|
LA PATRIA.
VALPARAÍSO, AGOSTO 28 DE 1872.
ECOS DEL DÍA.
El señor
Benjamín Vicuña Mackenna no quiere rotos en el parque Cousiño, y los
destierra de él.
El señor presbítero
Eizaguirre se ha cansado de tener esperanza en la enmienda de los
rotos del presidio, y cambia el puesto que allí desempeñaba por el
que va a desempeñar en la Penintenciaría.
Para fulminar
contra los rotos de la calle su decreto de proscripción, el
Intendente de Santiago no ha teaáw otra razón; si esa es razón, que
la simetría aristocrática que quieren para la república democrática
los que se empeñan en pensar, en proceder y en; vivir a la europea.
Para fulminar
contra los rotos de presidio las tremendas palabras en que asegura
que esa pobre gente "es indiferente a todo lo que significa
instrucción, verdad, bien del alma"; para afirmar que los rotos de
presidio no consienten pues se les haga el bien "si no se les hace
por la fuerza;" para decalarar que "el agradecimiento es para ellos
una palabra desconocida," "el presbítero no ha tenido otro motivo,
si lo es, que la ineficacia de sus esfuerzos en el breve tiempo en
que los ha hecho.
Uno y otro no ha
vacilado en ser injustos, al condenar, en su decreto el uno, en su
renuncia el otro, al desprecio de las clases satisfechas de sí
mismas a una clase social digna de aprecio cuando es laboriosa,
honrada, sencilla, activa auxiliar de las demás en la obra común del
progreso; digna de piedad y de enseñanza cuando tiene la inmensa
desgracia de ser injgorante y criminal.
En los que, aun
confesándose impotentes para reducir al bien, por medio de sus
doctrinas a los malos, nos duele, aunque no nos asombra que
desesperen de sus medios de acción; pero los que, como el señor
Intendente de Santiago, dan pruebas continuas de conocer los medios
positivos de elevar la parte del pueblo inculta que llaman clase
proletaria, masa, rotos al intelectual y moral en que deben vivir
todos los miembros de una sociedad democrática, no horroriza esa
injusticia.
Los que se empeñan
en hacer de una fe cualquiera la panacea social, son lógicos cuando
prefieren desahuciar los enfermos rebeldes a su específico, antes
que confesar la ineficacia de su contra-veneno milagroso. Los que no
tienen otra panacea, otro específico, otro contra-veneno para la
ponzoña social que la generalización del derecho, la igualdad de la
libertad, la responsabilidad individual, la universalidad de la
educación, son inconsecuentes, y con una insecuencia que horroriza,
cuando peculiarizan el derecho, privilegian la libertad, niegan la
responsabilidad, y, en vez de educar en la escuela del mundo y de la
ciencia a los menesterosos de toda educación, los arrojan de los
lugares en donde podrían aprender las dos cosas que las aulas y los
maestros no enseñarán jamás; lo ridículo que es la vanidad; lo
respetable que es la sociedad.
Entre las
afirmaciones del señor Eizaguirre [cuya nota de renuncia
recomendamos al análisis de todos los impíos y a la atenta
investigación de todo los píos] y el decreto del señor Vicuña
Mackenna (que se recomienda por sí mismo al asombro todos los
americanos y al escándalo de los mismos europeos) hay una secreta
conexión, de la cual deduciría verdades profundas, tan profundas
como son las lacerías sociales, el observador que no tuviera otra
ocupación que el observar los contrastes que sufre en América latina
la idea democrática con la práctica autocrática, teocrática o
aristocrática.
Por eso las
hemos unido con una común reprobación.
La Arjentina Y Cuba
(En: La Patria , agosto 28 de 1872)
En duro
trance nos pone el Vice-presidente de la asociación argentina "Independencia
de Cuba", al dirigirnos el llamamiento con que aquella generosa
sociedad de americanos perspicaces intenta atraerse el apoyo, el
concurso y la cooperación de la prensa chilena.
Los lectores de la Patria, que ya en el núdro de ayer leyeron el
manifiesto y las bases constitutivas de la asociación argentina, y
los lectores de los demás diarios de Chile (a quienes rogamos
expresamente se sirvan reproducir esos documentos), serán
probablemente los únicos chilenos que en este momento de olvido
oficial y nacional, se acuerden de la isla americana que, dum fata
deusque volevant, o cuando lo querían los peligros de la guerra con
España, era tópico de todas las conversaciones, objetivo de todas
las miradas, punto de vista de todos los grandilocuentes manifiestos,
supina expresión del americanismo que resucitó y murió al tercero
día.
Eso no
obstante, hay aquí quien se atreve a creer que la independencia de
Cuba es un asunto de interés chileno, porque es un asunto de interés
americano, y si la Patria es el diario que con más tenacidad
sostiene esa tesis, no es el único diario que en Chile está
dispuesto a secundar la nobilísima acción de los dignos americanos
que en las orillas del Plata se han asociado para trabajar por la
independencia de Cuba.
Si individualmente
se consulta a los chilenos y se les expone la actual situación de
las Antillas, recarcordándoles el pasado de su patria y
presentándoles las coincidencias lógicas de aquel pasado con el
presente de los únicos miembros de la familia americana que aun no
han podido romper la coyunda que les sujeta a España, no habrá un
chileno, no hay un solo chileno, que no quiera para las Antillas la
independencia que los hijos de 0'Higgins y Carrera, que los
descendientes de Henriquez y Rodríguez bendicen en todos los actos
de su vida y en cada uno de sus progresos asombrosos.
Por qué todos esos
chilenos que así responden individualmente al sostenimiento de la
patria americana y a la lógica de su historia, no forman
colectivamente una opinión pública, resuelta, entusiasta,
incontrastable, en favor de los sentimientos que los animan, en
favor de las ideas que constituyen la mejor parte de la atmósfera
moral en que viven, "cosa es no difícil de explicar, pero
extraordinariamente difícil de decir. Lo explicaremos, pero no lo
diremos.
Chile es una sociedad trabajadora. Todo lo debe a su trabajo:
libertad, orden, prosperidad, progreso. Empeñada en la obra, solo de
ella se ocupa, porque piensa que solo de ella puede ocuparse.
Hay en esto un error de modestia, si se cree más débil de lo que es;
un error de su instinto de conservación, si cree necesario el
egoísmo para conservar intactos los frutos de su trabajo y de su
esfuerzo; pero, modestia o egoísmo, el error no se cura en un día ni
con impulsos del sentimiento por remedio. Sería necesario decir
todos los días y por todos los medios del derecho, la verdad, y
hacerla llegar a todos los rincones y hacerla acalorar todos los
cerebros: no se hace, y eso explica por qué, siendo todo los
chilenos los mismos americanos que en la revolución de independencia
pugnaron y propagaron por la emancipación de todo el continente,
Chile es una sociedad que solo se ocupa de sí misma, porque cree que
solo de sí misma tiene el derecho de ocuparse.
El derecho de ocuparse,
hemos escrito reflexivamente, tratando de expresar así toda nuestra
idea, y envolviendo en esa frase el deber que hay para todos los que
directa o indirectamente podemos inñuir en la opinión y en la razón
de un pueblo.
' Ese deber es claro y
obvio. Consiste en decir una vez y otra vez que no hay
incompatibilidad ninguna entre el trabajo del país para sí mismo y
el culto de las ideas que hacer de América latina un todo perfecto
con necesidades colectivas; en decir y repetir que la fuerza de las
naciones lationamericanas está en razón inversa de los exclusivismos
de nación; en probar y probar y más probar que la civilización
intelectual, moral y política de cada una de estas naciones será
tanto más completa cuanto más una sea la vida de todo el continente.
Motivo y ocasión de
esa patriótica propaganda la situación actual de Cuba, ¿quién puede
encontrar en su miopía política argumentos suficientemente poderosos
para demostrar que la Independencia de Cuba y Puerto Rico no importa
a Chile, no es interés de Chile?
Aunque no lo fuera; aunque la
geografía no hubiera hecho solidarios a todos los miembros
geográficos de la familia americana, aun podría y debería sostenerse
la Independencia de las Antillas como interés inmediato de todas y
cada una de las naciones latino- americanas. Las sociedades no viven
tan solo de sí mismas: viven de la vida general de la humanidad, y
es un deber categórico de ellas el ponerse siempre de parte de la
justicia, ideal supremo de la vida humana. En las sociedades como en
los individuos, el estómago y la razón están en pugna. Una sociedad
que digiere con íntimo regocijo sus satisfacciones materiales está,
como el opulento que se abandona a los placeres groseros e
incompletos de la gula, fuera de sus fines naturales. El fin natural
en la vida individual o colectiva de los hombres, es el
perfeccionamiento moral e intelectual, que es subsidiariamente
perfeccionamiento material. El primero de estos perfeccionamientos
es el esencial, y hacia él hay obligación de encaminarse, y de él se
descamina quien, individuo o pueblo, antepone las satisfacciones de
su estómago a las satisfacciones de su razón.
Desde todos los
puntos de vista, se ve, pues, la necesidad de hacer en Chile lo que
ha empezado a hacer en la Argentina la Asociación "Independencia de
Cuba." ¿Lo haremos?
No somos nosotros
los que esperamos la respuesta: la espera el pueblo argentino. Se ha
dirigido a los chilenos, y los chilenos deben contestarle. Un diario
no puede ser la voz de todo un pueblo, y nosotros no podemos, al
expresar nuestra absoluta adhesión al magnánimo deseo de la
Asociación argentina, hacer otra que exprese nuestro propio deseo,
ardiente, fervoroso, febril, pero impotente.
LA PATRIA.
VALPARAÍSO, AGOSTO 23 DE 1872.
ECOS DEL DÍA.
El Ferrocarril
celebraba antes de ayer que los estudiantes de medicina a quienes
tan eminentes servicios han debido y están debiendo todavía los
dolientes de los lazaretos de Santiago, hayan encontrado en los
socios del Club de Setiembre, los ánimos dispuestos a entusiasmarse
por los grandes actos que buscan, no siempre con éxito, los que
tienen la fortuna de realizarlos.
La juventud de Santiago, que en estos últimos tiempos ha dado
pruebas patentes de su idoneidad para los fines sociales que
competen a toda juventud, merece bien de la patria, y es patriótico
roceder el de los que, por medio de actos públicos, rindan
homenaje a la nobilísima conducta de esos bisónos del deber.
Estimularlos a que continúen siempre por esa senda, no la más
florida ni más llana, pero sí la más honrosa para el hombre que
conoce la dignidad de su existencia, es mostrarse con capacidad de
comprenderlos. Aun cuando exista (que nosotros empezamos a dudarlo)
un deleite latente, anterior y superior a todas las alabanzas y a
todas las recompensas que puedan los hombres tributar al bien obrar,
es deber categórico el aplaudirlo y el premiarlo. Fuera de los
heroísmos militares, cuesta mucho trabajo el comprender el
heroísmo; y es necesario ser perpetuamente heroico para resistir el
intenso dolor de hacer esfuerzos violentos en favor del bien, no
teniendo otro tribunal que su conciencia. Es demasidado austero
tribunal el interior, fuerza demasiado absoluta la que da, para no
hacer del hombre que solo a él acude y solo de él recibe la tácita
aprobación de sus acciones, un hombre indiferente al juicio de los
otros. Un hombre que no cuenta para nada con los otros, podrá ser y
será el más desinteresado cooperador de los demás en las luchas de
ideas, en la conquista del ideal social; pero no podrá ser un agente
decidido del bien práctico. Lo concebirá tan puro como se siente él
mismo, y cuando sería necesario que transigiera, no transige. Una
fuerza de menos, y probablemente la mejor. ¿Por qué? porque está
fuera de la órbita que recorren las fuerzas sociales.
Es un arte fecundo el de
utilizar las fuerzas, ya sean colectivas o individuales, y no conoce
ese arte la sociedad que aisla a los que una vez la han servido o
han demostrado aptitud para servirla.
Practican ese arte benéfico
cuantos, con su palabra o con sus actos, atraen a sí a los que se
ponen al servicio de la humanidad, y anianriimos la resolución de,
los snnins del Cinb de Setiembre El día en que los estudiantes de
medicina, heroicos soldados del deber, se reúnan en el Club y
reciban de él las muestras de respeto y gratitutd que merecen, será
un día de regocijo para la patria chilena, porque habrá adquirido la
seguridad de que seguirán siendo hombres los que empezaron a
formarse a la cabecera de los pestíferos.
Quisiéramos, no obstante
el deseo que tenemos de ver cuanto antes celebrada esa fiesta de la
gratitud, que tuviera la mayor solemnidad posible. Próximos como
están los días de la patria y no concluida todavía la obra benéfica
de los jóvenes, porque aun no se ha extinguido la viruela, nos
parecería mejor y más humano el aplazar por unos cuantos días el
festejo. Entonces podrían confudirse con las alegrías patrióticas
del pasado las alegrías patrióticas del porvenir, y a la vez que se
acatara en los jóvenes el porvenir de la patria, se bendeciría en el
pasado de la patria la existencia de esa juventud digna de ella.
Hágase como se hiciere,
la fiesta es digna de alabanzas calorosas y la celebramos con las
más calorosas efusiones.
*
* *
Si es cierto, como ayer
nos decía un despacho telegráfico de Santiago, que el Consejo
universitario quiere castigar a los alumnos que, al parecer, se han
hecho delincuentes de falta de respeto a un tribunal de exámenes,
ninguna pena más inicua podía haber escojitado que la de suspender
hasta por un año los exámenes válidos.
Por muy grave que sea la
falta en que han incurrido los dos jóvenes a quienes de ese modo se
castiga, y por necesaria que sea la disciplina escolar, la pena es
excesiva, el rigor es cruel y es dudoso el derecho con que se aplica
esa pena rigurosa.
Suspender durante un año
el derecho que tiene todo alumno a validar por medio de exámenes sus
estudios anuales, equivale a hacer perder un año al alumno castigado.
Un año perdido para un joven es un año perdido para una familia y
para ella y para él hay en esa pérdida un fracaso de esperanzas que
pueden llegar a constituir la ruina de una inteligencia y la
desgracia de un hogar. ¿Con qué derecho puede nadie, llámese Consejo
universitario, llámese ministro de instrucción, castigar en la
familia, en la patria y acaso en la Humanidad el descomedimiento de
un joven? ¿Quién ha dicho al Consejo de la Universidad que la
disciplina escolar depende de la violencia de la diciplina? ¿Por qué
se busca en castigos ineficaces (que es catigo ineficaz el que
traspone la esfera de la falta), el remedio de males que
probablemente radican en la misma disciplina que se quiere a toda
costa sostener?
Gran falta es
en un hombre, cualquiera sea su edad, su estado o su posición, la
falta de respeto hacia los otros; pero ¿pueden asegurarnos que la
falta cruelmente castigada en el discípulo, no debería ser antes
castigada en el maestro? ¿pueden asegurarnos que la falta de respeto
de los jóvenes no es correspondencia de la falta de respeto con que
acaso los han tratado sus profesores?
Indague, indague el Consejo universitario, y verá que jamás una
educación racional, la que prepara al hombre para ser hombre en
todos los estados de su vida, es defectuosa en ese punto. Y si lo es,
con serlo prueba que no es educación racional. No siéndolo, en vano
se apelará a todos los medios coercitivos que pueda la severidad
imaginar: la falta de respeto será siempre vicio connatural de esa
viciosa educación.
Si el respeto no fuera
otra cosa que la hipócrita genuflexión del inferior ante el
superior, el mundo sería perfecto, porque el número de aduladores de
cualquier fuerza es infinito; pero el respeto que empieza
inmediatamente en el ser mismo, que tiene por base incontrastable la
dignidad personal y el sentimiento de la dignidad humana, que
consiste en no arrodillarse jamás, abunda poco, precisamente porque
abunda demasiado el otro.
Elija entre los dos el buen
Consejo, y, en vez de imponer miedo, imponiendo penas que nadie
tiene el derecho de imponer, por que nadie tiene el derecho de hacer
responsable de la falta de un hombre a toda una familia, "imponga
respeto. Para conseguirlo, haga que todos, educadores y educandos,
tengan de la dignidad humana una idea más alta y más perfecta que la
aceptada e imbuida por tradiciones que en ninguna parte obstan tanto
a la armonía como en los establecimientos de instrucción y educación.
LA PATRIA
VALPARAÍSO, AGOSTO 14 DE 1872.
La República de la verdad.
Esa breve fórmula es el
programa del gobierno civil, elevado en la persona del señor Pardo a
la Presidencia de la República del Perú. No ha podido la radical
evolución consumada con gloria por la sociedad peruana, tener una
expresión más radical. La República no es verdad sino cuando los
poderes delegados por el pueblo realizan en leyes, en actos, en
justicia, la opinión del pueblo; y no hay opinión realizada, sino
cuando, ejerciendo directamente su poder por medio del sufragio, el
pueblo personifica su opinión, su deseo, su necesidad, y la coloca
en el sitial de la Presidencia, en los escaños del Parlamento y en
la silla de la municipalidad, bajo el dosel de los tribunales de
justicia, en el corazón de los defensores de la patria, en la
conciencia de los administradores de su tesoro, al amparo de
principios eternos como la verdad, saludable como ella.
Un pueblo que ha vivido
cincuenta años bajo la tutela opresora del caudillaje; que, como
dice gráficamente el Nacional de Lima, ha tenido que dar un salto de
cincuenta años para desprenderse de la fuerza violenta que lo
estacionaba; un pueblo, que, como ha dicho el señor Tejeda,
presidente de la Cámara de Diputados (al ceñir la insignia
presidencial al elegido del Perú), ha tenido hasta ahora que sufrir
presidentes elevados por las bayonetas; un pueblo así cohibido en su
vida, en su fuerza, en sus aspiraciones, necesita reconquistar por
la tranquila eficacia del derecho el sentimiento tradicionalmente
combatido de su soberanía. En vano lo habrían hecho patente
las trágicas reivindicaciones de la fuerza: los pueblos son
necesariamente buenos, y los buenos son olvidadizos, y, burlando su
mangnanimidad, podrían mañana los enemigos de su soberanía volver a
sofocarla.
Para que no lo hagan,
para que no puedan hacerlo, es preciso que el pueblo adquiera la
práctica y la costumbre de su soberanía: esa costumbre se da en la
ley: esa práctica es la práctica del derecho. Pensando así y
correspondiendo con su primera palabra a lo que de él se espera en
el Perú y en toda la América ansiosa de progreso y libertad, el
nuevo Presidente constitucional de la República peruana ha leído en
el acto de recibir el poder, un programa que, realizado, habrá
devuelto a la república hermana dos de las bases del sistema
republicano-democrático: el poder electoral; la autonomía municipal.
Hacer efectivo el poder
del pueblo por medio de un sincero sistema electoral; darle en la
dirección de sus intereses comerciales toda la iniciativa que le
compete, no es solo empezar a hacer verdadera la forma republicana
de gobierno, es también asegurarla.
Responsabilidad legal de
los funcionarios públicos; reforma de la ley penal; reorganización
del ejército, para formar "el reducido que conviene a la nación;"
nivelación de los presupuestos por la reducción de gastos
innecesarios; aplicación de los mayores recursos posibles al fomento
de la educación común: tales son los puntos secundarios que componen
el programa de la nueva presidencia.
Harto sabe el señor Pardo
las dificultades que obstarán a su deseo; pero hay dos esperanzas
que pueden alentar á cuantos ansian orden en la libertad para el
Perú y para América latina la armonía de todas las naciones del
continente en el progreso del derecho: primera esperanza, la
popularidad del nuevo presidente, encarnación del gobierno nuevo;
segunda esperanza, la inteligencia política y la sinceridad cordial
del primer representante del gobierno civil en la primera
magistratura del Perú.
Un gobierno popular,
inaugurado y dirigido por un hombreinteligente, que sabe a dónde y
por dónde va, hasta dónde irá con él el pueblo, de donde no podría
pasar sin enajenarse el auxilio del pueblo, no puede ser un gobierno
infructuoso, por más que sea un gobierno difícil.
Que las dificultades
desaparezcan y que los frutos empiecen pronto a regenerar la vida
peruana tal es nuestro ferviente deseo.
Aniversario del Ecuador
(En: La Patria, agosto 9 de 1872)
Fue ayer, y lo
sabíamos y no hubo exceso de noticias que nos impidiera recordarlo;
pero había en nuestro pecho el exceso de indignación que lo llena
cada vez que contemplamos la situación de aquel país desventurado, y
preferimos guardar silencio antes que abandonarnos a la cólera.
Este es el
único sentimiento que tenemos el derecho de experimentar, al pensar
en el Ecuador, los que vemos en el ridículo tiranuelo de aquel país,
uno de los obstáculos más insuperables que tiene en la América
latina el progreso de la razón universal.
Unidos en
nefando maridaje la hipocresía y el despotismo, operando una y otro
sobre la ignorancia, deprimiendo entrambos el espíritu público del
país, sofocando con una política pneumática las aspiraciones
individuales y colectivas, santificando la una los crímenes que el
otro comete, complacientemente borradas por la hipocresía las
huellas de sangre que deja el despotismo, --el Ecuador ha dejado de
ser una personalidad colectiva, una sociedad, un espíritu nacional,
para ser una cosa, una masa, una materia poseída, manejada, modelada
a capricho del cínico demente que ultraja en el pueblo ecuatoriano a
toda la América latina.
Recordar en estos
momentos los grandes días de la patria ecuatoriana es un sarcasmo.
El sarcasmo es casi siempre una cobardía, y sería una cobardía
recordar al pueblo esclavo el día en que, combatiendo heroicamente
por su independencia, demostró que podía ser libre.
Si nosotros
fuéramos ecuatorianos o habláramos a ecuatorianos, en vez de
conmemorar los días lejanos de la independencia ecuatoriana,
conmemoríamos el día reciente de la libertad peruana. Allí
tendríamos un ejemplo que seguir: allí presentaríamos un ejemplo que
imitar.
Imítelo pronto el
Ecuador.
Para calmar la
susceptibilidad de los que no se espantan de las maldades poderosas
y se estremecen de los excesos de los pueblos, nos apresuramos a
decir que no queremos sangre ni actos de fe. Queremos el triunfo
solemne del derecho de los pueblos, y es justicia mejor la más
tranquila.
La Arjentina y Cuba.
(En: Periódico La Patria. 8 de agosto de 1872.)
El redactor
de este diario sería tal vez un excelente antillano, pero sería un
americano egoísta, si al clamar un día y otro día en favor de Cuba,
solo pensara en la independencia de las Antillas. Piensa que Cuba y
Puerto Rico independientes serían factores activos, como son
factores necesarios, del porvenir político, social e intelectual de
todo el continente; anhela ser útil a todo el continente, --y cuando
pide a las repúblicas colombianas que auxilien a' la grande Antilla,
abandonada por todo el mundo, en su heroica lucha, habla tanto el
ciudadano de la patria americana, como el ciudadano de la patria
antillana. Querer la independencia de la patria pequeña es querer el
establecimiento de la patria grande.
Eso quería el
generoso Prado durante su gobierno y después de su gobierno.
Eso quiso el
gobierno de Chile cuando conmovió a las Antillas, a España y al
mundo con el manifiesto que más esperanzas despertó y que más
esperanzas ha sofocado.
Eso quiso el
Congreso federal de los Estados Unidos de Colombia cuando empezó a
discutir el plan-Holguin.
Eso ha
querido el gobierno venezolano al prestar los auxilios que ha
prestado a Cuba.
Eso han
querido los mejicanos, los dominicanos, los venezolanos y neo
granadinos que han ido a vencer o a morir a Cuba.
Eso quiere la
Asociación argentina que trabaja en Buenos Aires por la
independencia de la Antilla que tiene la fortuna gloriosa de haber
empezado ya a ser independiente.
El telégrafo
trasandino que, como todos los progresos americanos, es un
coeficiente del porvenir y será, por lo tanto, uno de los obreros de
la unidad americana, debía servir y sirvió al redactor de La Patria
para expresar esta idea.
La expresó en el
siguiente telegrama: "Al presidente de la Asociación Independencia
de Cuba.-- Buenos Aires:
"Eugenio María
Hostos, en nombre de Cuba y Puerto Rico agradecidas, estrecha la
mano de los que tienden mano amiga a la Isla desamparada y
perseguida. Tierras americanas, a pesar de España, las Antillas se
felicitan del progreso americano, y unen, por mi voz, su clamor de
paz y de ventura al clamor con que celebra el continente la comunión
intelectual del Pacífico y Atlántico del Sud."
A esas palabras, se contestó con las ya publicadas en La Patria.
Conocidas las
últimas atrocidades españolas en Cuba, pidió p9rtestas contra ellas
a la juventud argentina, y recibe esta contestación:
"A E. M.
Hostos."Valparaíso."Buenos Aires, 5 de agosto. Comunidad de
esfuerzos hasta conseguir la Independencia de Cuba."
El presidente de la
Asociación auxiliar de Cuba, que firma este despacho telegráfico,
cree, como nosotros creemos, que no es el auxilio material el que
exclusivamente pueden ofrecer a Cuba, abandonada a sí misma, las
repúblicas hermanas. Cree, como nosotros, que el auxilio moral de la
opinión americana, puede por lo pronto ser tan útil como los
recursos materiales que acaso no puedan inmediatamente prestarse.
Cree, como creemos, que se trata de rehabilitar ante sí mismos y
ante el mundo a estos pueblos, culpables de criminal indiferencia.
Cree, como creemos, que la Independencia de Cuba y Puerto Rico no es
obra exclusiva de la fuerza; que pueden contribuir eficazmente a
ella una actitud racional y decidida, la actitud lógica que se
espera de los pueblos y los gobiernos americanos.
Por eso habla con
tanta fe y atribuyendo tan decisiva influencia a los esfuerzos que
hace en Buenos Aires la generosa Asociación, a cuyos miembros
volvemos ahora a saludar fraternalmente.
¿No hay en Chile
americanos que imiten a esos americanos? ¿no hay juventud en Chile?
¿No tiene la juventud chilena la confianza que tiene en sus nobles
sentimientos la juventud argentina? ¿no tiene la juventud chilena la
influencia que toda juventud tiene sobre el corazón de todo pueblo?
¿no se cree capaz de hacer popular la causa, necesariamente popular,
de un pueblo que lucha por la misma independencia a que debe Chile
su esplendor?
|