera de su contorno exterior, social o politico.
Esto es: que el problema espiritual americano era un problema
abierto a la reflexión antropológica más que a la sociología. En
el sentido de ser un problema de estabilización interior de
fuerzas psicológicas, de nuevas estructuras espirituales, vastos
ordenamientos subterráneos en la región de los fermentos
irracionales. Y por otra parte, problema de filosofía de la histo
479
ria.
Esto es: urgencia por sostener radicales enjuiciamientos y.
preguntas
cardinales ante la aventura total del hombre histórico, con el
propósito
de
una preocupada toma de conciencia de la propia aventura hispano
americana.
En
suma, Hostos comprendió que la transformación americana, su
"liberación mentar', consistía fundamentalmente en la creación
de un
hombre nuevo. De modo que, desde el punto de vista de esta
creación, el
esfuerzo educativo por laborar sobre la circunstancia social, se
convirtiera en la ineludible urgencia de actuar sobre el hombre
mismo, sobresu propia alma.
Con
ello Hostos dejó abierto el camino -como lo veremos más ade
lante-
para la conquista de un arte formativo que permitiera el
enfrentamiento y manejo de las potencias interiores Y sus zonas
intransferibles.
Arte
sutil de la transfiguración espiritual, que el positivismo
americano,
dominado por exigencias pragmáticas, había descuidado.
Pero
el desplazamiento de la acción educativa hacia centros de mayor
resonancia humana, no se realizó sin hondas rupturas. Hostos tuvo
que
recorrer un largo trecho de su propia vida sin encontrar la verdad
de
una
misión personal. Trecho realmente azaroso porque no se trataba de
corregir una idea
con otra, sino de modificar toda una conducta, un modo de acción.
Y para esto, no se tenía otro campo de experimentación que el de
la propia existencia. En ella, una experiencia será dejada que
viva su total agonía hasta el momento de revelar su oculto
significado.
Tal
fue el carácter de ensayo vital que Hostos otorgó a su propia
vida.
Ello
le permitió, tras sucesivos fracasos, ir a la recuperación de las
tierras
interiores del hombre. Comenzó esta recuperación hacia 1870, al
expe-
rimentar la primera sensación de desengaño frente a la revolución
polí-
tica
como medio de liberación de Cuba y Puerto Rico. Por de pronto,
esto
significaba el desengaño contra un largo periodo de su vida
durante
el
cual no estuvo haciendo otra cosa que el juego del revolucionario.
(Tanto en España, donde intervino en la revolución del 68, como en
América). Hallándose en la Península, Hostos se convenció del
fracaso
del
autonomismo y en seguida pronuncióse por el separatismo. y vino
al
continente a luchar por él: las Antillas sojuzgadas sólo podrán
ser
libres mediante una revuelta revolucionaria que afirme su total
separa
ción
del poder español. Ya en 1869, a punto de salir de España,
escribió
a su
padre en Puerto Rico, ratificando esta misma fe: "Al despotismo,
sÓlo
el esfuerzo revolucionario puede combatirlo con fruto; luego las
re
voluciones son tanto más necesarias cuanto mayor sea la pasividad
de
los pueblos". 2
Ya en
New York y en contacto con grupos de emigrados, poco tiempo
después de iniciadas sus tareas conspiratorias, comenzará para
Hostos
una
etapa de hondas disidencias. Sobrevino el choque de su tempera
2
Diario, Obras completas, t. I, Ed. Conmemorativa, 1939.
480
mento
con los modos de conducta revolucionaria. Se puso en evidencia
su
irreductible inadaptabilidad moral y psicológica a las exigencias
de la
lucha
separatista. Basta recorrer las páginas de su Diario para
comprender
que
choques, rebeldías inoportunas, enojos inconciliables,
acendrado in
dividualismo, esfuerzos inútiles, fueron el saldo de sus
actividades en New York. En suma, puede decirse que en estos
momentos comenzó a
fermentar aquel desengaño en los revolucionarios y la revolución
corno
medio
de liberación de las Antillas.
Por
supuesto, difícilmente podía engarzar su actividad individual en
un
esfuerzo común quien, como Hostos, profesaba un inflexible idealis
mo
moral y político. No podía menos que provocar reservas quien, ante
la
inminencia de acontecimientos militares y objetivos inmediatos,
tenía
la
mirada puesta en las estrellas más altas: "Mi ideal -escribe- es
la
realización de lo grande, lo bello, lo bueno, lo justo, lo
verdadero".3 Evi
dentemente, metas lejanas y de tonos tan imprecisos, afirmadas con
persistencia cotidiana, no podían tener acogida circunstancial.
Hostos sentirá entonces crecer a su alrededor la desconfianza, la
iro
nía,
el juicio prevenido: "Para unos soy todo corazón, para otros soy
in
sano,
para otros un fanático"4.
Se apoderará de él un sentimiento de extrañeza y desubicación
entre sus propios compatriotas. Sentimiento de ser hombre a quien
la corriente misma de un acontecer colectivo desplaza hacia las
márgenes de un individualismo atormentado y contenido en se veros
límites.
Tal
es la situación que llegó a experimentar Hostos no sólo ante sus
amigos y compatriotas, sino ante la revolución misma: aquello que
hasta
entonces fue el objetivo único de su vida. "Hay algo de inmoral
es
cribe
refiriéndose a la revolución-, de repugnante al sentimiento delica
do,
en esta mezcla de pequeñeces que silven de materiales a una obra
grande".5
Y la
repulsa irá en aumento. Y a no sólo reprochará a la "obra gran
de"
su "mezcla de pequeñeces"; la acusará por 10 que califica de
"injustas
anteposiciones del poder sobre el saber"6,
por su "carencia de ideas" 7
y
así,
hasta llegar a sentirse espiritualmente al margen de la
revolución.
Todo
ello puso a Hostos en el trance psicológico de un inadaptado.
Un
hombre a quien su propia misión repele. Hostos hubiera querido ver
en la
revolución antillana la estrella clave de su destino. Pero esta
misma,
estrella permanecerá indiferente y desconocida ante sus ojos. Sin
ella. queda en total desamparo; fuera de su centro. Durante largo
tiempo
tendrá las manos quietas e inútiles, trabadas por el sentimiento
de su
ineficacia, por la desesperación de haber trabajado en el vacío.
3
Op. cit., p. 205.
4
Idem, p. 238.
5
ldem, p. 285.
6
ldem, p. 188.
7
ldem, p. 184.
481
A
sólo once meses de su llegada a Nueva York, dominado por el
desengaño, escribe: "La debilidad de los hombres fracasados no ha
dependido más que del exceso con que ellos han servido a las
ideas, desentendiéndose de la realidad y la vida"8.
Hostos tiene la impresión de haberse gastado en un puro gesto
moral, en el fervor de una causa que no dejará su trazo en el
tiempo ni se cristalizará en historia. Tiene la sensación de que
muchos americanos han padecido en circunstancias parecidas: la de
Hispanoamérica se les escapa de las manos como un material
huidizo. rebelde a toda plasmación. Su historia es como un extraño
erial, que se podrá someter sólo por un instante al orden superior
del espíritu, pero que siempre retornará a su primitivo caos.
(Raro escepticismo frente a la propia obra, triste coincidencia de
protagonista vencido por la fatalidad desde el comienzo, que más
de lma vez se reproducirá en los espíritus de nuestros héroes
mayores.)
Pero
el disconformismo que Hostos manifestaba al ver a la revolución
minada por sus "pequeñeces", no era del todo justo. En la
revolución por la libertad de Cuba y Puerto Rico, muchos hombres
encontraron destino y voluntad de altura. Basta pensar que esta
misma obra, en la cual Hostos no encontró más que intereses y
pasiones, fue el más claro apostolado de Martí y la convergencia
práctica del pensamiento de Varona. Además, ella estuvo preparada
ideológicamente por una cristalina tradición de educadores cubanos
9. ¡POCOS movimientos
revolucionarios pusieron en juego mayores fuerzas morales! Por
otra parte, tales esfuerzos lograron, en su hora, la solidaridad y
el respeto unánime de la conciencia moral, intelectual y artística
de toda Hispanoamérica.
Hostos se
equivocaba con respecto a la revolución porque, como lo había
reconocido una vez: "Estaba fuera de su sitio entre los hombres"
10. Había perdido su
equilibrio espiritual y el sentido de su acción entre los
emigrados: "Hace diez años -escribe- estoy padeciendo el tormento
infernal de estar siempre fuera de mi orden y es necesario que, o
caiga en mi centro de gravedad y repose, o que arrastre otras
fuerzas y me destrocen" 11.
Cuando escribió estas palabras, Hostos tenía 31 años. Ello quiere
decir que estaba ya en desencuentro consigo mismo, "fuera de su
orden", mucho antes de su consagración revolucionaria tanto en
España como en América. "Desde hace diez años". O sea desde aquel
momento juvenil en el que Hostos se entrega a inquietudes
políticas ("quise patria y como medio, aspiré a la política",12
recuerdo de aquella época) y prende en su
8
Op. cit., p. 391.
9
Varela, Saco, Luz y Caballero. Ver: M. Vitier, La filosofía en
Cuba, Tierra
Firme, Fondo de Cultura Económica, México, 1948; y L. Zea, Dos
etapas del pen
samiento en Hispanoamérica,
El
Colegio de México, México, 1949, II parte, cap. XI.
10
Diario, t. II, p. 97.
11
Op. cit., t. 1, p. 380.
12
ldem, p. 26.
482
espíritu el fervor social del krausismo13.
Todo ello, implica que el "tormento infernal" que padecía tiene
raíces mucho más profundas que las de su desengaño circunstancial
con la revolución. Los reproches contra la negligencia de los
revolucionarios no eran más que la salida de una condena, de un
disconformismo que, en el fondo, sentía contra sí mismo. Bajo la
piel de tal disconformismo se estaba gestando la estructura de una
conducta nueva que en adelante pugnará por inaugurar un estilo de
vida.
De
ahí que el sentimiento de extranjería y la idea de encontrarse
"Fuera de su orden", fueran para Hostos algo así como la señal
anunciadora, la profética advertencia de un fenómeno interior,
oculto, de gran importancia y significado no sólo para sí, sino
para la marcha posterior del pensamiento americano. Pues, en este
momento, toma punto de partida el definitivo viraje hacia la
recuperación de lo interior humano y con ello la conquista de una
nueva imagen del hombre.
Este
fenómeno significativo que en el espíritu de Hostos se venía
gestando como una reacción a sus "diez años de vida" abiertos a la
sociedad y sus exigencias políticas, se caracteriza por ser un
movimiento profundo de retorno a lo individual. Vuelta a la
valorización de sus potencias subjetivas, fidelidad a su ser
total, a su angustia más íntima.
Por
lo pronto, Hostos está decidido a romper con la envoltura de su
conducta anterior: "Es manifiesto -escribe en 1874, de regreso a
New
York
luego de un largo peregrinaje por Sudamérica- que yo no soy hombre
para hacer las pequeñeces que parecen necesarias para constituir
un revolucionario completo"14.
Esto quiere decir que HIostos ha madurado ya aquel designio
impreciso de selrvir a la liberación de Cuba y Puerto Rico
atendiendo a los dictados de un "orden" más interior y genuino.
Esto es. servir a la misma causa pero iniciando un nuevo ciclo
vital bajo el signo de la aceptación consciente y' creadora de su
propia alma. No más mutilaciones psicológicas ni morales en aras
de "pequeñeces" aun cuando parecieran necesarias al bien de la
revolución. Tales concesiones habían frustrado largamente su vida.
De ahí que en plena lucha revolucionaria, al experimentar la
angustia de v'er inactlvas y al margen de esfuerzo las mejores
potencias de su ser, Hostos consignará esta dramática confesión:
"Siempre sigue royéndomc el descontento de mí mismo, siempre
abrumándome el problema de mi vida: cómo dar realidad a esta
vida interior tan saludable"15.
Lo cierto es que en adelante encontrará la salida a esta agonía.
En la disyuntiva de servir a la revolución sacrificando su vida
interior tal como lo venía haciendo, o intentar un modo de
conducta nuevo que diera plenitud, "realidad a esta vida
13Antonio
S. Pedreira, biógrafo de Hostos, señala que esta entrega a la
actividad política se da en España con los primeros esfuerzos por
constituir la Federación
Antillana. (Ver: "Hostos político"
en América y Hostas, Ed. Puerto Rico, 1939).
14
Op. cit., t. n, p. 97.
15
ldem, t. 1, p. 227.
483
interior"', Hostos eligió el partido de su interioridad. El
más. arduo, sin duda. Pero con ello dejaba descubierta la raíz de
su escepticismo frente a la revolución, el sentimiento de su
extranjería, el desconsuelo de no hallar su "'sitio entre los
hombres". La raíz de todo 10 que Hostos padecía bajo la forma de
un "tormento infernal", era esta certeza de ver cercenada la
integridad de su ser personal. Durante largos años el ímpetu de
una "vida interior saludable" permanecía detenido y sacrificado.
Permanecía a la espera de un nuevo cauce. Puesto que a la luz de
una entrega del ser íntegro, habrían de descubrirse -para
la ardua tarea de transformación espiritual americana- modos de
acción y pensamiento hasta entonces desconocidos.
Dijimos que Hostos decide, en estos momentos, no sacrificar más su
vida interior. Ello ¿qué significa? Desde el punto de vista de la
transformación del hombre en América, significa la audacia de
plantear el problema en términos nuevos. Si hasta el presente, el
positivismo había puesto en vigencia una educación del ser para la
sociedad, en adelante se exigirá una formación del hombre
para el hombre mismo. Y por supuesto, en base a una nueva
concepción de lo humano. Concepción que acentuará su autonomía y
dejará a descubierto sus profundidades creadoras y trágicas. Para
Hostos ello comporta una consecuencia decisiva: en adelante la
revolución habrá cambiado de sentido. El centro de su actividad
libertadora se habrá desplazado, desde el núcleo político de la
sociedad,
hacia
el centro íntimo y personal del indi,'du,o h'uma'no En
virtud de lo cual, el espectáculo de la revolución espiritual
cobrará a partir de Hostos, esta perspectiva original y fecunda:
ya no se verá alhombre ganado -en términos positivistas- por las
urgencias pragmáticas de la realidad social americana, sino a la
inversa: se verá a América convertida en el drama interior de un
hombre. Transformación espiritual de América que se gestará en la
medida que individuos aislados se abracen a su caos, la recojan en
sí y la padezcan como una llaga viva, como un destino incierto. De
tal modo que allí, en el núcleo interior de lo humano, en el ardor
de una llaga a un destino ciego, en el rumor de un deseo,
una
vocación, un sentimiento individual y único; allí, en la agonía de
una existencia trizada por el grito de las pasiones o en la forja
silenciosa y oscura de un carácter, pueda América pulsar el ritmo
de su propio cambio. Transformación de su ser que se efectuará en
la medida que el hombre se enjuicie a sí mismo y devele los
ámbitos de su interioridad, porque es allí donde tendrá lugar la
más importante tarea.
A
partir de este momento, lo que el positivismo llamó la "liberación
mental" de América y que Hostos comprendio bajo la forma de la
lucha política, comenzará a concebirse como una actividad de
carácter autoformativo. Una actividad por la cual la
revolución se transformará en la rebelión del hombre contra su
propia alma. Contra sus fuerzas caóticas. Contra lo que en el
hombre mismo hay de pasado colonial, rupturas psi-
484
cológicas, impulsivas y caracteres no logrados aÚn. En suma, lucha
planteada en el alma humana por el paso de una etapa espiritual a
otra, por la concreción de una imagen nueva del hombre.
Imagen en virtud de la cual el alma sienta armónicamente
transfiguradas todas sus potencias retenidas y sus nacimientos
frustrados. Al cabo de estas consideraciones puédese ver cuál es
el sentido de una "realidad" nueva que Hostos pedía para su
"interioridad saludable". Hostos habÍa descubierto la importancia
que para la transformaciÓn espiritual de América tendrán todas las
zonas inhibidas del ser: el mundo extraño e infinito de la
interioridad humana.
Por
su parte, habÍa reCuperado para sí grandes territorios en los
cuales vivir un gran ciclo de experiencias desconocidas. Sobre
estos terrenos, que es como decir: sobre su propia sangre,
comenzará el experimento de un hombre nuevo.
Varios testimonios dan fe de este extraordinario proceso interior
en la vida de Hostos. Recordemos, por lo pronto, que hacia 1866,
al cabo de unas revueltas políticas en España, Hostos intenta su
primer retorno a sí mismo. Y consigna entonces en su Diario
estas palabras: "¿Es tiempo todavía para ser hombre?". Y
recordemos que dichas páginas comienzan a ser escritas con el
propósito de mantener una vigilante mirada sobre el fluir de su
propia subjetividad. Pero este primer intento se frustra. Hasta
que
solamente hacia 1874, luego de un largo viaje por Sudamérica que
duró cuatro años, Hostos afirma una doble conquista: la de sus
tierras interiores y la de la patria hispanoamericana a la que ha
abrazado en el rodeo simbólico de un viaje continental. "Yo no
tengo patria -dirá entonces-
en el pedazo de tierra en que nació mi cuerpo; pero mi alma se ha
hecho de todo el Continente americano una patria intelectual, que
amo más cuanto más la conozco y compadezco". Ambos términos: "interioridad"
e "Hispanoamérica", son palabras claves que se implican
mutuamente en la vida de Hostos. Este hecho es profundamente
significativo, porque al final de su apostólico viaje sudamericano
sentirá que el destino de América estará extrañamente identificado
con su propio destino.
Pero
el testimonio definitivo lo comportan las bellas páginas de un
ensayo sobre Hamlet, escritas hacia lSi2, mientras se
hallaba en Chile. justamente en el transcurso de su viaje. Hostos
concibe este trabajo en una particular circunstancia de su vida.
En su Diario leemos esta referen
cia:
"He pasado estos días ahogando en el trabajo la tristeza que me
cir-
Cunda: he escrito algo de lo que pienso sobre Hamlet: obra fácil
para mí que me encuentro desde hace tanto tiempo en la situación
moral del héroe de Shakespeare. ¿Qué es lo que lo hace infeliz? El
detenerse demasiado en el estado de transición en que se
encuentra, el pensar demasiado lo que debe hacer, y el no hacer lo
que quiere. ¿Qué es mi vida sino es ese infame estado?"
16. Para Hostos, Hamlet
fue el testimonio vÍvido de toda lucha interior. En el ensayo
crítico afirma el carácter principal del per-
16
Diario, t. n, p. 42.
485
sonaje y su más preciso significado: "Hamlet es un momento del
espíritu humano, y todo hombre es Hamlet en un momento de su vida.
Hamlet es el periodo de transición de un estado a otro estado del
espíritu" 17. Pero antes
ya dejó consignado cuál ha sido la mayor revelación de la obra:
evidenciar lo que "para el bien colectivo resulta del progreso del
ser en el ser mismo" 18.
En el fondo, son éstas las palabras más agudas y reveladoras que
pudo haber escrito Hostos para reproducir el curso de su proceso.
Veamos por qué.
Hostos se hallaba en el mismo estado de preguntas encendidas que
caracterizó al héroe de Shakespeare. Sintió que también pasaba por
un "período de transición" espiritual, Y en el espejo del
Hamlet reconocerá las pulsaciones agónicas de una actividad
interior en donde los momentos diversos del alma humana luchan
entre si desnudos, desenmascarados, quizás en busca de un
designio ordenador. Esta lucha intensa -por la cualla razón
atormentada enjuicia la totalidad de las cosas descubriendo su
herida problemática y se sumerge en los abismos del ser, con el
propósito de llegar a .la raíz de la destrucción y los
nacimientos-, esta lucha interior que padeció Hamlet, se
presentará a la vista de Hostos como la más alta expresiÓn de lo
que buscaba: el testimonio de una revolución gestándose en los
abismos interiores del hombre. "El sondeo de este abismo, lo
desconocido que se alberga en sus entrañas -escribe-, la luz o las
tinieblas que se sacan de él, la necesidad de internarse en lo más
hondo para subir a lo más áspero y llegar desde la sima hasta la
cima, desde la oscuridad hasta la luz, eso es lo que
co"nst'it'uye' una"" 'revalución""1 moral. Esa es la
revolución que sufría el espiritu de Hanmlet"19.
¡
Pero nosotros podemos agregar que ésta era la misma revolución'
que Hostos abrigaba en su corazón! ¿No nos había dicho antes
que se hallaba en la misma "situaciÓn" del héroe de Shakespeare?
Lo cierto es que en Hamlet no hacía más que descubrir el curso de
su propia "revolución
moral" y, acaso, la clave de esa nueva manera de comprender la
trans
formación espiritual de América. Pues, en suma, ¿en qué consiste
aquella revolución cuyo centro de importancia, dijimos, se ha
desplazado desde la sociedad hacia el corazón del hombre?
Consiste, precisamente, en que ya no plantea el problema del
cambio espiritual dentro de los limites impuestos por el contorno
social, sino que lo hace en función de una problematización
radical que afecta a los fundamentos mismos de la cultura. De modo
que a la luz de tal problematización, una pregunta por el hombre
americano se convierte, esencialmente, en la pregunta por el ser y
destino del hombre en el mundo. y así sucesivamente, al punto de
que las cosas tórnanse extrañas, desprovistas de sentido y todo
pareciera ser el apronte para un nuevo comienzo cultural.
"Revolución", que en
17
Crítica, vol. XI de Obras C07/mpletas, p. 146,
18
Ob. cit., p. 145.
19
Ob. cit., p. 154,
486
virtud de ello,
consiste en un encarnizado monólogo del hombre bajo una
constelación de preguntas. Porque en la medida en que éste pueda
colonizar el misterio, librar la aventura de una verdadera
creación, inaugurar nuevamente la vida, recién logrará emerger
del abisnmo y pasar a una etapa espiritual superior. Veamos cómo
describe Hostos este desarrollo: "Poneos a platicar con el
huésped taciturno que albergamos no sé en qué rincón del
organismo: preguntadle quién es, de dónde viene, a dónde va, su
origen, 'su destino; sus fines, sus medios, sus principios; sus
derechos, sus deberes, su carácter, su esencia, relaciones,
afinidades; quién es Dios, si de allí viene; qué es absoluto, si
por tal se tiene; qué es la eternidad; qué es la muerte; y todas
las fuerzas parciales del ser adquirirán una tremenda intensidad
de acción y chocarán v'iolentamente unas con otras, e iguales en
poder como son todas en esfera, se cansarán de combatir sin
obtener victoria. El sentimiento desesperado buscará la muerte, la
voluntad iracunda intentará una acción; la razón meditabunda
buscará una luz; la conciencia impasible intentará una
conciliación armónica. Pasarán días y más días, y siempre el
dolor para el sentimiento, y siempre la irritación para la
voluntad, y siempre para la raz6n la media luz, hasta que la
conciencia haya elaborado su armonía y encadenado en su órbita
precisa esas fuerzas, que son anárquicas si evolucionan a su
arbitrio, que son armónicas si evolucionan dirigidas"
20.Evidentemente,
este inquisitivo diálogo con el "huésped taciturno", con el
desconocido habitante que en toda interioridad parecjera
aprisionar en sus manos el respjro de las esencias, es el lenguaje
exacto de la revolución interior que el hombre americano aprieta
contra sus entrañas. Porque ella es, más que nada, un vasto y
formidable plan de creaci6n. No sólo
de la cultura objetiva, sino del hombre mismo. Revolución que no
sólo
se pregunta por el nuevo contenido de las más viejas palabras:
Dios, absoluto, eternidad, muerte, sino que penetrando en la
intimidad carnal del hombre, busca dominar un arte formativo de
la interioridad que transforme en "armonía" el choque asesino de
"las fuerzas parciales del ser".
Verdaderamente, pocas veces una revolución se concibió en términos
de tan audaz aventura creadora. Pocas veces hombre alguno pensó
que el proceso de una transfiguración
espiritual abarcaría tales latitudes humanas. Pero Hostos lo
sentía así. La revolución que antes concibió en términos
políticos y circunscripta al pequeño escenario de las Antillas,
ahora crece dentro de sí con estas dimensiones dramáticas.
Pero
las páginas del estudio sobre Hamlet no sólo revelan a un
Hostos convencido ya de que en América toda revolución política
tiene que convertirse en revolución interior para ser
verdadera. Había algo más que no se atrevió a confesar
directamente y que, sin embargo, constituye su mayor secreto.
20
Ob. cit., p. 173.
487
Dijímos que Hostos se había acercado a Hamlet y escrito sobre él,
sólo porque sentía su ser en un mismo estado de transición
abismal, herido por iguales dudas, sumido en idéntico pozo de
reflexión torturante. Pero no hemos dicho que Hostos concibe otra
extraña identidad. Esto es: que el estado de "revolución moral"
hamletianlo era el mismo que experimentaba América en el
proceso de transformación espiritual. Que al igual del héroe
literario, América se hallaba en la etapa en que, escudriñando su
propio caos, preguntábase por la fISOnomía verdadera de su ser.
Pues
en seguida de referirse a la crisis moral de Ham1et en los
términos transcriptos, Hostos asimila estos caracteres a los
"pueblos de Colón". y puntualizando el significado del monólogo,
escribe: "Ese monólogo es por sí solo una tragedia, porque es el
apogeo de una revolución moral, el momento supremo de anarquía en
un espíritu". Luego afirma, recordando el hecho de las
independencias americanas: "En toda revolución, igual momento.
Cuando las sociedades atormentadas de Colón rompieron para
siempre la cadena que había durante tres siglos embargado el
movimiento de su vida, se hallaron lanzadas al vacío, se
asustaron; se encontraron en la anarquía, y se aterraron. .,",
Pero "hubo una luz, la del progreso, para los pueblos de Colón:
bebieron en ella la fe de su porvenir y continuaron"
21.
En
estos párrafos, no nos interesa tanto la referencia que Hostos
hace a la superación de la ruptura trágica con la Colonia,
mediante la fe en el progreso, cuanto el hecho de concebir a estas
"sociedades atormenta
das"
en un momento de caótica transición. Porque ello quiere decir una
sola
cosa: que llevado por el hilo de esta identidad, Hostos concibió
a América como a un Hamlet colectivo que pasea sus miradas
inquietas por la anarquía de sus propias entrañas. Algo así como
un continente hamletiano que padece en su íntima realidad
el "combate de las fuerzas parciales", aún no armonizadas en un
orden superior. Orden que para los pueblos americanos -como para
el héroe de Shakespeare y para Hostos mismo- consistirá en la
elaboración, con sus propios materiales vitales, psicológicos,
impulsivos y racionales, de una nueva imagen del hombre. Esto es:
en la resurrección y "progreso del ser en él mismo" según aquella
fórmula magistral que Hostos había acuñado.
Pero
hay una consecuencia más que surge a raíz de una pregunta
ineludible. Si hace un instante Hostos nos había dicho que se
sentía en una "situación moral" que lo identificaba con el drama
de Hamlet y ahora descubre que este mismo drama se identifica con
el de América en su desenvolvimiento, ello, ¿qué significa? ¿Qué
significa el juego dialéctico de estos tres términos: Hostos-Hamlet-América
en tomo al tema de la "revolución moral" o "la transición de
un estado a otro del espíritu"?
Significa una sola cosa: que Hostos se siente a si mismo como el
protagonista hamletiano de la "revolución morar' de
América. Que el drama
21ob.
cit.,
pp.
174-175.
488
de la
formación espiritual de nuestros pueblos es el mismo que se
inquieta en su propia intimidad. Y significa que, en adelante, la
trama del ser y el destino americano se forjará en la medida que
Hostos se considere capaz de dar forma a sus verdades interiores.
En la medida que pueda dar "realidad" al sentido de su vida y sea
el sacrificado paciente de una verdadera revolución moral. Es
decir, en cuanto "la concienCia -su propia conciencia
de protagonista americano- haya elaborado su armonía" con
"aquellas fuerzas parciales del ser que combaten sin victoria".
En
tales momentos, Hostos adquiere la firme convicción de que el
problema americano de la "revolución" no sólo radica en su
interioridad, sino que América misma está entrañablemente
implicada en el experimento de su propia vida. Desde entonces
Hispanoamérica será para él como una totalidad viviente ante cuyos
movimientos y peripecias históricas se sentirá directamente
comprometido 22.
A partir de
entonces, poco después de la culminación de su viaje, comenzará
para Hostos un largo período de más de veintiséis años de casi
ininterrumpida actividad pedagógica en Venezuela, Chile y Santo
Domingo. Años de verdadera consagración en los cuales desarrolló
una labor extraordinaria que 10 puso a la altura de los mayores
educadores de América: Sarmiento, Varona, Bello, Lastarria.
Pero
esta acción educativa no era más que la envoltura exterior de un
proceso profundo de insospechados alcances. En el transcurso del
esfuerzo cumplido en Colegios Secundarios, Liceos y Universidades,
Hostos venía descubrielndo un verdadero experimento autocreador;
porque cada vez que Hostos se abría sobre otro ser en la amplitud
de un gesto educador, este mismo hecho repercutia sobre su propia
intimidad con intención autoplasmadora. Y esta actitud de efecto
reversivo que se evidencia en Hostos como la otra cara de su
activ'idad pedagógica orientada hacia el pójimo, revela, más que
nada, una nueva dimensión apostólica que nos interesa
valorar aquí en sus justos términos. Una nueva dimensión en la
cual Hostos trabajó a solas y a oscuras. Porque es como el reverso
en sombras del esfuelrzo que se cumple a la luz del dÍa y la
historia.
Esta
dimensión es la que Hostos llamó, con exactitud, la del "Oscuro
apostolado". Porque debía cumplirlo silenciosamente en la zona más
interior e intersticial de su propia vida. Y también porque sus
conquistas formativas debían lograrse más allá de ese mundo de
contactos, identidades y mutuos intercambios que caracteriza a
toda relación pedagógica.
22
El viaje por Sudamérica fue realmente un viaje apostólico.
Donde estuvo dejó huellas duraderas. Fue un intelectual combativo,
preocupado por el paÍs en que vivía y siempre movido por una
auténtica voluntad de servicio. Escribió sustanciosos trabajos
sobre Perú, Chile y Argentina. Sobre nuestro Sarmiento dejó
reflexiones agudas. En Perú se ocupó del problema social padecido
por chinos y cholos. En Chile desarrolló una acción fecunda.
Escribió una densa memoria sobre el porvenir de este paÍs y sobre
una infinidad de temas hispanoamericanos. (Ver: Temas
sudamericanos, Vol. VII de Obras completas). Todo ello prueba que
la experiencia
.directa americana tuvo una honda sedimentación interior.
489
Pues
se trataba, fundamentalmente, de que Hostos apostolara en
su pro
pia
vida interior. Esto es: ordenar su propio caos ("este caos que va
con
mI1igo"), dominar su imaginación desatada (convertirla ",de fuego
que me
devora, en luz que me alegrara"), afirmar el imperio de su
voluntad
("voluntad, dame tu impulso"). Y se trataba de ensayar, sobre si
mismo,
la
creación de una realidad espiritual superior, dado que América
había comprometido su destino en el riesgo de tal experiencia.
Era
necesario que por debajo de su contacto pedagógico con los
hombres, Hostos entablara contacto con el lhombre. Con
aquellas potencias germinales y activas que en el fondo del ser
americano están a la espera
de
que una voluntad artesana o un llamado creador les dé nombre y fi
gura;
es decir, el soplo de su segundo nacimiento. Veamos cómo revela,
en estos párrafos, su afán autocreador: "Alleer un libro, al oír a
un hom
bre,
al entrar un poco en mí mismo, he visto que todavía hay que cons
truir
y voy tratando de construir al hombre que busco"
23.
En
definitiva, el "oscuro apostolado" consistía en la construcción de
esta realidad buscada, bajando al mundo subterráneo de las
oscuridades
activas. Allí, en un estrecho contacto de entrañas, Hostos debía
trabajar por el nacimiento de una nueva imagen del hombre.
De tal modo que en
la
presencia inaugural de sus líneas, América pueda reconocer los
trazos arquetípicos de su rostro. En su Diario llega a
consignar estas revelado
ras
palabras: "Ser hombre, mi gran conquista, mi solemne orgullo, mi
horrible mito" 24.
Pero
en esta lucha interior, hamletiana, por la conquista de un
hom
bre nuevo,
Hostos llevaba confundidas dos imágenes a'rque'típicaS del
hombre completamente distintas y que pugnaban con él.
Uno
de estos dos ideales del hombre respondía a la concepción
racionalista teñida de elementos krausistas, asimilada en su
juventud. Concepción que, por otra parte, se integró
perfectamente con los aportes que Hostos recibió del campo del
positivismo. Pues al tono moralizante e idea
lista
del krausismo supo aunar el criterio experimental y riguroso de
las disciplinas científicas. Se trataba del ideal del hombre de
"razón y conciencia"
25.
Según
esta concepción, Hostos quería formarse a sí mismo dentro del más
absoluto imperio de la razón y un orden de rigurosas normas
morales.
"Así
como el centro del mundo planetario está en elsol-escribe- y el
centro de la razón está en el mundo que contempla, así el centro
de toda virtud es la razón. La moral no se funda más que en el
reconocimiento del deber por la
razón" 26.
23
Diario,
t. n, p. 42.
24
Op. Cit.,. t. I,
p. 319.
25
Moral social, p. 29, Ed. Losada, Buenos Aires, Arg.
26
Op. cit.,
p. 261.
490
Tal aprendizaje se realizaría además, según dicha concepción,
sobre la base de un sistemático rechazo de todas las potencias
irracionales del alma. Contra las que es menester luchar por ser
extrañas y enemigas de la razón misma. "La virtud -escribe- no es
más ni menos que el cumplimiento de un deber en cada uno de los
conflictos que. sobrevienen de continuo entre la razón y los
instintos. Lo que tenemos de racionales vence entonces a
lo
que tenemos de animales y eso es virtud, porque eso es cumplir con
el deber que tenemos de ser siempre racionales"
27.
Lo cierto es que durante toda su vida, Hostos se inclinó por este
ideal del hombre y fue el que se empeñó en realizar
conscientemente. Cuando a los 27 años comienza a escribir su
Diaria con las palabras que recordamos anteriormente: "¿Es
tiempo todavía para ser hombre?", el hombre que Hostos quería ser,
era este arquetipo de "razón". Iniciaba su Diario,
precisamente, con el propósito de ayudarse en esta lucha contra lo
no racional de su ser: contra la fantasía ("el abuso de la
fantasía ha enfermado mi entendimiento"), la contemplación, la
imaginación, el sentimiento ("la imaginación y el sentimiento,
los dos enemigos de mi vida"), la abulia, la violencia
temperamental, las pasiones ("he pasado mi vída en contener mis
pasiones por medio de la razón"), consideradas todas COmo zonas
enemigas de su verdadero orden: el de "razón y conciencia". Su
vida en función de este ideal, fue una sostenida guerra interior
contra sus propias entrañas. Abrazado a una voluntad hostil, la
mayor parte de su existencia fue un desesperado intento por
solucionar los términos hamletianos de su "revolución moral",
dentro de los cauces de esta concepción del hombre.
El otro ideal humano que insinuó su presencia paradójica ha dejado
huellas menos claras en su obra. Por
lo
mismo de su originalidad y de las íntimas regiones del alma en
donde habría de efectuar su experimento, este ideal asomó
furtivamente en la vida de Hostos. A la inversa del ideal de
"razón" -que dio a su existencia ese estilo moral adusto que todos
conocemos- esta nueva presencia se dio fugaz, en islotes
intuitivos. Se trata del ideal del hombre completa.
La imagen del "hombre completo" se formó a sí misma corno a
hurtadillas de su cotidiana guerra. Sus líneas principales se
trazaron con material enemigo, corno aquellas fuerzas del alma
que Hostos rechazaba sistemáticamente toda vez que volvía una
mirada sobre su propia intimidad.
Todas estas dimensiones psicológicas, habrían de intervenir en el
ensayo' del "hombre completo". Se trataba de trabajar por una
nueva realidad, en las zonas que la razón había proscripto corno
zonas de barbarie.
Allí, en este cerco prohibido, Hostos echó las raíces frágiles de
una nueva visión de 10 humano, cuyo cumplimiento y desarrollo
serán esperados como el fruto de la transfiguración de sí mismo
(transfiguración
27 Moral social, p. 162
491
que, en virtud del proceso de identidad hamletiana aludido,
implica también la del ser espiritual de América),
y
en efecto, con los últimos pedazos de su identidad tantas veces
rota y desgajada contra el muro de lo cotidiano, con los elementos
activos de su fantasía, frustraciones, sueños, cenizas de
estallidos, restos de pasión contenida y de remordimientos; con
las pausas de alucinantes silencios contemplativos, con todos
estos elementos recogidos a espaldas de una voluntad áspera y
vigilante, informe material -rumor de su propio ser a medias
confesado- Hostos modeló la figura arquetípica del "hombre
completo",
Imagen que, por otra parte, resultó ser su contra-figura. Un
hombre distinto del que era se formó en su interior, escapando,
casi siempre, a los designios de su conciencia formativa y su
ideal de "razón".
Casi siempre, decimos, porque una que otra vez Hostos llegó a
tener la clara pero circunstancial certeza de que aquellas
potencias de su alma contra las cuales se había pronunciado
estaban, en el fondo, de su parte, Que en suma, esas fuerzas
irracionales que el rigor de una razón imperial había condenado,
estaban defendiendo su mejor causa. En verdad, Hostos comprendió
-fugazmente, sí- esta situación paradójica: Al querer fornarse
rechazando, aniquilando estas fuerzas impulsivas, estaba
empeñado en una lucha suicida, Aquello que su razón quería matar
era lo único que podría darle permanente vida. Hostos lo reconoce
cuando escribe: "Sé que el sentimiento y la fantasÍa dificultan la
realización de mis ideas, pero sé que sólo de ese equilibrio de
fuerzas, de esa comunión de facultades salen los
holmOres Completos', 28, El reconocimiento de este hecho tiene un
significado extraordinario para su hora: prueba que las fuerzas
irracionales son materiales creadores con los cuales es
necesario constituir un orden espiritual superior.
Pero a esta altura es indispensable una advertencia, El ideal del
"hombre completo" que Hostos era 29. Sino que, frecuentemente,
ambos ideales aparecen confundidos ensus escritos. Al punto de
referirse a uno y otro ideal en los mismos términos. Hostos habló
del hombre de "razón" usando la fórmula del "hombre completo".
Este hecho puédese explicar por varias razones. Una, de orden
cultural: no es extraño en la historia del pensamiento, el
fenómeno de ideas que al nacer, en estado de endeble desnudez, se
escudan tras otras de mayor prestigio. O bien, tras aquellas que
ya gozan del patriarcal sedentarismo que otorga una tradición
cultural vigente.
En lo que a ello respecta, era evidente el prestigio de los
ideales de razón y conciencia alo largo del sigloXIX americano.
Nada digamos en
28 Diario, t. 1, p. 235.
29
Antonio CaSo le llamó "el gran racionaliSta americano", al
puntualizar
losaciertos y limitaciones de su racionalismo (Ver: América y
Hostos, Ed, Conm"
1939, P. Rico
492
tonces de las dificultades que debió acarrear consigo la irrupción
de un nuevo ideal humano, donde hasta la acuñación de la fórmula
"hombre completo" fue un gesto intrépido, lleno de resonancias
futuras. Por otra parte, recordemos el carácter de experimento
interior que Hostos otorgó a su propia vida. Y recordemos la
imperfección del conocimiento que poseía de si mismo, dado que
para ello sólo contaba con los conceptos limitados del dualismo
antropológico y naturalista de su época. En suma, basta recordar'
simplemente su adhesión consciente al ideal de "razón", para
comprender hasta qué punto era perfectamente posible esta
interferencia de ideales y de formas expresivas.
Pero para distinguir en sus contenidos las diferencias de uno y
otro ideal, es necesario preguntarnos en definitiva: ¿qué
elementos componen la extraña alquimia del "hombre completo"?
Hostos trata de precisarlo de este modo: "Ser niño de corazÓn,
adolescente de fantasía, joven de sentimiento en la edad de la
madurez temprana, en lo que alguien llama edad científica; ser
armonía viviente de todas nuestras facultades, razón, sentimiento
y voluntad movidos por conciencia; ser capaz de todos los
heroísmos y de todos ]os sacrificios, de todos ]os pensamientos y
de todos ]os grandes juicios, y poner en todo aquella verdad,
aquella sinceridad, aquella realidad del ser que só10 de ese
sentimiento, que sólo de él transciende; ser finalmente un
mediador entre el racionalismo excesivo, no por racionalismo,
sino por absorber en él todas las demás actividades independientes
y necesarias del espíritu, y entre el pasionalismo de los que
creen que toda lo hace la pasión, eso es 10 que llamo yo ser
hombre completo, eso es lo que yo practico".
30
Ya no cabe duda. Las palabras rechazadas: fantasía, sentimiento,
pasión, hallan cabida ahora en la estremecida arquitectura de un
ser que se reconoce como "armonía viviente". El "hombre completo"
no se debate ya en el rechazo estéril de la interioridad, y
también ha superado la forma rígida e insensible del hombre de
"razón". En ese singular toque de las raíces espirituales del
"hombre completo", Hostos llegó a poseer los perfiles mismos del
hombre que buscaba y que ahora ve emerger de sus niveles
subterráneos como la culminación armónica de su propio ser. El
"hombre completo" ya no es la guerra contra las entrañas
irracionales. Es la libre aceptación de sus potencias,
transfiguradas al conjuro de un hondo arte autocreador.
Otras veces, Hostos llegó a sentir al "hombre completo" en su
corazón como un estado emocional. Como si fuera un llamado ante el
cual se abrieran las puertas de bellezas ignoradas. Y entonces él
mismo se miraba cumplido, transfigurado, convertido en seguro
ciudadano del misterio. Poseedor de las realidades más altas a
las que sólo puede llegar el hombre en el tenso y depurado impulso
de su verticalidad. "Es posible -escribe- llegar a las más altas
concepciones, complacerse en
30Diario,
t. 1, p. 195.
493
las inminencias más inaccesibles, prescindir de todos los vicios,
desli. garse de las pasiones sensuales, y sustraerse en
lo
posible de las pasiones inocentes; es posible ser hombre
completo, ser hombre, el hombre que yo deseo, el hombre que
exige nuestra naturaleza"
31.
En suma, el "hombre completo" es la meta a la que Hostos quería
llegar secretamente, cuando sintió sus entrañas espirituales en la
situación hamletiana de una "revolución moral" concebida como un
vasto plan de creación del hombre y la cultura. Recordemos que,
para Hostos, esta "revolución" tenía un significado especial: no
era simple cambio de circunstancias políticas, sino intrépida
conquista de nuevas tierras espirituales para el hombre, de nuevos
contenidos para las más viejas palabras. Era una aventura de
transformación de América, y en la Cual Hostos se reconocía como
un angustiado protagonista.
De ahí que el ideal del "hombre completo" sea el primer testimonio
de una revolución americana que ya es, fundamentalmente,
creación en el mundo interior del hombre. Ello quiere decir
que, como pocos hispanoamericanos de su hora, como apenas pudo
entrever el positivismo, Hostos poseyó la clave misma de
lo
que se llamó la "liberación mental" de América. En efecto, frente
a aquel dualismo irreductible que a lo largo del siglo XIX
americano se presentó bajo la forma de barbarie-civilización,
medioevo-modernidad, naturaleza-razón, ciencia-humanismo, el
positivismo se había pronunciado por el rechazo de uno de los
términos polarizantes: barbarie, medioevo, irracionalidad.
Hostos, en cambio, pronunció una palabra nlueva. El melnsaje del
"hombre completo" fue precisamente la superación de todo dualismo.
"Ser finalmente mediador entre el racionalismo excesivo y el
pasionalismo de los que creen que todo lo hace la pasión", había
escrito. En la íntima alquimia de su ser, la barbarie, las fuerzas
irracionales, han sido aceptadas y forman parte de un orden
superior.
Transfiguración de potencias y no rechazo suicida, parece ser la
clave de una verdadera transformaciÓn americana. Aceptación
de la barbarie porque ella es América y toda
creación, por lo tanto, debe venir desde su núcleo. Transformación
del hombre a operarse allí, aceptando sus fermentos
irracionales, SUS sueños míticos, tradiciones, primitivismos,
resentimientos raciales, impulsos contenidos, misterios telúricos,
contactos culturales hostiles y atendiendo, en fin, al
oscuro lenguaje de todos estos caracteres inorgánicos de la
historia hispanoamericana. Caracteres potenciales del hombre
americano que el positivismo rechazófascinado
por ordenamientos extrínsecos,
pero que, en adelante, serán aceptados como los materiales nobles
de un ordenamiento personal y genuino. Porque estas mismas
potencias elaborarán nuevos conceptos y categorías espirituales
que no disociarán el fenómero
americano introduciendo el tajo de dualismos artificiales.
31 Diario, t. 1, p. 196
494
El
concepto del "hombre completo", en este sentido, fue un paso
extraordinario en la historia de nuestro pensamiento. Porque fue el
punto de partida de una gran corriente del espíritu americano
volcada en la búsqueda de un arte de la creación interior del
hombre, verdadero arte de la sublimación espiritual. Búsqueda de una
sabiduría de lo profundo, lo sagrado, sabiduría de las densidades
religiosas del hombre americano.
Lo
cual quiere
decir que, con el "hombre completo", Hostos no sólo tuvo el valor de
una ruptura. Fue también el comienzo de un largo camino, de una
afanosa aventura en profundidad. A ventura librada allí, en las
latencias subterráneas del inconsciente americano, por el
descubrimiento del hombre, por el hallazgo de su rostro universal.
Pero al cabo de este recorrido, cabría una pregunta: ¿qué buscaba
nuestra ansiedad en los íntimos corredores de la venerable vida del
maestro americano?
En
esencia, queríamos rescatar algo que tiene directa relación con el
problema de nuestro futuro. Queríamos rescatar la imagen de un
Hostos que a través de experiencias claves -ruptura con el
positivismo, identificación
hamletiana, viaje sudamericano, interioridad, "hombre completo",
contacto con la docencia- fue el gestor de su segundo nacimiento.
Unica vía posible de acceso al hombre, a los oscuros talleres de su
creación.
Cuando Hostos dijo una vez: "el hombre completo es un edificio que
no se acaba nunca", quería significar que tratábase de una obra que
quedaba abierta hacia el futuro. Y, en este sentido, sus palabras se
nos ocurren un signo lejano y profético. Acaso el signo por el cual
se deposita en manos de América el viejo designio eternamente
postergado de completar al hombre, hoy fragmentado por el
temor, la inseguridad, las luchas ideológicas y la mentid a
afirmación que cree inevitable el conflicto de las culturas.
Completar al hombre, armonizar sus líneas, darle plenitud,
acabamiento, asegurar para la vida del espíritu el contenido de la
cultura una y eterna, parece ser, en estos momentos, el único
desafio viril y patético a un mundo dividido que sólo atiende a los
llamados de su destrucción.
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